Al amanecer de aquella noche en que soñó que volaba, Julián despertó buscándose prolongaciones aladas en su cuerpo. Al no encontrarlas pues la abstracción material del sueño se desmaterializó cuando Julián abrió los ojos , decidió entonces crear un par de alas para pegárselas en los costados de la espalda, amarrárselas a los brazos y, así, sustituyendo éstos por aquéllas, volar.

La decisión estaba tomada. Ahora Julián tendría que procurarse algunas aves para desplumarlas; el resto (pegamento, baquetas de madera, hilo, alambre, etcétera) lo compraría en la tienda de la esquina Julián hubiera querido plumas de águila, ya que las consideraba las más eficaces, pero se inclinó por las de paloma, pues si las de águila tienen la fortaleza, las de paloma, pensó, la elegancia, y él deseaba ser admirado en su vuelo no como quien obtiene las cosas por la fuerza, sino por el ingenio; además las plumas de paloma eran más asequibles que las de águila.

Una noche después del sueño, cerca de las dos de la madrugada, Julián, cual hombre-mosca, trepaba por la pared frontal de la iglesia, de manera que, una vez en las almenas, pudiera cazar a cuanta paloma tuviera allí su nido.

En su ascenso decapitó con el pie izquierdo a un ángel de piedra que le sirvió de apoyo; el ruido de la cabeza al estrellarse contra el suelo lo hizo palidecer, inmovilizarse y, por último, descender de la fachada.

Recogió entonces la celestial cabeza para examinarla y, con sorpresa, le descubrió un parecido asombroso con su propio rostro; levantó la mirada para ver la figura que había dejado incompleta, y contemplar a un ángel decapitado que, sospechosamente, también era de la misma altura y complexión que la de su propio cuerpo, a no ser por dos espléndidas alas de piedra que lo adornaban.

Y con un fuerte presentimiento de poder llegar a ser él, Julián Rodríguez, un ángel del Señor, retornó a las alturas derribando en su camino a dos querubines, tres arcángeles y otras tantas cabezas de tronos.

A la mañana siguiente, Julián, desvelado pero satisfecho por la cuantiosa cacería, bebió la sangre de cinco palomas, pues creía que era en la sangre de estos seres alados en donde se encontraba la sustancia del vuelo, sin la cual es imposible volar.

Apurada la bebida, tomó las plumas de las palomas y las colocó por tamaño y color en la mesa de su estudio, para luego dormir no tan plácidamente como lo hubiese deseado, ya que severos cólicos lo empezaron a atormentar.

Transcurrido algún tiempo (y curado Julián de los dolores estomacales) las alas del sueño estaban construidas. Más aún: se podían utilizar en cualquier momento, y como el hambre de volar lo devoraba, no tuvieron que pasar muchos días para llegar a la mañana en que intentó su primer vuelo.

Una vez en la fecha clave sábado 11 de febrero de 1989 , Julián se desnudó, se pegó plumas de paloma en todo el cuerpo, se adaptó las alas en sus brazos y, desde la azotea de su casa, se arrojó al vacío, en donde abriendo y cerrando las alas, abriendo y cerrando las alas...

Esa mañana, Julián hubo de recordar el ruido que alguna vez lo hizo palidecer: una cabeza de ángel estrellándose contra el pavimento.

CODA

Este cuento lo publiqué en 1989 en el periódico Unomásuno y forma parte de la reedición de mi libro Los mariachis asesinos que mañana martes, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, a las 19 horas, presentan Raúl José Santos Bernard (editor), Javier García-Galiano, Gustavo Marcovich y Flavio González-Mello.