Por Victoria García Jolly

Desde la antigua civilización de faraones y dioses, hasta nuestros días, el valle del Nilo y su delta han sido las arterias vitales de Egipto.

Sin embargo, hace 6,000 años el delta del Nilo no era conocido como tal, porque la letra delta, de la cual toma su nombre, sencillamente no existía. Todos sabemos que la delta es la cuarta letra del alfabeto griego, pero ellos ¿de dónde la sacaron? La historia nos hace volver al antiguo Egipto; después de pasar por la escritura jeroglífica, hierática y demótica,  hacia 1500 a.C. habían establecido 24 signos que ya representaban sonidos; es decir, fonogramas. Entre éstos estaba la imagen de una puerta que representaba el sonido d.  Los egeos —habitantes de Creta—, quienes por su cuenta ya habían desarrollado su escritura hasta obtener sus propios fonogramas, tomaron de los egipcios el signo de la puerta o entrada para la d.

Posteriormente, los fenicios, al adaptar los fonogramas cretenses para su propio uso convirtieron a “la puerta” en la letra daleth —hacia 1200 a.C.— conservando su significado. De ahí fue tomada por los antiguos griegos y rebautizada como delta ∆,∂, tercera consonante de su alfabeto. Los romanos, al conquistar a los griegos, no perdieron el tiempo en adoptar toda la cultura griega como propia y la delta no fue la excepción, pasó a ser nuestra conocida D. Su trazo manuscrito se fue deformando de las romanas rústicas a la unciales y de éstas a la minúscula, siendo Alcuino de York, ya en siglo X, quien estableció su forma final. A partir de entonces, la d sólo se ha molestado en cambiar de estilo de trazo, como muchas otras letras.

La d es una letra buena, por lo menos en español. Todos la queremos mucho porque nunca provoca la mala ortografía. No nos confunde con otra que suene igual, ni necesita auxiliares, como la g y la q; es una consonante con sonido suave que tiene una correspondencia exacta entre la letra y el sonido dental que representa. Lamentablemente, gracias a sus bondades y a su suavidad, tiende a ser ignorada en el lenguaje oral, producto de acentos sevillanos, aragoneses, gallegos o navarros y los muy cantados y sabrosos tropicales. La d intervocálica simplemente es desdeñada en las palabras acabadas en ado, ada, ido —cansao, tumbao, herío, partío—; y si resulta estar al final de palabra, la verdá queda en duda y la oscuridá puede no serlo. Estos vicios de la lengua podrían hacer pensar que la d es una letra en vías de extinción, como opinan, en forma muy pesimista, José P. Gómez y S. Lodares. Si ellos llegaran a tener razón —Dios no lo permita— ya no tendríamos tantas maravillas que la d nos ha brindado, no jugaríamos a los dados, no podríamos saborear los duraznos, ni tendríamos dientes para comerlos, ni dentrífico para lavarnos, no habría dadaísmo, ni conoceríamos a Degas, y mucho menos podríamos mencionar la “esaparición e la _”.

Mientras la d impresa permanezca y la necesitemos para completar la verdad y la oscuridad, para decir y dotar de riqueza al lenguaje, tendremos d para siempre. Además, la d se emplea como abreviatura de deca y deci; su forma griega —la delta— se usa en matemáticas, y los números romanos se sirven de ella para representar el quinientos, aun cuando no es propiamente una D, sino la mitad derecha de un antiguo signo griego que representa el 1,000.

La d se utiliza en varios símbolos químicos —como el deuterio, isótopo del hidrógeno—, y hoy en día, los nombres de las maravillas tecnológicas se abrevian con esta letra: el DVD, el CD, el DD, el DDD, la 3D y cualquier cosa que sea digital, sin olvidar su uso estratégico en el famoso “día D”.

Victoria García Jolly es diseñadora gráfica especializada en diseño editorial, caligrafía e identidad corporativa. Se ha dedicado a la docencia impartiendo, entre otras materias, tipografía.

El objeto de mi afecto

Post-it® Note

Diseñado por Arthur Fry y Spencer Silver.

En 1968, el doctor Spencer Silver, científico de 3M, desarrolló un pegamento reusable y de poca potencia al que trató de darle uso comercial, sin éxito. En 1974, Arthur Fry, quien trabajaba en 3M mientras hacía estudios de ingeniería química, acudió a un seminario dictado por Silver y tuvo la idea de utilizar ese pegamento en un separador de hojas para su libro de cantos religiosos; pero cuando descubrió que podía incluir una nota adicional a un documento de trabajo, se dio cuenta de que había descubierto una nueva herramienta de organización para recordatorios y observaciones.

Post-it® Note salió a la venta en EU en 1980 y en Europa, en 1981. El color amarillo canario es marca registrada de 3M, y fue institucionalizado por accidente, pues era el color que tenían las hojas de papel disponibles en el laboratorio adjunto al del equipo que desarrolló Post-it®. Actualmente se presenta en una gama de colores y tamaños, con y sin líneas impresas. Desde el 2008 se fabrican con papel reciclado y el pegamento es de origen vegetal.

Costo al público: en México 10.50 pesos por un paquete regular de 100 notas, los precios aumentan dependiendo de las muchas presentaciones que hay.

Aunque así lo crea

Mito: el pelo y las uñas crecen después de morir

Una vez que el cuerpo humano deja de recibir oxígeno y se terminan las funciones vitales, todas las células del organismo comienzan a descomponerse... salvo el pelo y las uñas, que ya son células muertas.

Dicha creencia provino de la novela Sin novedad en el frente (1929), de Erich Maria Remarque, célebre por mostrar los horrores de la guerra en voz del soldado Paul Bäumer, quien reflexiona: “Estas uñas crecerán mucho tiempo todavía, como una fantasmal vegetación subterránea, cuando Kemmerich ya no viva”.

Lo que sucede en realidad es que la piel alrededor de las uñas y el pelo se deshidrata y se contrae —en algunos casos, si las condiciones climáticas lo permiten, puede hasta momificarse—, lo cual da la apariencia de que éstos “siguen creciendo”.

algarabía.com y en twitter @algarabia