Una cosa es ser un artista y otra estar loco. En el arte, las víctimas se dan con tanta frecuencia que a veces pasan por artistas (y hablo aquí de manera muy generalizada, podría hablarse lo mismo en las artes plásticas que en la música, la danza o cualquier de los quehacer artístico; en todos se da la criatura sufriente que no da una nota afinada pero vive como si la vida fuera una ópera).

Es un cliché poderoso: ser artista implica sufrir, sufrir implica talento creativo, el sufrimiento es la obra en sí. Conclusión-casi -silogística: el artista es un roto sin remedio. Y mientras más roto, mejor. Y si está roto psíquicamente, mejor que mejor porque ahora tiene hasta respaldo científico: el psiquiátrico está lleno de revolucionarios creadores.

Algunos autores famosos han usado su dolor como vehículo. Frida Kahlo, el caso más obvio. Julio Galán, igual de obvio pero más talentoso (una cosa es regodearse en el dolor como Kahlo, otra partir del dolor para explorar la identidad no sólo personal sino del propio medio expresivo, como las búsquedas incesantes de Galán). Martín Ramírez, el caso que pone las cosas en tierra de realidad: un pobre hombre probablemente mal diagnosticado, recluido de por vida en un psiquiátrico y que produjo un arte alucinante más producto de la soledad que de la (improbable) enfermedad mental.

Si el lector sigue conmigo después de estos tres largos párrafos, le explico a cuento de qué este discurso: hace unos días vi que en la tienda del Museo de Arte Moderno (MAM) tienen todavía ejemplares del catálogo Yishai Jusidman: pintura en obra, uno de los trabajos fundamentales del arte mexicano contemporáneo del que ya he hablado en otras ocasiones.

En el tomo, una retrospectiva del trabajo pictórico de Jusidman, está la serie Bajo tratamiento en la que Jusidman (que no sólo es artista, es todo un teórico de la pintura) destruye para siempre al menos ese fue el efecto que tuvo en esta columnista la relación entre arte y locura.

Bajo tratamiento son retratos de pacientes psiquiátricos. Aparecen cada uno con una lámina de alguna pintura clásica, como Las tres velas de Chagall, que cada paciente escogió. En el retrato, de líneas muy clásicas, queda claro que la elección es fortuita, sin relación alguna con la enfermedad (que aparece detallada en el título del cuadro: J.P. paciente con trastorno maniaco-depresivo monopolar esquizofrénico… ). Y por supuesto, el retrato en modo alguno glorifica la enfermedad mental, un modo de decir que es falso que los locos tengan una sensibilidad mayor para el arte.

Ninguna obra de arte, por caótica que parezca, es producto de una mente sin orden. Para crear (y para entender) el arte se necesita estar en posesión al menos parcial de su cordura y su capacidad de abstracción. El arte va más allá de la intencionalidad, la expresividad y el arrebato. Hay mucho de cálculo y método en la obra. Todo eso me queda claro viendo la grandiosa obra de Jusidman.

En fin, que el espacio no me da para mayor reflexión. Mi mente no tiene orden hoy. Sirva esta columna para que vaya usted por los últimos ejemplares Yishai Jusidman: pintura en obra en la librería MAM.