México es como un ardor, como una enfermedad. Ser mexicano es misión compleja: es no saber quién eres, o ser un cliché. Ser un charro o una adelita, o ser el que mata a la adelita y viola al charro. A lo mejor eres el charro violado, y te gustó.

Para toda una generación de artistas mexicanos, así era ser mexicano, un verdadero conflicto vital. Sus antecesores, los Rivera, los Siqueiros, los Orozco, los Tamayo estaban seguros de qué era lo mexicano. Muy seguros porque, de muchos modos, ellos lo inventaron. Y también porque, de otros modos, ellos fueron vehículo de una identidad nacional creada desde el poder, heraldos del monolítico Estado mexicano de la primera mitad del siglo XX.

Ese México de la Virgencita, del verde-blanco-y-colorado-es-la-bandera-del-soldado, de los calendarios con la leyenda de Popocatepetl en todas las cocinas; el México del PRI, la iglesia católica y de Televisa…

La generación que siguió, que pintó sobre todo en la década de los 80 cuando este país estaba a punto de cambiar radicalmente (pero todavía no lo sabía), necesitaba corromperse, orinarse sobre el lábaro patrio si eso hacia falta para liberarse.

De esa generación de felices descastados va ¿Neomexicanismos? Ficciones identitarias en el México de los ochenta, la excelente nueva exposición del Museo de Arte Moderno (MAM).

Son artistas como Julio Galán, que en su más célebre autorretrato se pinta a sí mismo vestido de charro y maquillado como diva silente, llorando lágrimas de lentejuelas; como Nahum Zenil, que hace escultura un par de sillas en las que, estampados en cuero, dos falos erectos invitan a sentarse; o como Mónica Castillo, que usando la imaginería católica corona de flores a un sangriento y sagrado filete.

En ¿Neomexicanismos? se junta por primera vez a esta generación que durante años sufrió el desprecio de lo que en su época era el establishment. La exposición documenta de manera muy clara como toda la prensa, hasta la de izquierda, condenó a artistas como Galán o como Rolando de la Garza, quien en 1987 en el propio MAM alteró a las buenas conciencias de ProVida por atreverse a poner a Pedrito Infante como Mesías y a Marylin Monroe como la Virgen.

Todas las obras cuestionan algo, a saber: la identidad mexicana, la sexualidad del macho nativo (la llegada del SIDA fue la primera gran salida del clóset mexicana) y la academia. Prácticamente todas las obras rescatan la imaginería popular como algo serio y se burlan del arte respetado por la crítica.

Curiosamente, al único artista del pasado que se tomaron en serio fue a Frida Kahlo. Hay toda una sección de ¿Neomexicanismos? dedicado solamente a las referencias a la obra Kahlo. Podría ser una sección más grande: Kahlo fue la primera gran cuestionadora del arte mexicano.

La exposición es extensa y el trabajo curatorial se nota exhaustivo. Dice Osvaldo Sánchez, director del MAM, que la intención es hacer historia.

Lo dice sin ambages pero sin presunción, y el objetivo es correcto, pues no solo documenta a toda una generación, agrupándola (a ellos, que odiaban los grupos pero que, a pesar de sí mismos, trabajaban los mismos temas: el aire de los tiempos los atrapó) como nadie había hecho antes.

¿Neomexicanismos?

Museo de Arte Moderno

Reforma y Gandhi, Bosque de Chapultepec. Martes a domingo, de 10 de la mañana a 5 de la tarde. A partir del 26 de mayo.