Cuenta mi madre que el abuelo Florentino compró durante toda su vida el mismo número de la Lotería. Nunca ganó. Yo, heredero de alguno de sus vicios y de ninguna de sus virtudes, desde que tengo memoria juego la misma combinación de casillas de los Pronósticos Deportivos. Nunca he ganado. Y aunque me gusta la idea de ser algún día el favorito del azar, me place más el juego en sí, sus implicaciones simbólicas, rituales e imaginativas que, en un momento dado, amanecer con un montón de dinero.

Los juegos de azar son lo que más se parece a la concepción que los griegos antiguos tenían de la palabra destino.

Y hablo de los griegos anteriores, incluso, a los presocráticos, aquéllos cuyas vidas eran regidas por dioses caprichosos que, las más de las veces, procuraban innumerables tragedias a los simples mortales y, sólo en ocasiones mínimas, le cedían un poco de felicidad a tal o cual individuo que, por lo general, se convertía a ojos de sus congéneres en un héroe, en el preferido de la naturaleza.

Entonces, si este tipo de juegos sólo premian a unos pocos, a casi nadie en relación a los muchos que nunca serán premiados, ¿por qué nuestra racionalidad nos permite seguir jugando?

La respuesta más simple afirma que el hombre, la mujer, cualquier humano que posea una sana visión de sí, que no tenga problemas con su autoestima, también es un ser irracional en cuanto a su propia sobrevivencia, y todo juego, sea de azar, mental o físico, le permite colmar ese instinto que recuerda a nuestra naturaleza primera: la animalidad.

Los cachorros de la leona, por ejemplo, entrenan y se ejercitan con juegos que, en un futuro, se convertirán en habilidades de sobrevivencia: sus distintas maneras para cazar ñus, gacelas o venados. Y si bien las leonas y los hombres comparten el instinto primario de la caza, en las primeras el juego se transforma en una realidad de vida o muerte, mientras que en los segundos el juego será siempre a menos que se juegue a la ruleta rusa un simulacro, una representación simbólica que en sí no pone en peligro la propia sobrevivencia ni la de los congéneres.

Los animales incluidos los humanos no están programados para perder. En la naturaleza, el perdedor muere. En las sociedades modernas, el perdedor se convierte en ludópata, pues su intelecto no da para separar su instinto primitivo de sobrevivencia y la representación, por medio del juego, de dicho instinto.

Por eso, la célebre frase del Barón Pierre de Coubertin que dice lo importante no es ganar sino competir es preciosa para el que se le acabaron las apuestas, pero, en la contienda entre opositores, es absolutamente falsa o falaz.

Las justas olímpicas no son una reunión de ludópatas que, cual robots, niegan su naturaleza perdedora. El atleta que va a las olimpiadas deja poco o casi nada al azar y compite porque cree que puede ganar, y ganando asegura de manera simbólica su sobrevivencia y la de los suyos, llámese familia, barrio, colonia, delegación, ciudad, país, etcétera; de allí que sus seguidores, los que ven en él al más rápido, al más alto y al más fuerte de la tribu, con su triunfo sean colmados de felicidad, aunque sea por un instante, con la sola idea de un futuro promisorio.