Si el mes pasado me referí a un libro testimonial importante sobre Ayotzinapa (“Una historia oral de la infamia, Grijalbo”-Sur+, 2016, Sexto Piso, 2020, de John Gibler), ahora conviene hablar de una de las últimas aproximaciones relevantes a ese suceso, desde el punto de vista teórico.

Aunque al comienzo el título parezca no decir mucho, conforme se lee “De Iguala a Ayotzinapa: la escena y el crimen” (El Colegio de México-Grano de Sal, 2019), de Fernando Escalante Gonzalbo y Julián Canseco Ibarra, resulta que lo dice todo: a pesar de que la noche del 26 de septiembre de 2014 no ocurrió en Ayotzinapa, sino en Iguala, fue el nombre en lengua náhuatl de aquella comunidad el que ha pasado a la historia. ¿Por qué?

Entre otras herramientas, los autores echan mano de la metodología construida por Marshall Sahlins a través de distintos libros, en los cuales el antropólogo norteamericano ha buscado plantear cómo se ha construido el significado, el simbolismo, el peso histórico de ciertos hechos. ¿De qué forma un suceso que ocurrió en cierto lugar y momento concretos, al paso del tiempo se va tornando importante, valioso, mítico? Hay tres pasos, dice Sahlins: el primero es convertir a ciertos individuos en personajes representativos, el segundo son propiamente los hechos, y el tercero es la “totalización”: el hecho concreto se incorpora de forma amplia, atribuyéndole significados generales, fácilmente reconocibles.

De eso trata el libro de Escalante Gonzalbo y Canseco Ibarra: de desmitificar Ayotzinapa. Desmantelan las partes que desde aquella noche se le han ido adhiriendo a la tragedia concreta, y ofrecen una interpretación. “Resumido en una frase, nuestro argumento es que la construcción del acontecimiento consistió en hacer de los hechos de Iguala una nueva escenificación de la masacre de Tlatelolco, del 2 de octubre de 1968”, dicen ellos mismos en el prólogo.

Además de la investigación documental que les permite mostrar cómo las palabras de los opinólogos, periodistas y prensa en general se fueron alejando de lo ocurrido en Iguala y lo fueron insuflando de significados, simbolismos, ideologías, posturas partidistas, los autores plantean que el acontecimiento se insertó en lo que llaman cultura antagónica: “un conjunto de automatismos favorables de antemano, por sistema, a la oposición, y que inspira una actitud de desconfianza hacia cualquier autoridad”.

Con una coherencia admirable, muestran paso a paso cómo las declaraciones se desvirtuaron, cómo la información se tergiversaba tan luego era generada por las autoridades, cómo los opinólogos jalaban agua a su molino estirando lo ocurrido para el lado que les convenía. Pero lo más importante es que explican lo que una cadena de descontextualizaciones (o re-contextualizaciones) permitió: que lo ocurrido rápidamente fuera sacado del terreno del narcotráfico y fuera insertado en el de la violencia política (como en el 68), que los estudiantes fueran ligados a la memoria histórica de los estudiantes masacrados en el 68, y cómo cualquier palabra emitida por el gobierno federal resultara, ¡cómo no!, tomada por una más de las mentiras del PRI, ese mismo que gobernaba en 1968.

Además, algo que me parece interesante desde el punto de vista lingüístico, es la explicación que avanzan sobre por qué cobró notoriedad la palabra Ayotzinapa y no Iguala: “Para buena parte de los mexicanos, Iguala es un lugar conocido... Ayotzinapa, en cambio, tiene una sonoridad exótica, indígena, del México profundo, remite a una localidad minúscula, desconocida, un pequeño pueblo campesino, que por eso puede ser cualquier pueblo campesino —y por metonimia es la nación mexicana. No es solo un cambio de nombre, es un cambio de escala, que contribuye de manera decisiva a la descontextualización”.

Ahora bien, no por plantearse demostrar los mecanismos de la construcción del mito Ayotzinapa, los autores sostienen que no ocurrió el crimen de desaparición forzada, sino todo lo contrario. Estoy de acuerdo con ellos, cuando en sus palabras finales explican que desmitificar ayuda a llegar a la verdad de las cosas, quitándoles las capas de significados que se les han ido añadiendo: “El resultado es que no entendemos a los estudiantes normalistas, ni al Estado, ni a Iguala ni a Ayotzinapa. Mientras eso no cambie, seguirá siendo cierto que en México, si se nos permite decirlo así, las noches que serán y las que han sido son una sola”.