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¡Diles que no me maten! Historia y recuento del feminicidio
Es justamente marzo cuando toca hablar de las mujeres. Pero ya no como las musas, las abnegadas madres, las perfectas esposas y las hijas bien educadas. Ya no como Eva, la de Adán.

Es justamente marzo cuando toca hablar de las mujeres. Pero ya no como las musas, las abnegadas madres, las perfectas esposas y las hijas bien educadas. Ya no como Eva, la de Adán. Ya no como la flor más delicada y frágil del jardín de las delicias. Porque este jardín se ha convertido en un cementerio. Porque a las mujeres nos matan.
Hay criminales que proclaman tan campantes “la maté porque era mía” —escribe Eduardo Galeano— como si fuera cosa de sentido común, justo de toda justicia y derecho de propiedad privada, que hace al hombre dueño de la mujer. Pero ninguno, ninguno, ni el más macho de los supermachos tiene la valentía de confesar “la maté por miedo”, porque al fin y al cabo el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo.
La violencia contra las mujeres ha estado presente en todas las etapas de la historia de la humanidad. El reconocimiento de esta violencia como la expresión más cruda de la discriminación es reciente y todavía no alcanza. No se detiene. No se nombra y no se entiende. Porque hay dos violencias homicidas contra las mujeres en México: la primera aumenta y disminuye a la par que lo hace la tasa de homicidios de hombres, mientras que la segunda es constante y no cambia sin importar lo que ocurra en el país; ésta última es la violencia feminicida.
En 1976 se inauguró en Bruselas, Bélgica, el Primer Tribunal de Crímenes contra la Mujer, convocado por organizaciones de mujeres, al que Simone de Beauvoir, destacada feminista, comparó con la Primera Conferencia de la Mujer como un gran acontecimiento histórico, a diferencia de la Conferencia en México en donde se enviaron representantes por partidos y gobiernos con la finalidad de integrar a las mujeres en sociedades machistas. En este primer tribunal, además de reflexionar sobre las sociedades machistas y escuchar miles de testimonios sobre violencia en contra de las mujeres, Diana Russel denominó el asesinato de mujeres por primera vez como femicide (femicidio) y, a pesar de que no lo definió explícitamente, el significado fue claro por los ejemplos mencionados a continuación: “El feminicidio representa el extremo de un continuum de terror antifemenino que incluye una amplia variedad de abusos verbales y físicos tales como violación, tortura, esclavitud sexual, abuso sexual infantil incestuoso o extrafamiliar, golpizas físicas y emocionales, acoso sexual, mutilación genital, operaciones ginecológicas innecesarias, heterosexualidad forzada, esterilización forzada, maternidad forzada. Siempre que estas formas de terrorismo resultan en muerte, ellas se transforman en feminicidio”.
Posteriormente en el año 1982, lo retomó en su libro Rape in Marriage, en el cual definió el feminicidio como “asesinato de mujeres por ser mujeres”.
hoy en día hemos perdido esta densidad semántica y su potencia política. Se ha vaciado de contenido y a menudo se crea un falso escenario que sólo visibiliza la violencia más extrema —periodismo amarillo, nota roja— y presenta solamente la masacre. Se relaciona con la criminalidad organizada, con las armas de fuego y con el espacio público. Pero tal pensamiento es muy simple, casi cómodo.
El entramado es más complejo y está clasificado: el feminicidio íntimo; la muerte de una mujer cometida por un hombre con quien la victima tenía o había tenido una relación; no íntimo, la muerte de una mujer cometida por un hombre desconocido; infantil, el cometido en una niña menor de 14 años; familiar, feminicidio en el contexto de una relación de parentesco por consanguinidad, afinidad o adopción; por conexión, feminicidio “en la línea de fuego” por parte de un hombre en el mismo lugar en el que mata o intenta matar a otra mujer; sexual sistémico desorganizado, que es la muerte de mujeres acompañada por secuestro, la tortura y violación; sexual sistémico organizado, cuando existe una red organizada de feminicidas con métodos conscientes y planificados; por prostitución o por ocupaciones estigmatizadas, contra mujeres que ejercen oficios como strippers, camareras, masajistas, sexoservidoras o bailarinas en locales nocturnos, cometidos por uno o varios hombres porque “se lo merecía”; “se lo buscó por lo que hacía”; “era una mala mujer”o “su vida no valía nada”. Feminicidios por trata, para la explotación sexual, servicios forzados y hasta extracción de órganos; feminicidio por tráfico, transfóbico, lesbifóbico, racista o producto de mutilación genital.
Según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de enero a septiembre del 2019, 2,833 mujeres fueron asesinadas en México. Sin embargo, de acuerdo con datos del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio sólo 25.6% de los casos fueron investigados como feminicidios. El resto, como homicidios dolosos. Tal número, que se asegura es falso y mal contado porque es mucho mayor, ha colocado a nuestro país como el segundo en América Latina con más feminicidios.
Y se dice muy poco, pero es verdad que la mano que mata no es sólo la del victimario, sino la de todos los que cierran los ojos y permiten impunemente que siga sucediendo.