Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, más unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.

Sombras

Edgar Allan Poe

En un principio fue el miedo. No poder recordar si había existido un sólo momento donde la tranquilidad le hubiera dado tregua. Acaso sólo cuando los vapores del alcohol, la paz del láudano, la cegadora oscuridad de la noche le impedían ver la faz siniestra de todos los espíritus. Pero esta vez la fatalidad le tocaba el hombro y le empañaba todo con su helado aliento. “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”, había dicho alguna vez, bromeando a sus amigos de Richmond. Pero aquel día sólo había aceptado la invitación a un trago, había caminado botella en mano, tropezándose, por la torcida perspectiva de aquel sombrío callejón de Baltimore, carcajeándose de todas sus dialécticas fantásticas, del cielo al infierno, de la piedad al desprecio, del amor a la vida al horror por la muerte, en una larga jornada que nada más duró un instante. Por un segundo sólo existió la luna histérica. Y entonces ocurrió. El sombrío caballero sureño, el poeta, había resuelto para siempre el problema más grande de su vida. Colapsó en plena calle y murió solo aquel 7 de octubre de 1849.

Fue así como Edgar Allan  Poe, uno de los más grandes literatos de todos los tiempos, abandonó este mundo, extraordinario autor que había escrito en El gato negro esta frase fatídica: “¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?”,   como una burla, sabiéndose contagiado y condenado de mil pestes.

Nacido en Boston en 1809 fue hijo de David Poe, actor de ascendencia irlandesa y de Elizabeth Arnold, también actriz. El padre desapareció pronto, la madre murió cuando él solamente tenía dos años y su destino empezó a sellarse. El niño Edgar, de hermosos rizos negros y ojos enormes e inteligentes, fue acogido, aunque no adoptado legalmente, por el escocés John Allan, próspero mercader de tabaco y su mujer Frances. A los cinco años recitaba versos aprendidos de memoria a las damas sureñas que acudían a tomar el té por la tarde y por las noches aprendía de su nodriza de raza negra, los cánticos característicos de la gente de color. Hecho que, juran sus fanáticos, influyó en la magia rítmica de El cuervo, Ulalume y Annabel Lee. Después, toda la familia Allan se fue a Inglaterra y el joven Edgar recibió esmerada educación en dos internados, primero en Londres y luego en Stoke Newington. A los 15 años regresó a Richmond, se enamoró por primera vez, le rompieron el corazón y tuvo una gran pelea con su padrastro donde ambos cometieron faltas tan torpes como imperdonables. Un velo oscuro, que nunca se retiraría, cayó sobre su vida irremediablemente.

Pero también llegaron otras cosas definitivas: su convicción de que la poesía era la máxima expresión de la literatura, su interés romántico por lo oculto y lo diabólico, su dominio extraordinario del ritmo y el sonido. Sus ensayos  que se hicieron famosos por su sarcasmo, ingenio y exposición de pretensiones literarias, su relato, “Manuscrito hallado en una botella” ganó un premio en efectivo y su cuento “Los crímenes de la calle Morgue” lo convirtió en el fundador del género de la novela de misterio y policíaca y su labor como escritor, periodista y crítico fue admirada y reconocida. Pero los demonios no se iban. Llegaban acompañados de alcohol, opio, desenfreno y  una literatura deslumbrante. Que a veces quemaba como el fuego del infierno.

A muchos les dio por recitar de memoria los elementos de los que Poe echaba mano para expresar su ingenio: la melancolía, el horror que, inevitable, se le fue develando poco a poco. Así lo escribió él mismo: “Ver con claridad la maquinaria —las ruedas y engranajes— de una obra de arte es, fuera de toda duda, un placer, pero un placer que sólo podemos gozar en la medida de que no gozamos del legítimo efecto a que aspira el artista. Y, de hecho, con demasiada frecuencia sucede que toda reflexión analítica sobre el arte equivale a reflejar a la manera de los espejos del templo de Esmirna, que representan deformadas las más bellas imágenes”.

De poco valen las conclusiones de biógrafos y críticos de Poe. En este año de la peste, cuando han pasado 171 años de su muerte, todavía está vivo. Poco importa si escribió su fantástica obra por locuras ajenas a su voluntad (ningún agua lava el perfume del vino) o si todas sus palabras vinieron de la inspiración y su único instrumento era el talento. Es muy probable que ambos puntos fueran convergentes y no importa. Al final, como solía decir convencido de sí mismo, todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño.