El protocolo ha cambiado muchas veces. Pero septiembre, que está a la vuelta de la esquina –ya es mañana- nos aliviará de agosto y sigue siendo el mes de la patria. Huele a chile, sabe a tequila, todo es blanco, verde y colorado y quiere fiesta. Una celebración, como las de antes, cuando acudíamos en bola y sin distancia a repetir el alarido legendario que reclamó nuestra libertad e independencia. Cuando gritábamos y se oían los gritos. Para que vivieran los héroes que nos dieron patria, para que viva México, para iniciar la más merecida y característica de todas nuestras fiestas.

La primera vez que se celebró oficialmente el Grito de Independencia fue el 16 de septiembre de 1812, todavía en plena lucha. Al año siguiente, José María Morelos y Pavón-no por nada el Siervo de la patria-incluyó en su documento Sentimientos de la Nación, la ordenanza de que la conmemoración de la Independencia se organizara siempre el16 de septiembre. Y así se hizo durante mucho tiempo. El primer presidente que tocó la campana para celebrar el Grito, fue Guadalupe Victoria en 1827.  Pero más tarde, Antonio López de Santa Anna –alias El Quinceuñas entre sus detractores –decidió, como  acostumbraba, torcerlo todo y trasladar la fiesta al 15 de septiembre.  Y como el  ejemplo cunde, desde entonces, llueve, truene o mal rayo nos parta, cada presidente, en punto de las once de la noche del día 15 de septiembre, gritaba e iniciaba oficialmente la celebración.

Pero las cosas ya no son como antes, lector querido. No caigamos en la nostalgia fácil. El proceso de la Independencia de México fue uno de los más largos de América Latina porque se trataba del nacimiento de un nuevo país.  No fue rápido ni fácil consolidar un territorio que había decidido ya no responder al nombre de Nueva España nunca más. El conflicto duró oficialmente once años y distó mucho de ser un movimiento homogéneo, nomás festivo y heroico.

Además- por si algo nos faltara- antes de que los vientos de la libertad comenzaran a soplar, otros inevitables vientos – aunados a los políticos e ideológicos- azotaron al país. Carlos María de Bustamante en su libro llamado Suplemento a la Historia de los tres siglos de México durante el gobierno español, incluye a los desastres naturales de aquel año y escribe:

“A las ocho de la noche del día 29 de agosto de 1810 comenzó a soplar un viento norte tan fuerte en Veracruz y Acapulco, que a la media hora ya no había hombre que pudiera resistir su furia, ni cerrojos ni aldabas que pudiesen  sujetar las puertas y ventanas de las casas. Tan furioso vendaval continuó mezclado con algunos aguaceros, hasta las diez y media que se cambió del Sur, corriendo con mucha más fuerza hasta las doce y media de la noche que empezó a ceder, calmando enteramente con una lluvia tan copiosa que apenas cabía por las calles.”

Queda constancia periodística que tan terrible huracán echó por tierra en Acapulco ciento veinte y cuatro casas. Y que en la hoy Ciudad de México, los edificios sufrieron  terribles averías, especialmente en los techos y las dos filas de árboles situados en ambos lados de la calzada que sube de la ciudad al Castillo de Chapultepec quedaron hechos pedazos, o arrancados enteramente, dejando intransitables los caminos y a casi  todas las familias en las calle sacando de sus casas los muebles y utensilios que no habían padecido daños considerables.

En Veracruz también sopló el viento con igual furia. Las casas de aquella ciudad no sufrieron el destrozo que las de Acapulco por ser de una construcción más sólida; pero sí los barcos, “que chocaron unos con otros, y siendo la marejada muy impetuosa, causaron la muerte de muchos”. Las noticias provocaron terror y desolación en el país entero. Para mayor espanto y como final de fiesta  se reportó que en la tarde del 30 de agosto cayó un rayo en la Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, que destrozó el inmueble, tiró las campanas y amenazó acabar con la fe y con el servicio. Tan impresionante que se hizo necesario conducir a la imagen a la Catedral para  su novenario.

Hoy, que la peste acecha y ha triunfado,  las decisiones podrían parecer las de siempre. Pero el tiempo corre presto como un grito, inalcanzable como el águila y rápido como la serpiente. Habremos de apurar algunas cosas y conservar la calma para otras. Este septiembre que por su calidad patriótica y patriotera, tiene el estigma o el deber del nacionalismo, hay que decidir más justamente.  Desde cómo abordar la fiesta y qué vale la pena conmemorar, hasta la clase de pensamientos que deben ocupar nuestra mente. Las opciones van de lo leve a la profundo: pozole o enchiladas, mezcal o tequila, agitar banderitas, comprar una antorcha, festejar detrás de una pantalla o desde la  ventana de su casa. Gritar o dar de alaridos. Celebrar o no celebrar. La decisión es suya.