Cargada de bultos, María se enfila hacia el acceso exclusivo para mujeres del Metrobús. Tras empujones entre quienes intentan salir o buscan entrar, logra llegar al pasillo central del vagón. Éste por suerte no está tan lleno. Ansiosa, busca un espacio libre donde sentarse. Ni un solo asiento vacío: mujeres con niños. Chicas rizándose la pestaña, dos o tres jóvenes ensimismados en su celular o en sus sueños. ¿Jóvenes en este espacio asignado a mujeres, personas de la tercera edad o con discapacidad? Sí. María ya está acostumbrada a ver a hombres con buena condición física bien arrellanados, con las piernas abiertas, apropiándose del espacio con la mayor tranquilidad del mundo. Las normas están hechas para desobedecerse ¿o acaso puede haber un policía en cada vagón del metro o del metrobús? Lo que hoy, le llama la atención es que los asientos son rosas, femeninos ¿no? ¿Entonces?

A María le gustaría pedirle a uno de esos jóvenes que le cediera el lugar. A fin de cuentas, según dicen, es su derecho : ella es mujer, tiene 70 años, no hay mucho lugar dónde dejar su carga, está cansada y el viaje será largo. Duda, sin embargo. La vez pasada se le ocurrió preguntarle a un hombre, no tan joven, por qué no se iba para atrás y sólo se ganó un buen insulto y las miradas esquivas de otras usuarias, también de pie. Hoy, además, hay un hombre con muletas de pie junto al joven distraído, y es obvio que le tocaría el asiento a él. Resignada, María intenta distraerse mirando la pantalla de televisión. El sonido no sirve, pero lee un anuncio según el cual nueve de cada 10 usuarias se sienten respetadas en el Metrobús, le sigue otro que invita a denunciar el acoso; entrevé después escenas de alguna telenovela y luego un videoclip con mujeres contoneándose alrededor de un cantante de bigotazo y pelo en pecho. Hastiada, vuelve a observar el vagón. El hombre de muletas por fin logra sentarse: una chica le cedió el asiento; el joven distraído sigue mirando su celular, los otros dos parecen dormitar. En la siguiente parada, entra una mujer embarazada con una niña de la mano. María le indica con la mirada el asiento del joven distraído. La mujer avanza hacia él, pero éste entonces se concentra en la ventana...

A María le da rabia que nadie diga nada y se siente impotente, cargada con sus bultos en medio del vagón ya repleto. ¿Para qué tenemos estos espacios dizque exclusivos? - se pregunta- Y encima color de rosa, como vestido de quinceañera. Ni que estos jóvenes fueran a respetarnos por el color de los asientos. Sólo falta que pinten los otros de azul . Irritada, llega por fin a su parada. Al salir del andén le comenta a un policía que hay hombres en el vagón de mujeres. ¿Qué quiere que haga, señora? No podemos estar revisando a cada rato .

El caso de María no es único. A diario se dan en el transporte público evidentes faltas a las normas creadas supuestamente para prevenir el acoso: ni los dos o tres vagones del Metro ni el del Metrobús, exclusivos para mujeres, personas de la tercera edad o con discapacidad, son ese oasis de respeto imaginado por las autoridades que, en aras de una política de igualdad, optaron hace tiempo por la separación espacial, y luego imaginaron reforzarla con asientos rosas en el metrobús. Si bien hay quienes prefieren los vagones separados y en principio se evita el acoso que afecta sobre todo a las jóvenes, los asientos rosas refuerzan torpemente un código de género tradicional que es precisamente lo que, para ser efectivas, las políticas de igualdad deben romper. Como medida de acción afirmativa, temporal, la segregación en el transporte público puede reducir la incidencia del acoso, pero es insuficiente y hasta inútil si se promueve más la denuncia que el respeto y se cantan las loas del sistema a la vez que se difunden mensajes sexistas y homófóbos en esos mismos espacios. Menos vistosa, la educación para la igualdad, desde esas mismas pantallas, sería más efectiva.