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Política

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El 68: ¿la imaginación al poder?

Más allá de la conmemoración, lo importante sería reconocer con justicia a todos los actores políticos que participaron del movimiento, a favor y en contra.

Foto: NotimexNotimex

Hace medio siglo que ocurrió la matanza de Tlatelolco. En lo personal, no tengo recuerdos directos de los hechos, ni siquiera como parte de la memoria familiar. Mis padres estaban de viaje, así que no fueron testigos ni de las principales marchas ni del 2 de octubre. Me vine enterando del tema cuando estaba en la prepa, por ahí de 1983 por menciones acerca del Jueves de Corpus, del que sí había memoria. Mis tíos más queridos eran estudiantes de la UNAM en 1971 y participaron de la marcha en protesta por la represión en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Muchos años después, quizá después del 2000, me platicaron de cómo corrieron por la Colonia San Rafael para resguardarse de la represión que corría por San Cosme

La matanza del 68 entró en mi bagaje cultural preuniversitario gracias a la lectura de La noche de Tlatelolco y de una novela que ahora me parece extraña, pseudoesotérica, y un tanto kitsch, pero de culto: Regina.

Para una estudiante de ciencias políticas en medio de las manifestaciones del CEU en 1986 y 1987, era imprescindible conocer más a fondo el tema de la insurgencia estudiantil poco antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos. La razón más obvia de la represión fue el interés del presidente Díaz Ordaz por mantener a raya el movimiento y dar la imagen de una nación ordenada, lejos del estereotipo de Pancho Villa. Pero el contexto de los 60 dice más cosas.

Para mediados de la década de los 80, ya había una conceptualización relativamente clara de las causas estructurales del movimiento; básicamente se referían a la urbanización, el baby boom, el crecimiento de las clases medias y la falta de acceso a fuentes de trabajo que siguieran promoviendo la movilización social ascendente. En ese sentido, el modelo de sustitución de importaciones y desarrollo estabilizador implantado después de la segunda posguerra había sido eficaz para redistribuir la riqueza, pero su eficacia estaba agotándose. A ello se sumaban las características del sistema político mexicano —corporativo, clientelar de partido hegemónico articulado al Ejecutivo federal — hoy caracterizado como una democradura, es decir, una democracia procedimental carente de una cultura política efectivamente democrática y cuya clase política en el gobierno hacía uso selectivo de la represión para el control social. Justo eso fue lo que sucedió el 2 de octubre: la represión selectiva a los estudiantes, considerados subversivos y de oposición de izquierda, lo cual no encajaba en un sistema político donde la izquierda y la derecha se hallaban insertas en los extremos del nacionalismo revolucionario. La oposición legal de derecha era leal, mientras que la auténtica oposición de izquierda estaba proscrita. El autoritarismo, el paternalismo y el capitalismo de cuates —crony capitalism— eran rasgos centrales del sistema político mexicano, que no llegaba a dictablanda porque, al menos, se llevaban a cabo elecciones regulares y había, aun cuando sus resultados eran, en reiteradas ocasiones, cuestionables.

El sexenio de Adolfo López Mateos estuvo repleto de movilizaciones sociales, iniciadas algunas a fines del gobierno de su predecesor, Adolfo Ruiz Cortines —ferrocarrileros, médicos, maestros, campesinos—, en busca de reivindicaciones salariales y de participación política democrática en el ámbito sindical, pero también había una demanda de los sectores más ilustrados de la sociedad —es decir intelectuales y estudiantes, principalmente— para la modernización del sistema, pasar de las prácticas políticas circunscritas a los cuerpos intermedios al ejercicio efectivo de los derechos políticos inherentes a una ciudadanía del siglo XX. Lo anterior implicaba una prensa libre, un auténtico juego de partidos, alternancia en el poder y la legalización de la izquierda. Eso fue lo que recibió Díaz Ordaz.

Tales demandas propiciaron la reforma política de 1977, primera de tantas reformas parciales. A riesgo de caer en el pecado de la historia contrafáctica, la apertura política de José López Portillo y Jesús Reyes Heroles posiblemente no se habría producido sin la insurgencia estudiantil de 1968.

En el ámbito internacional, la movilización estudiantil había iniciado con la primavera de Praga, respuesta a la invasión soviética a Checoslovaquia de enero de 1968. En Estados Unidos, los estudiantes universitarios se movilizaron en contra de la guerra de Vietnam y a favor de la extensión de los derechos civiles a las minorías raciales, especialmente negros. Y el mayo francés que prohibía prohibir.

No sé si pesó más la generación Beat norteamericana o la Escuela de Frankfurt o Los Beatles o la revolución cubana en la generación del 68 o el pensamiento de Michel Foucault. Es aventuradísimo suponer que eran por completo ajenos a las corrientes de pensamiento y contracultura globales, pero no sé hasta qué punto influyeron. El ogro filantrópico estaba en casa y supongo que algunos estudiantes y académicos elaboraron el peso de la influencia externa al repensar el 68.

Lo que sí sé es que, gracias a los sesentayochoeros, mi generación, la X, los que alcanzamos la mayoría de edad en los 80, ya teníamos abierto el camino para profundizar en las rupturas sociales y políticas. No fuimos nosotros los que nos enfrentamos al sistema, fueron ellos, la generación de la ruptura, la que finalmente abrió el paso para mayores libertades, para pensar acerca de nuevos temas como la liberación de las costumbres, especialmente la sexual, el cuestionamiento al patriarcado, la defensa de los derechos humanos, las críticas al régimen, la equidad de género. Tlatelolco fue apenas un episodio, pero un quiebre nodal.

Más allá de la conmemoración, lo importante sería reconocer con justicia a todos los actores políticos que participaron del movimiento, a favor y en contra.

Cincuenta años más tarde se requiere de un revisionismo histórico. Situar la fidelidad de las fuentes, contrastar las memorias de quienes participaron en la insurgencia estudiantil y de quienes conocieron los hechos de segunda mano. Es menester hurgar en los archivos oficiales y privados para encontrar las piezas del rompecabezas que es la historia del 68 para elaborar una historiografía menos ideologizada y más plural. De nada sirven marchas y pintas.

Reconocer que se trató de un crimen de Estado, que sí lo fue en su acepción más clásica, es un paso dado. Sin embargo, quitar las placas conmemorativas de la inauguración del Metro para “castigar” la memoria de Gustavo Díaz Ordaz es un despropósito, porque sin él, el movimiento del 68 no habría sido lo que fue. Es justo en la confluencia de las estructuras y las personas que los acontecimientos toman un rumbo determinado.

Resulta irónico que Porfirio Muñoz Ledo, como presidente de la Cámara de Diputados, haya tenido la tarea de recordar en su cincuentenario a los caídos en Tlatelolco cuando en 1969 respondió al sexto informe de gobierno de Díaz Ordaz, elogiando la represión de estudiantes como un acto preventivo de la posible anarquía.

Asombra la presencia de Muñoz Ledo y de Bartlett, por su longevidad y permanencia en el sistema y porque representan a una clase política autoritaria que supuestamente no tendría acomodo en la cuarta transformación. ¿Cómo garantizar transparencia y justicia cuando aún quedan polvos de aquellos lodos? Urge pues estructurar un sistema anticorrupción, pero también hace falta más congruencia e imaginación en el poder.

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