Porque el tormento y las lágrimas también son la vida.

Fiódor M. Dostoievski, Crimen y castigo

¿Quién han sido el mejor escritor que ha existido? Es una pregunta necia donde las hay (pero qué divertidas son las preguntas necias). Puede contestarse con toda arbitrariedad, pero si respondemos que Fiódor Mijailovich Dostoievski es el más grande entre los grandes, no estaremos alejados de la verdad.

Todos palidecen frente al viejo Fiódor. Tolstoi se queda como un viejito culposo, Faulkner como un pobre borracho balbuceante y ni hablar de los románticos e ingenuos Víctor Hugo y Balzac, incapaces del rigor moral de Dostoievski.

Como Francis Scott Fitzgerald, Dostoievski no creía en los segundos actos, en las redenciones posibles. Miraban los rincones oscuros y encontraban ahí una belleza que no necesitaba de la luz. Para ambos no había cura a la enfermedad de ser un ser un humano.

¿Quién sigue siendo el mismo después de leer Crimen y castigo? La vida no está completa sin leer Los hermanos Karamazov o Notas del subsuelo.

Dostoievski lleva la impronta de clásico, de autor difícil, de cosa de intelectuales. Es cierto, no es un autor fácil. Pero no lo es porque se necesite alguna preparación previa para enfrentarlo, lo es porque las verdades que revela no son fáciles de asimilar. Su obra tiene algo que decirnos a todos. No es imprescindible porque sea un ícono, sino por su capacidad, inalterable por el tiempo y las circunstancias, de seguir hablándonos.

DOSTOIEVSKI COMO ESPEJO

Dostoievski es uno de esos autores que dan lecciones de cómo ser un humano: a través de sus personajes descubrimos no sólo las sombras de la humanidad en abstracto, sino en esa versión muy concreta y presente que es uno mismo.

Todos hemos sido Raskolnikov, el asesino penitente de Crimen y castigo; hemos sido el Hombre Subterráneo, ese amargado que escribe sus Notas del subsuelo; hemos conocido a alguien tan noble como el Príncipe Mishkin y lo hemos llamado El idiota. Dostoievski lo sabía y por eso muchos lo consideran el primer existencialista: tanto en su vida como en su obra, Dostoievski apreciaba la humildad y el sufrimiento, el milagro mundano de ser uno mismo.

Por esos sus finales nunca son felices. Dostoievski escribió siempre sobre la muy humana experiencia de mantenerse siendo uno mismo. Seguimos ideales, una forma de vida y un código no porque nos haga la vida más fácil, sino porque nos permite reconocernos a nosotros mismos.

UN LIBRO QUE NO EXISTE

No son las novelas de Dostoievski, sino sus crónicas, sus ensayos y sus reseñas las que nos muestran a escala cotidiana a un autor que a primera vista es inmenso. En Diario de un escritor, gracias al trabajo del editor Paul Viejo, se puede leer todo el periodismo de Dostoievski por primera vez.

Diario de un escritor es, como dice Viejo en la introducción, un libro que no existe. Dostoievski jamás dio a la imprenta un libro con ese título, ni concibió éste como su último gran proyecto literario y personal .

Dostoievski publicó durante años y en distintas etapas de su vida, desde 1873, una columna periodística precisamente con ese título. Un espacio donde Dostoievski, según sus propias palabras por puro gusto de todo lo que se me ocurra, o de lo que me haga pensar .

Nadie insulta como Shakespeare, es verdad, pero Dostoievski bien podría ser un digno rival del Bardo. Nadie desprecia como el Dostoievski periodista. Su don observador, presente en todas sus novelas, en su periodismo se afila y se convierte en ironía, cuando no en puro sarcasmo. Sobre la frialdad de la sociedad rusa, dice: Huimos del entusiasmo salvaje. ¿Y si nos alegráramos de algo de lo que no hay que alegrarse? ¿Qué dirían de nosotros? Con razón nos importa tanto el decoro .

Sobre los niños: Los niños son seres raros, aparecen en los sueños nocturnos de uno y de día le parecen espectros .

No sólo era burlón y distante. Muchas veces es cálido, como cuando muestra su sincera admiración por otros escritores.

De Edgar Allan Poe admiraba la fuerza de su imaginación, la fuerza de los detalles . A Víctor Hugo, a quien siempre quiso, lo define así: La forma de la actual novela francesa le pertenece (...) Hasta sus errores son repetidos por las generaciones posteriores .

BAILAR COMO DOSTOIEVSKI

Francisco Hinojosa es uno de los escritores mexicanos más importantes. Cosa curiosa, de niño Francisco Hinojosa no leía nada. Si acaso El Chanoc y otros cuentos (cómics) que estaban de moda .

Eso cambió a los 15 años de edad, cuando se encontró en su casa un libro empastado en piel, que a primera vista parecía una Biblia o un diccionario. Ese libro, arronzado por ahí, Francisco Hinojosa lo agarró por hacerle una mala pasada a su hermano menor, verdadero dueño del mamotreto.

Era Crimen y castigo. Leí la primera página, luego la segunda y así todos los días al regresar a la escuela me quedaba siempre picado. Cuando lo acabé sentí una profunda desolación .

Y ahora, ¿qué hago con mi vida?, se preguntó el Hinojosa adolescente. No me quedó más remedio que escribir .

Algo parecido le sucedió al cuentista peruano Daniel Alarcón. En segundo de secundaria escribí mi primera novela.

La hice inmediatamente después de terminar Notas del subsuelo. Era una copia calca pesada, inmamable como dicen los colombianos, pero después de leer eso tenía que desahogarme de algún modo .

Quizá Fiódor Dostoievski sea un escritor para escritores, o tal vez sea que leer a Dostoievski es como ver por primera vez una película de Fred Astaire: inevitablemente quieres bailar por las paredes. Inevitablemente quieres escribir. Escribir así.

Dejar a Dostoievski solo en la liga de los expertos y de los virtuosos es reducirlo. Dostoievski juega en todas las ligas (no hay que olvidar que el ruso era adicto al juego), en la liga de los teóricos literarios y también en la de los amateurs, esos que leen sólo porque aman una buena historia.

SER DOSTOIEVSKI, A PESAR DE FIADOR

El crítico estadounidense Joseph Frank emprendió hace 40 años un trabajo escolar. Tenía que hacer un ensayo breve sobre Notas del subsuelo para dar una conferencia sobre el existencialismo.

Después de leer la novela, se fue a la biografía... y ahí se quedó. La fascinación con el personaje de Fiódor M. Dostoievski fue suficiente para que a los largo de esos 40 años escribiera una biografía monumental de cinco tomos que es una obra imprescindible para todo aquel que ya sea un entusiasta del viejo Fiódor. Del viejo y del joven, y del niño, y del adicto al juego, y del burgués que le debía a todo mundo, y del activista político, y de todas las formas que la vida de Dostoievski tomó.

La biografía de Frank, ya publicada en español por el Fondo de Cultura Económica, es rica en pasajes y anécdotas, además del análisis histórico y literario, por eso puede leerse muy bien, como si fuera, valga la comparación, una novela rusa. Porque no sólo pinta a Dostoievski, sino a la Rusia de su tiempo.

Dostoievski aparece en esas páginas como el hombre difícil que podemos imaginar nada más de leer su narrativa, pero también conocemos al hombre tierno con su familia y un idealista apasionado. Y también un experto en el autosabotaje: vaya que se hacía a sí mismo la vida difícil.

UNA PIEDRA EN EL CAMINO: TROPEZÓN CON DOSTOIEVSKI

Mi primer encuentro con los libros de Dostoievski tiene, precisamente, cierta relación con México, porque cuando yo era un jovencísimo estudiante trabajaba en un restaurante madrileño al que acudía con cierta frecuencia Sergio Pitol.

Un sábado acudió (acompañado, lo supe después, por Tomás Segovia y Maria Luisa Capella) y llevaba una vieja edición traducida de las Memorias del subsuelo. Debí mirarla con ojos de curiosidad porque durante la cena, que yo atendía, me preguntó varias veces por el autor, a quien yo aún no había leído. Cuando la cena terminó y se fueron, descubrí que Pitol había dejado sobre el mantel el pequeño libro de tapas verdes. Nunca dudé lo más mínimo que aquel olvido había sido voluntario.

Mi primer encuentro con el personaje de Dostoievski, en cambio, fue ya años después en Moscú, una vez que ya había leído gran parte de su obra (aunque apenas interesado por el personaje) y de pura casualidad.

Recuerdo la tarde, porque era la primera vez que yo iba a un cine ruso y la primera, también, que tendría valor de hablarle a un desconocido moscovita sin tener ninguna necesidad.

La chica, algunos años mayor que yo pero no muchos, debió notar mi interés por la literatura y me quiso llevar ilusionada a su lugar de trabajo: la casa donde nació Dostoievski, que ahora es uno de los museos más pequeños dedicados al autor, pero el más primero de ellos. Fue tanta la ilusión que debió de hacerle a ella y a su jefa que un español se interesara por su literatura que desplegaron toda su generosidad y amabilidad y me tuvieron cuatro horas escuchando la vida de Fiódor, contada con una naturalidad que, ahora sí, acabó cautivándome y haciendo interesarme por el autor. Allí, por cierto, en la casa, se conservan, además de algunas primeras ediciones de sus libros, una reproducción de sus Diarios.

Mi primer encuentro con estos Diarios de un escritor fue, como anoto en el prólogo a la edición, a través de los intentos parciales de traducción que ya existían en español; mi interés por ellos era evidente.

El contacto completo fue, ya sí, cuando no bastaba sólo con leerlo de nuevo, o editarlo de nuevo, sino sumergirme del todo en su obra, una vez más en su obra, sobre todo para comprobar qué era lo que faltaba y qué era, incluso, lo que en esta ocasión había que descartar por no formar parte de su corpus. (Paul Viejo)

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