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Convence la Orquesta del Bicentenario
La Orquesta Juvenil del Bicentenario, emanada del programa Iberorquestas Juveniles creado en la Cumbre Iberoamericana del 2007 en Chile, dio una muestra de su calidad y versatilidad.
Se reunieron 141 instrumentistas jóvenes de 21 países, la entrada era gratuita, el programa rebozaba de regalos y caramelos (digamos, éxitos probados), era un domingo al mediodía y la Sala Nezahualcóyotl tenía público sólo en la parte de abajo y ni siquiera estaba llena.
Aún así, la Orquesta Juvenil del Bicentenario, emanada del programa Iberorquestas Juveniles creado en la Cumbre Iberoamericana del 2007 en Chile, dio una muestra de su calidad y versatilidad.
El público, por su parte, no por escaso se mostró tímido, y obtuvo, con sus ovaciones de pie, tres piezas adicionales, la última de las cuales, un popurrí de mambos de Dámaso Pérez Prado, fue una magnífica culminación para un programa atractivo.
Atinado y emotivo
La dirección de Enrique Barrios, quien es también el director del Sistema Nacional de Fomento Musical (institución perteneciente a Conaculta que se encarga de la formación de músicos de orquesta), fue en general atinada y en algunos puntos muy emotiva.
Si con la mexicana Sinfónica Juvenil Carlos Chávez, dejó hace poco la sensación de ser poco exigente o de que la orquesta no responde a sus demandas, con este combo iberoamericano no había duda de que contaba con músicos de mayor nivel.
Así, logró unas buenas interpretaciones de la Sinfonía India de Carlos Chávez y de Margariteña, del venezolano Inocente Carreño (este cronista confiesa no ser devoto de ninguna de esas dos partituras).
Pero fue con Sensemayá, de Silvestre Revueltas, cuando la orquesta empezó a mostrar no el cobre -que nada tiene que ver y suena peyorativo-, sino el bronce y la madera de los que está hecha.
Resultó un tanto extraño que fue con la Danza española no. 1 de La vida breve de Manuel de Falla con la que Barrios no sólo pareció sentirse más a gusto, sino, también, era con la que más pasión transmitía.
Un tanto bajo de intenciones se sintió Tangazo, de Astor Piazzola , pero se recuperó con el pegajoso y sensual Danzón no. 2 de Arturo Márquez. Terminó rítmico y potente con la Danza final de la suite Estancia, del argentino Alberto Ginastera, una pieza que parece diseñada para que el público pida más.
Cosa que sucedió y así, además de otro emotivo De Falla, se pudo escuchar un Huapango de Moncayo que conmovió a este cronista a pesar de haberla escuchado hasta el cansancio este año. Y claro, Pérez Prado para cerrar a todo lo alto.
Antojos y sugerencias
De entrada, lo que se antoja proponer es que se vaya renovando el repertorio. Chávez, Márquez, Moncayo y Revueltas hicieron mucho más que la Sinfonía India, el Danzón no. 2, Huapango y Sensemayá. Pero además existen muchos otros compositores que están haciendo cosas interesantes.
Sin duda para una orquesta juvenil, que no tiene mucho cartel, no conviene hacer demasiados experimentos, pero unos cuantos, que le den frescura de, justamente, juventud, no estaría mal.
Sin embargo, lo que más falta hace es promoción. El magnífico concierto de este domingo debió ser escuchado por mucha más gente.
mlino@eleconomista.com.mx