Un piano algo desafinado comenzó a sonar y de inmediato entraron en escena un hombre y una mujer. El vestía de manera tan extravagante que más que risas provocó una sorpresa muda entre la muy escasa concurrencia. Ella, en cambio, lucía formal. Con un atuendo que parecía no abordar del color ni siquiera el espectro y una cualidad inmóvil en toda su persona.

De repente, la mujer rompió aquella imagen convencional y comenzó una extraña danza. Los compases del baile estaban dictados para acompañar los poemas fonéticos y las declamaciones letristas de su acompañante. El desconcierto del público fue absoluto (ellos, que habían acudido a aquel bar únicamente para tomar un trago y pasar un buen momento).

La pareja eran el filósofo, escritor, poeta y director teatral Hugo Ball, y su mujer, la actriz y bailarina Emmy Henning, ambos alemanes refugiados en Zurich en 1915 y habían inaugurado el Cabaret Voltaire -que se volvería legendario- en el número 1 de la calle Spielgasse.

Fue allí, entre esas cuatro paredes, donde nació el movimiento dadaísta. El lugar era ideal y el momento perfecto: la posición neutral de Suiza durante la Primera Guerra Mundia había facilitado que una gran cantidad de emigrados que huían de sus países hallaran refugio de la devastadora guerra y encontraran el espacio para expresar la furia, el arte, el regocijo, una inspiración con maneras únicas de rompimiento y la invención de ladrillos insólitos para la reconstrucción.

Entre los miles que arribaron a Zurich estaba el poeta rumano Tristán Tzara. En poco tiempo trabó contacto con Hugo Ball y su mujer y se convirtió en uno de los actores fijos del cabaret recién inaugurado. Poco a poco se fueron sumando artistas como Hans Arp, Marcel y George Janco, Otto Dix, Francis Picabia y Max Ernst.

Fueron el grupo embrionario del dadaísmo y ofrecieron actuaciones descabelladas, muestras de pintura, lecturas, espectáculos musicales y declamaciones contra la barbarie bélica que estaba azotando al continente y la liviandad de una burguesía obnubilada por un progreso que no era tal y engañada por una decadente pretensión intelectual (todo burgués se siente dramaturgo, escribió Tristán Tzara en el Primer Manifiesto Dadaísta).

En el Cabaret Voltaire, pues, el público asistente podía encontrar experiencias artísticas a partir de formas de lenguaje alternativas, desde los Klang Poems de Kandinsky hasta los Poèmes Negres de Tristán Tzará. Hugo Ball había inventado una forma de antipoesía, los Verse ohne Worte, (o poemas sin palabras) y los recitaba vestido con trajes alucinantes diseñados para la ocasión, Raoul Hausmann, declamaba poesías ortofonéticas, Kurt Schwitters escribía su Ursonate y todavía abundaban impresos donde se podía leer la manera estética dadá para componer poemas:

Coja un periódico, Coja unas tijeras, escoja en el periódico un artículo de la longitud que quiera darle a su poema, recorte el artículo, recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el articulo y métalas en una bolsa. Agítela suavemente. Ahora saque cada recorte uno tras otro. Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa. El poema se parecerá a usted .

Fue justamente en junio de 1918 cuando Tristán Tzara dio a conocer su manifiesto Dadá en el Cabaret Voltaire. Dadá era la palabra que llevaba las ideas a caza, la abolición de la lógica y de toda jerarquía, toda forma de asco susceptible de convertirse en negación de la familia y la protesta a puñetazos de todo ser entregado a una acción destructiva .

Decir que todo fuera como eso también. Porque el final, Dadá es tratar de no tener razón y no significa nada.