No puedo creer que han pasado 20 años. ¡20 años! Mi nostalgia ya puede votar y comprar cigarros de manera legal.

Y miren que yo lo recuerdo como si fuera hace dos semanas. Así es la nostalgia: cada generación la descubre como si fuera cosa nueva.

Yo tenía 13 años. Era una niña de 13 años muy solitaria y triste, disculpen que me ponga confesional. La socialización nunca ha sido lo mío y en aquella época me era todavía más difícil porque estaba en una nueva escuela, un colegio de monjitas en el que yo nomás no me hallaba. La escuela me daba miedo y mis compañeros de clase eran una especie de monstruos que se burlaban de mi gordura y mi poca capacidad para participar en clase. Era complicado, pues.

Era una niña tímida que poco a poco se fue convirtiendo en una niña furiosa. Mi música era el Nevermind de Nirvana. No entendía las letras (quién le entendía a Kurt Cobain), pero me reflejaba como espejo: yo también quería gritar, yo también quería comenzar una revolución. Al menos en mi vida. Ya no quería ser una víctima, quería ser una heroína.

Y de repente, gracias a una cantante canadiense encontré mi voz.

Hace cosa de un mes el Jagged Little Pill de Alanis Morissette cumplió 20 años. 1995 fue el año de Alanis: acaparó todas las listas de popularidad y vendió millones y millones de discos, dio gira mundial y en general fue la estrella a seguir. Y sólo tenía 21 años. El Jagged no era su disco debut, allá en su natal Canadá Alanis era una estrellita pop casi desde niña. Digamos que su equivalente mexicana sería Fey.

Pero con el Jagged pasó por una conversión alquímica: la niña de los hits bailables se convirtió en una rebelde que cantaba sobre tener sexo oral en el cine.

El bicho de Alanis me picó pronto. Mi mamá, pobre, no me compraba muchos discos porque consideraba que apenas eran modas pasajeras, pero el disco de Alanis sí me lo compró. Lo recuerdo bien: fue en un supermercado que ya no existe. Así era el tamaño del éxito de ese disco: lo podías comprar en el súper.

Oírlo por primera vez fue uno de los momentos más reveladores de mi vida. Creo que lo oí tanto que el disco se fue haciendo más delgado. Seguramente pesa menos que el resto de los discos: así es el desgaste del amor. Cada vez que estaba sola en mi recámara era hora de escuchar a Alanis.

Yo quería ser esa que declaraba su libertad en All I Really Want , la canción con la que abre el álbum. Yo quería ser esa que declaraba que jamás iba a dejar que la obligaran a ser perfecta en Perfect . You live, you learn, you lose, you learn , cantaba yo cada vez que me sentía la más loser del universo. Y mis luchas con la Iglesia católica estaban retratadas en Forgiven ; cada vez que tenía pleito con alguna monja de la escuela yo sentía que Alanis estaba de mi lado.

Pero no soy muy original, mi canción favorita era la misma que la de todo mundo (y por todo mundo me refiero a todo el globo): You Oughta Know . Es una canción de despecho, y qué iba yo a saber de despecho si ni siquiera me había enamorado por primera vez, pero eso no importa en el pop. Me la sabía enterita, todavía, como comprobé en un karaoke hace poco, me la sé.

¿Qué tiene el pop que se nos mete en las entrañas? Como dice Nick Hornby en su novela High Fidelity: ¿escuchamos canciones pop porque nos sentimos miserables o nos sentimos miserables porque oímos canciones pop?

No tengo la respuesta a ninguna de esas preguntas. De lo que sí estoy segura es de que el pop, sobre todo cuando se es muy joven, es una especie de mapa a las estrellas: te enseña las posibilidades, reales o ficticias, de lo que puede ser tu vida. Oír discos, como el cine, se parece mucho a soñar: uno está a solas con las fantasías de un artista y si ese artista logra convencerte de prestarle toda tu atención y todas tus emociones, ese disco es un suceso inolvidable que te definirá.

Cada vez que escucho a alguien que desprecia a las fans de Justin Bieber o de One Direction o de cualquiera que sea la flama nueva, sé que estoy ante un idiota. Rock, pop, hip-hop, electrónico: con todas sus diferencias en realidad no son tan distintos. Sus jóvenes fans gritan lo mismo en éxtasis, la vida se les va en escuchar la próxima canción, descifrarla, memorizarla, hacerla suya, hacerla parte del cuento de sus vidas.

Hay algo muy conmovedor en todo eso. Es algo por lo que vale la pena llorar.