En una colaboración reciente Promesas incumplidas de la psiquiatría , afirmé: Desde hace medio siglo la investigación psiquiátrica no ha producido verdaderas innovaciones en el tratamiento del núcleo delirante de las psicosis , para luego agregar que los medicamentos con los que se cuenta en la actualidad para tratar a muchos enfermos afectados por trastornos cerebrales severos no han resultado todo lo efectivos que debieran ser... .

El mes pasado, un colega psiquiatra publicó un comentario en la página web de El Economista inconformándose de que haya yo ventilado el asunto en un foro dirigido a un auditorio heterogéneo .

Destaca, amigablemente, que haberlo hecho de esa manera le parece ingenuo e incluso peligroso, buena leña para el fuego de los antipsiquiatras .

Creo conveniente responder desde aquí puesto que el asunto, más allá de un intercambio de opiniones, refleja ópticas distintas para abordar la problemática de salud mental en México.

La verdad es que no sé quiénes sean ni qué fines persigan, estos presuntos enemigos de la psiquiatría ávidos de llevar a su hoguera inquisitorial una información incontrovertible de la psicofarmacología actual.

La psiquiatría, a final de cuentas, no es otra cosa que una rama de la medicina orientada hacia la prevención y el tratamiento de las enfermedades mentales, en la que el bienestar y la rehabilitación de las personas enfermas es una asignatura pendiente del sistema de salud de nuestro país.

Son demasiadas las personas, de todas las edades, que sufren padecimientos psiquiátricos severos y que no tienen acceso a una atención profesional y a medicamentos indispensables para sobrellevar sus síntomas.

La mayoría no cuenta con apoyos para sostenerse en el estudio, el trabajo y vivir dignamente.

El estigma social y la falta de una legislación sobre derechos humanos y ciudadanos en salud mental son obstáculos inmensos.

El compromiso de quienes ejercemos la medicina mental no puede ser más que con los pacientes, sus familiares y el conjunto de la sociedad. La autocensura y el sigilo excesivo siempre resultan contraproducentes para el cambio.

¿A quién pudiera interesar que ciertas metas no cumplidas en el campo de la psiquiatría -o de cualquier otro saber médico- deban mantenerse en lo oscurito, lejos del público y de la crítica en los medios? ¿De qué pudieran servirle a los pacientes nuestra discreción ante los círculos reservados de poder , como definió Michel Foucault, al juego de relaciones discursivas donde se mantiene el derecho y el privilegio de enunciar verdades oficiales, de designar privilegios individuales, y de ocultar datos y escamotear información sensible ante los intereses del poder?

Por ello es que Héctor Pérez-Rincón aborda la Defensa e Ilustración de la Psiquiatría , en el número más reciente de la revista Salud Mental y retoma la argumentación del profesor Henri E, quien hace tres décadas advirtió sobre el peligro de abandonar la defensa de la libertad y la dignidad del paciente conculcada por su propia patología o por la sociedad .

El mayor riesgo, nos recuerda Pérez-Rincón, sería terminar practicando una falsa psiquiatría o en una simulación desviada .