La comedia de humor negro, que mucho linda los bordes de la tragedia, resulta siempre un plato delicioso para el director dotado y, más aún, para el que sabe manejar los tonos, matices y contrastes realistas tanto de parlamentos como de personajes.

Esto es lo que se abre ante los ojos del espectador una vez comenzada la función de El efecto de los rayos gamma de Paul Zindel, que mereció premios como el Pulitzer y ser llevada al celuloide por Paul Newman, en los años 70, justo cuando en México se puso por primera vez bajo la dirección de la controvertida Nancy Cárdenas. The effect of gamma Rays on man in the moon marigolds, título kilométrico, sin embargo en su primera versión mexicana tuvo el acierto de agregar la palabra caléndulas que en la puesta en escena que protagoniza Laura Zapata se omite.

El efecto de los rayos gamma sobre las caléndulas es una obra de construcción perfecta, no en balde el Pulitzer a Zindel y la fama de la obra que a la fecha se sigue sosteniendo al tocar con sutileza crítica y humor corrosivo, un tema que a muchos llega a concernir: la disfuncionalidad de la familia clasemediera venida a menos que, si ya en los años 70 se vislumbraba como un contrachoque de valores morales, en la actualidad, y a través de los personajes y situaciones plasmados por el dramaturgo, viene a ser un agudo reflejo del resquebrajamiento moral de nuestra sociedad.

Mucho nos hubiera gustado ver aquel primer montaje de Nancy Cárdenas en el que incluso la entonces muy jovencita Laura Zapata participaba. Pero hoy, en la puesta en escena de Alberto Lomnitz, la gran actriz encarna con vehemencia a Beatriz, la protagonista, recayendo en ella todo el montaje, que el inexperto director no ha sabido llevar a buen puerto confundiendo el humor negro con la suciedad de un trazo escénico que se empantana.

Laura Zapata debe resistir la falta de dirección y arreglárselas como puede (y puede muy bien), pero mucho favor le haría que alguien homologara tonalmente a sus compañeras de escena, sobre todo a la joven Daniela Luján, que ha protagonizado telenovelas infantiles, pero que en esta ocasión, al hacer a Ruth, vemos que le falta mucha formación teatral.

A su vez, Cassandra Ciangherotti trata de integrarse a la tonalidad impuesta por Laura Zapata, pero se pierde en la inconsistencia de una puesta en escena accidentada, llena de incrustaciones erróneas que viajan hacia la caricatura involuntaria y la poeticidad melindrosa.

Lástima, porque el director tenía todo para lograr un verdadero trabajo de relevancia con esta obra; pero pasa lo que con frecuencia hemos atestiguado: que aparecen directores que se inflan en la escuela y cuando llegan a la hora de la verdad, es decir, al teatro profesional, nomás no pueden con el paquete. Se rescata a la actriz Tara Parra, personaje constante en nuestros escenarios, desde Poesía en Voz Alta, bien por ello.

A Laura Zapata se le ve radiante; junto a su hijo Claudio Sodi en la producción, la actriz escarba en los entretelones de un personaje apasionante; ambos creadores han dado un gran primer paso en el trazo de un camino hacia el teatro verdadero.

El efecto de los rayos gamma recae sobre el profesionalismo de Laura Zapata y Claudio Sodi. El público sale gratificado por la actuación de Laura Zapata y por el texto… aunque hubiera sido mejor con una dirección de mayor solvencia creadora.

gonzalo.valdes@eleconomista.mx