Parecía que la guerra no iba a acabarse nunca. Habían pasado 10 años, corrido litros de sangre y el territorio estaba salpicado, tanto de miedo como de entusiasmo, ante las noticias de las nuevas ideas libertarias. Comenzaba el año de 1821 y el movimiento insurgente, comandado por Vicente Guerrero parecía haber tomado el control, ocasionando algunas bajas al enemigo; pero Agustín de Iturbide, jefe del ejército virreinal, había sido designado para organizar una campaña para acabar con los rebeldes y planeaba  vencer a toda costa. Mientras tanto, los enfrentamientos subían de tono e intensidad.

Todo era diferente. La inferioridad militar de los insurgentes ya no era una realidad y la balanza parecía haberse inclinado a favor de la independencia. El recuento de los caídos pasaba a segundo plano ante el rechazo al absolutismo y las noticias de los movimientos emancipadores que comenzaban a surgir en el mundo entero. Tales circunstancias no eran extrañas ni para Guerrero ni para Iturbide y por ello, más pronto que tarde, ambos se dieron cuenta que de nada serviría anotarse más derrotas o victorias y era necesario cambiar de estrategia.

Iturbide dio el primer paso y se armó con una pluma. El 10 de enero de 1821 le escribió a Vicente Guerrero una carta, en donde le pidió cesar las hostilidades y establecer una alianza. Ya con la Idea independentista en la cabeza, comenzaba a idear un plan para “lograr que todos envainaran sus espadas con honor, de manera que los que habían sido enemigos, se vieran ahora como hermanos, unidos y con vínculos indisolubles”.

Guerrero, en un principio desconfiado,  estuvo consciente de su vulnerabilidad y aislamiento de sus cuarteles en la tierra más caliente del territorio y vio una oportunidad en la coyuntura política. En un principio, contestó la misiva con coraje y escribió:

“Cuando agonizaba España, cuando oprimida hasta el extremo por un enemigo poderoso, estaba próxima a perderse para siempre; cuando más necesitaba de nuestros auxilios para su regeneración, entonces… entonces descubren todo el daño y oprobio con que siempre alimentan a los americanos  (…)  entonces se burlan de nosotros y echan el resto a su iniquidad: no se nos concede la igualdad de representación, ni se quiere dejar de conocernos con la infame nota de “colonos”, aun después de haber declarado a las Américas parte integral de la monarquía. Horroriza una conducta como ésta, tan contraria al derecho natural, divino y de gentes. Obre usted como le parezca, que la suerte decidirá, y me será más glorioso morir en la campaña, que rendir la cerviz al tirano. Nada es más compatible con su deber que el salvar la patria, ni tiene otra obligación más forzosa. He satisfecho el contenido de la carta de usted, porque así lo exige mi crianza; y le repito, que todo lo que no sea concerniente a la total independencia, lo demás lo disputaremos en el campo de batalla”.

Iturbide no se arredró y recibió la misiva como un triunfo. Cartas fueron y vinieron. Guerrero aceptó la alianza y el pacto fue sellado en la entrevista conocida históricamente como “el abrazo de Acatempan”. En aquel encuentro, realizado el 10 de febrero de 1821, ambos acordaron la independencia de Nueva España a condición de que fuera católica, reconociera la igualdad de todos sus habitantes  y estuviera regida por una constitución. Un proyecto que, redactado por Agustín de Iturbide, sentaría las bases legales e ideológicas de nuestro primer gobierno independiente y sería conocido como el Plan de Iguala.

El documento, uno de los más relevantes y de mayor impacto en el devenir histórico nacional, estaba dividido en dos partes. La primera, una proclama dirigida a los americanos, bajo cuyo nombre incluía no sólo a los nacidos en suelo mexicano sino también a los europeos, africanos y asiáticos que aquí habitaban. La  segunda, un listado de 24 artículos, entre los que se reconocía la igualdad, la libertad y la soberanía del pueblo.

Proclamado solemnemente en la ciudad de Iguala, el 24 de febrero de 1821, fue también un exhorto a mantener la paz y la concordia y asegurar nuestra independencia absoluta de la España y de toda otra nación. El impecable  discurso de Agustín de Iturbide en aquel día solemne finalizó así:

“No teniendo enemigos que batir, confiemos en el Dios de los ejércitos, que lo es también de la paz, que cuantos componemos este cuerpo de fuerzas combinadas de europeos y americanos, de disidentes y realistas, seremos unos nuevos protectores, unos simples espectadores de la obra grande que hoy he trazado, y que retocarán y perfeccionarán los padres de la patria. Asombrad á las naciones de la culta Europa; vean que la América Septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de nuestro júbilo decid: ¡Viva la religión santa que profesamos! ¡Viva la América Septentrional, independiente de todas las naciones del globo! ¡Viva la unión que hizo nuestra felicidad!”.

Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero sellan con un abrazo la alianza por la independencia de Nueva España. Obra de Jesús Helguera. foto: especial

El 24 de febrero de 1821 se proclamó el Plan de Iguala que fue también un exhorto a mantener la paz y la concordia y asegurar la independencia absoluta de la España y de toda otra nación.