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Arte e Ideas

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Augurios y recetas para el último día

Como fin de ciclo, la cena de fin de año nos recuerda la comida como tema universal.

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El año, juran astrónomos y almanaques, dura 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, y no es posible hacerlo coincidir con un número exacto de días.

Sin embargo, para subsanar este problema se optó por hacer el año de duración variable, estableciendo años cortos de 365 días y algunos largos de 366. Pero, para no caer en el error y ajustar las fechas a nuestra tranquilidad, de este lado del mundo usamos el calendario solar, pues es más práctico e indica cada fecha asegurándonos que ha de ser inamovible.

Aunque los judíos sigan empleando el calendario lunar y hayan celebrado su Año Nuevo hace semanas; aunque el Año Nuevo chino pueda empezar un mes después con su sorpresa de animales regentes (el 2019 será el año del cerdo y comenzará el 5 de febrero), en cuanto al calendario litúrgico de la iglesia católica, con elementos lunares y solares, todo es más preciso y conocido: cada día tiene su santo, y todos, su celebración. Por ello, fuera de tanto cálculo astronómico, no dude una cosa: este lunes es el último día del año 2018. Pero quizá algo de angustia —por todo lo que se acaba, por lo que llegará— se anide todavía en su espíritu, lector querido. Pero piense que, como decían nuestras abuelas, agua pasada no mueve molinos, y que Oscar Wilde tuvo razón cuando dijo que “el único encanto del pasado consiste en que es el pasado”.

Respecto a la incertidumbre del porvenir, ni lo intente. Con Alejandro Magno se acabó la tragedia y seriedad de los oráculos. El mundo empezó a achatarse: la pitonisa se volvió astróloga; el cabalista, lector de baraja española; el mago, maestro del Tarot, y la bruja, antes certera y asesina, una triste anciana contemplando el fondo de una taza de café que alguien más se tomó. Sin embargo —admítalo—, cada vez que va a llegar un año nuevo nos ataca la premura, la necesidad casi urgente de saber lo que nos depararán los días que vienen. Además de los buenos propósitos (que ayudan, cómo no), pensamos que poco podremos hacer para neutralizar los designios divinos porque a lo mejor los dioses son culpables, y no nosotros, de que no podamos dejar de fumar, estemos con 10 kilos arriba y nos encante lo del tropiezo con la misma piedra. Queremos saber si la culpa es de los planetas o de la mala distribución de nuestros muebles.

Pero el destino, si se conoce, es como el muerto y el arrimado: a los tres días apesta. Cae mal. Y es como es. No se parece en nada a lo que nos prometió el horóscopo y nos dijeron las cartas. Sospechemos siempre. ¿Aquel extraño alto y moreno, vestido de sota de bastos, es el maldito mecánico que nos estafó? Si nuestro arcano regente es La Rueda de la Fortuna, ¿da lo mismo comprar o no la lotería? ¿Si te portas bien, todos los virgos del mundo te van a querer? ¿Confiarás en la respuesta que te dio al que le preguntaste?

Pocas serán las respuestas y seguiremos con la misma duda. (Ya se sabe: hubo sabios gobernantes y césares inseguros rodeados de agoreros, que cuando pasaba un pez le abrían las entrañas, veían a una serpiente y olían el suelo, para decir que el vuelo de las águilas era la razón de las peores traiciones. Pero algunos murieron mucho antes de lo pronosticado y nunca resultaron ser los traicionados).

Una de las únicas certezas, después de haber visto las cartas, leído la mala suerte que tienen los que nacieron en plenilunio, tirado los caracoles, leído todos los horóscopos y abierto la Biblia al azar, es que nada de lo pronosticado es cierto. Y qué bueno. (Quizá solamente aquello de que el que nace pa’ maceta no pasa del corredor, pero no debemos ser deterministas).

Daríamos la mitad de nuestra vida, nuestras cuentas de colores y todas nuestras canicas para que nos digan, pero seguro, qué nos va a pasar al rato. Pero este lunes podríamos bambolearnos de otra manera, acudir a lo escrito, pero a través de los libros y así abordar un tema que a todos nos gusta —mucho más fácil de decidir que entre la alegría el llanto—: la comida. Este lunes que es día de gran cena, y como una especie de travesura, pongamos a literatos mexicanos en la misma cazuela. Y es que ya sabemos: la relación de cada uno con la comida determina no sólo su figura, sino también su actitud ante la vida.

Hay quienes se dedican a comer, a cocinar, a estar a dieta y, las menos de las veces, a escribir sobre el tema. Los que se consideran verdaderos literatos ven el asunto gastronómico como una frivolidad, exquisita, si se quiere, pero menos problemática que la muerte, el amor o la tragedia. Claro que siempre han existido quienes se las arreglan para hacer novelones en forma de recetario y le da dan al clavo (de olor) con metáforas comestibles pero indigestas.

El tema parece extraño, pero piénselo: durante mucho tiempo, una vez que los autores sentían haber trabajado lo suficiente, llorado ante la página en blanco, patinado sobre el despectivo hielo de la filología, publicado media docena de libros y encontrado por fin “su estilo”, se sentaban, gozosos, a degustar temas menores. Salvador Novo hizo un feliz catálogo razonado de sus recetas favoritas; Artemio del Valle Arizpe se hundió en su taza de chocolate, y nosotros, a punto de llegar al punto más alto de nuestra alacena intelectual, fuimos a las librerías a pedir La cocina jerezana en tiempos de López Velarde en vez de La Suave Patria.

Pero por más que digan cosas como que Hongos mexicanos comestibles de José Juan Tablada es un experimento “fantasioso, lúdico y casi una composición casera”, es difícil caer en el engaño. Tablada, como Alfonso Reyes en sus Memorias de cocina y bodega, descubrió que entrar a la cocina con una pluma en vez de una cuchara era deliciosamente erudito; y sus lectores, que sus viajes gastronómicos no desmerecen al de Ulises y en caso de necesidad de aventuras, hasta causaban la misma impresión.

Ibargüengoitia, otra vez, sobresale. Va recorriendo la América ignota con una torta compuesta en la mano y se arriesga al afirmar que la cocina es punto central de su obra y sus referencias culinarias (“un registro social del mexicano o un intento de dejar plasmadas para siempre las costumbres de mesa del género humano en la segunda mitad del siglo XX”).

Es difícil imaginar que los sobrevivientes de nuestras guerras y revoluciones pudieran, como Ibargüengoitia, explicar la sociedad mexicana a través de una enchilada. Platillos y personajes, tanto en la realidad como en sus textos, han creado verdaderas mitologías. El Armando de las famosas tortas, que le dio su nombre a este platillo como Napoleón al famoso pastelito, aparece en Sálvese quien pueda, como uno de los pilares de la cocina mexicana de la segunda mitad del siglo XX.

Si habremos de elegir a Reyes, Othón, Tablada, López Velarde o Ibargüengoitia, importa poco. Porque, si bien con distintas sazones, toda su escritura es exquisita y la sociedad está dividida en dos grandes clases: quienes tienen más comida que apetito y los que tienen más apetito que comida. También entre los que leen y no cocinan y los que cocinan y comen toda clase de lecturas.

Entre ambos placeres sólo se puede terminar —y volver a comenzar— con una cosa: el sincero deseo de que su celebración sea deliciosa y el Año Nuevo muy feliz para todos.

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