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Durango y la memoria de un movimiento olvidado
Una obra pertinente a casi 50 años del 68 y cuando el recuerdo de Ayotzinapa todavía sangra.

A principios de los 70, Bob Dylan estaba en México para filmar una película. Seamos precisos: estaba en Durango para filmar Pat Garrett y Billy the Kid, bajo la dirección de Sam Peckinpah, el maestro de los wésterns.
Dylan se alojó en el Hotel Casablanca de la capital duranguense. Ahí compuso Romance in Durango . A la gente del lugar también le gusta pensar que en esa misma habitación compuso el himno de rock Knockin on Heavens Door , lo cual es altamente probable.
Con esta anécdota sobre Dylan y Durango (Durango fue durante décadas el verdadero wild west del cine hollywoodense) comienza Durango: 66 objetos para actualizar un suceso histórico (de aquí en adelante nos referiremos a ella como Durango 66).
Durango 66 no es una puesta en escena convencional. Lo que narra es simple, un sólo hecho: un movimiento estudiantil que allá en Durango, en el año de 1966, tuvo a toda la ciudad, quizá a todo el estado, en verdadero suspenso.
Es un movimiento olvidado. La obra es una pieza documental: el grupo de teatro Línea de Sombra, con el escritor Alejandro Flores Valencia, hicieron una investigación extensa, buscaron a los testigos, a los miembros del movimiento que todavía quisieran hablar del asunto. Buscaron causas y consecuencias y sus hallazgos fueron acompasados por visitas al Belmont, un bar viejo donde el mezcal cuesta 15 y la cerveza 20. Donde el tiempo corre más lento. Por eso la memoria dura más, aunque pocos quieran hablar del suceso.
Julio del 66
Vieja también es la historia del movimiento, que se puede resumir así: en julio de 1966, un grupo de estudiantes tanto de la Universidad de Durango como del Instituto Tecnológico tomaron el Cerro de Mercado, un cerro de tierra roja, rico en hierro, que corona a la ciudad de Durango.
Allá arriba pusieron 150 campamentos y por las noches prendían fogatas para que pareciera que había miles de personas manifestándose. El movimiento pedía dos cosas: la industrialización de Durango (por eso era paradigmático que tomaran un cerro de puro hierro; el hierro era explotado, sí, pero por un empresario de Monterrey) y la construcción de una siderúrgica que diera empleo a la gente del estado.
La obra de teatro es una especie de narración coral. Los actores, que no parecen tales sino estudiantes como los miembros del movimiento, hablan directamente al público. Se apoyan con video, cintas de grabación y objetos viejos (tan viejos que tardan mucho en prenderse, nos advierten los actores). En una consola vieja escuchamos una canción de Los Dug Dugs, grupo simbólico de la cultura rock de los 60 y los 70, y que son duranguenses, para más señas.
Es decir, de algún modo Durango fue en 1966 una forma de prefiguración del 68 mexicano (y del parisino, de Praga y EU).
En Durango no hubo represión, sólo mentiras. Díaz Ordaz, nos cuentan los actores, recibió a los líderes y les hizo promesas y se tomó una foto con ellos en la que todos, empezando por el presidente, sonríen a la lente periodística.
El movimiento murió como nació: una brasa que se apaga. Pero deja rescoldo.
La tierra roja, como la del Cerro de Mercado, llena el escenario. En un país donde sucedió el 2 de octubre hace casi 50 años y donde la memoria de Ayotzinapa es carne viva, Durango 66 es una puesta en escena pertinente.
No olvidemos en el clóset de la ignominia a los movimientos sociales nuestros, aquellos que quieren el cambio de un estado de las cosas que sólo beneficia a unos pocos.
Teatro El Milagro?
Milán 24, Juárez
?Jueves y viernes, 8:30 ?pm;
sábados, 7:00 pm; ?
domingos, 6:00 pm.?
Entrada: $180