Desde muy niño, Bram Stoker se acostumbró a escuchar el canto de los hijos de la noche. No le era extraño y no le daba miedo. Porque tantas semanas enfermo y en la cama, se habían convertido en años de insomnio, sueño y duermevela. Y los días fueron para él igual de oscuros que las noches, jornadas nunca distintas una de otra ni siquiera en su cumpleaños. Un mundo donde no había nada luminoso... A excepción de los relatos de su madre.

Compañera de cuarto y de penurias del pequeño Bram, cuando el cuidado de sus otros seis hijos lo permitía, Charlotte fue también la culpable de estimular la imaginación de su hijo. En las largas tardes de remedios y sangrías, entretenía a su hijo con leyendas tradicionales irlandesas y explicaciones sobre el panorama que se divisaba por la ventana: la familia Stoker vivía en el pueblo de Clontart, cerca de Dublin, junto al cementerio de aquellos que se suicidaban. Ésos, cuyos cuerpos debían enterrarse con una estaca clavada en el pecho para que el alma no los abandonara.

En su séptimo cumpleaños -Bram Stoker había nacido en 1847- aquel niño pudo, por fin, caminar firmemente, salir de su casa e ir a la escuela. En 1864 ingresó al Trinity College y tiempo después comenzó a trabajar como funcionario en el Castillo de Dublin, sede del gobierno Británico en Irlanda hasta 1922.

Escribió obras de teatro y relatos de terror. Ya para 1872 la revista Shamrock lo consideraba un colaborador imprescindible. Aquellas primeras narraciones ya perfilaban el nacimiento del vampiro más famoso.

La mano del destino llevaría a Bram Stoker a otros lares. En 1876, el actor Henry Irving lo contrató como representante y caballero de compañía. Juntos se trasladaron a Inglaterra, donde administraron el Lyceum Theatre de Londres y se hicieron miembros de una sociedad secreta llamada Orden Hermética del Alba Dorada. En ella, se supone, trataban temas esotéricos, de ocultismo y de magia. Sin embargo, hay fuertes sospechas de que se trataba más bien de una divertida tertulia literaria y teatral de lecturas y excesos de la carne y del espíritu. Fue en esas reuniones que Stoker comenzó a trabar relación con varios escritores famosos de la época, como Oscar Wilde y Arthur Conan Doyle.

Drácula fue la obsesión y el trabajo cotidiano de Stoker por siete largos años, pero la idea había sido concebida 16 años antes de su publicación. Finalmente, vio la luz en 1897. Cuentan que ensayó con nombres diferentes para su personaje: el conde Wampyr, por ejemplo, o palabras como Ordog y Pokol , que quieren decir en rumano Satán e infierno, respectivamente. Cuentan también que se inspiró en Franz Liszt para describir el físico del conde; que la obra estuvo basada en el personaje real del sanguinario Vlad Tepes, El Empalador, y que nunca hubiera escrito sin el libro de Emily Gerard Informe sobre los principados de Valaquia.

Stoker no supo del éxito que iba a tener su novela; tampoco, que empañaría a los otros 18 libros que escribió, y menos, que cien años después de su muerte que se cumplen mañana- todavía resulte un misterio la causa de ésta, el tiempo verdadero de la hechura de Drácula, la multitud de películas, actores y versiones de su historia cada vez más lejanas e inexactas pero las renovaciones cada vez absurdas e interesantes. La nueva versión de hoy, todo fuera como eso, es que la idea de crear Drácula le vino a Stoker por culpa de una pesadilla causada por la indigestión de un guiso de cangrejo.