No todo el mundo tiene la suerte de encontrarse con Ramón López Velarde. Ni siquiera si optaron por la literatura, estudiaron Lengua y Letras o estuvieron tan enamorados que, a ciegas, hallaron alguno de sus poemas para explicarse. Puede pasar toda una vida.

Aunque hubiéramos recitado “La Suave Patria” en sexto de primaria. De memoria. Sin errores y sin entender ni un verso. Y si nos dedicamos a pasar los días pensando en otra cosa, aquello de encontrárselo dejó de ser una esperanza y mucho menos un oculto anhelo. Quizá hasta tomamos la decisión de que aquel afán de vivir en el universo de las letras, las palabras bien dichas, los libros devorados, la admiración enorme, poco tenía que ver con un poeta de provincia del que se decía era el más “nacional” de los líricos del país.

Pero fue en un salón de clases, después de álgida y ruidosa protesta porque el plan de estudios ordenaba estudiar la poesía y no la narrativa del siglo XIX mexicano, cuando el poeta jerezano se apareció rotundo. La culpa la tuvo Gonzalo Celorio. Y ante las palabras del maestro —muy bien pronunciadas, pero mucho mejor leídas— no hubo nada que hacer.

Primero en los apuntes, los alumnos consignamos, obedientes, que López Velarde había recogido la herencia del modernismo sin usarla, que tenía una importante influencia de Leopoldo Lugones, se había conservado como un poeta local con muy poca difusión hasta su muerte y que el ornamento cosmopolita, a pesar de haber nacido justo en el año en que Rubén Darío había publicado Azul, no le importaba nada. Que más bien a base de poesía había logrado construir un lenguaje propio. Después, ante nuestros ojos atónitos y la insoportable avidez de nuestros oídos, el maestro Celorio tomó un libro y nos empezó a leer “Mi prima Águeda” con su “contradictorio prestigio de almidón y de temible luto ceremonioso”. La suerte estaba echada. El dardo se había clavado en el lugar preciso. Y a partir de ese momento Ramón López Velarde ya era nuestro.

Nacido el 15 de junio de 1888 en Jerez, Zacatecas, en el año más húmedo del que se tuviera memoria hasta esa fecha, Ramón López Velarde tuvo una infancia “toda olorosa a sacristía” como bien dice Guillermo Sheridan en la biografía que escribió del poeta. A los 12 años fue enviado al Seminario Conciliar de Zacatecas, después pasó al de Aguascalientes para en 1908 estudiar jurisprudencia en la Facultad de San Luis Potosí. Cuenta la leyenda que en esa ciudad conoció a Francisco I. Madero, estuvo de acuerdo con sus ideas revolucionarias y aprobó las declaraciones del Plan de San Luis. Pero no se embarcó en la aventura revolucionaria. Concluyó sus estudios y se recibió de abogado en 1911. Evidentemente, su verdadera pasión no era la jurisprudencia. Porque con la pluma lo abarcaba y lo soltaba todo. Y por ello, para probar suerte, se trasladó definitivamente a la capital en 1914. Ya había publicado crónicas, poemas, ensayos breves y periodismo político en varios diarios de provincia y de la Ciudad de México. En la capital —como bien dijo José Luis Martínez— “cumplió el destino oscuro de los pretendientes sin títulos en la Corte”: ocupó modestos puestos burocráticos, practicó la docencia, entabló amistades efusivas y rápidas y pasó por el mundo de la bohemia y los periodistas, atrapado entre el arrojo de un erotismo incierto con un freno religioso muy bien puesto. Sus versos mostraban todas sus dualidades: la provincia y la ciudad, la religión y el descrédito, el amor puro y el amor carnal. Y no tardarían en aparecer los dos libros que publicó en vida: La sangre devota en 1916 y Zozobra en 1919.

Para los que afirmaron que el amor es el tema de López Velarde habrá que decir que ambos libros están presididos por distintas figuras femeninas. En La sangre devota aparece Fuensanta, su amada de juventud, protagonista de muchos poemas y en Zozobra, una multitud de incógnitas mujeres como un pretexto para emprender reflexiones más profundas. Dos tipos de amor, dicen algunos, dos estilos distintos de versificación, afirman otros. Pero si el amor teje la trama, es la pasión —como todo lo que se padece— el motor de todas las historias que nos cuenta. Escribiendo a Fuensanta, casi lo explica todo: “Me das (...) algo en que se confunden el cordial refrigerio y el glacial desamparo de un lecho de doncella”. Y el encuentro entre el refrigerio y el desamparo, junto a la oposición entre lo cordial y lo glacial, era un reflejo de la verdad: la devoción, la sangre, un amor imposible, un deseo al que no le queda más remedio que transfigurarse. En un lenguaje poético, por ejemplo. Justo como lo hacía López Velarde.

En Zozobra, condensa, se muestra pesimista, se vuelve maniqueo y encuentra una balanza que de un lado se muere y por el otro asciende. Versos impresionantes, que pegan y lastiman, lo colocaron bajo el título que hoy a 130 años de su nacimiento, se sigue enseñando en los salones de clase y todavía los maestros dicen a sus alumnos cuando les quieren presentar al jerezano: “López Velarde es el poeta que inaugura la poesía moderna, no sólo en México, sino —por lo menos— en todos los países de habla hispana”.

Octavio Paz lo escribió: “Todo lenguaje, si se extrema como extremó el suyo López Velarde, termina por ser una conciencia. Y allí donde comienza la conciencia del lenguaje, la desconfianza frente al lenguaje heredado principia la creación de uno nuevo. Principia la poesía”.

Ramón López Velarde murió muy joven. En la madrugada del 19 de junio de 1921, cerca del aniversario de la Independencia y después de escribir “La Suave Patria”. “Lo habían matado”, dice José Luis Martínez, “dos de esas fuerzas malignas de las ciudades que tanto temiera: el vaticinio de una gitana que le anunció la muerte por asfixia y un paseo nocturno, después del teatro y la cena, en que pretendió oponerse al frío del valle, sin abrigo, porque quería seguir hablando de Montaigne”.

Tras su muerte aparecieron sus demás obras. En unos casos, preparadas por él mismo, y en otros rescatados de periódicos y revistas. Se editó el tercer volumen de su producción poética, El son del corazón, y otros tres que reunieron su obra en prosa: El minutero, El don de febrero y Prosas políticas, aparecido en 1953.

Han pasado muchos días desde que lo encontró mi propia sangre devota. Y, hasta la fecha, no ha querido irse nunca.