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Vino nuevo en odres viejos
En México, la expectativa de que la inversión privada se incremente para detonar el ansiado crecimiento en lo que resta del sexenio, sin antes reconocer y atender los problemas estructurales que enfrentamos, es poco realista. La reactivación de la inversión privada ante la inseguridad creciente, la corrupción desbordada, el narcotráfico extendiéndose a niveles nunca antes vistos, acompañado de la descomposición del estado de derecho, el debilitamiento de la democracia y los bajos niveles de atención a la salud y a la educación, me recuerdan la metáfora ”Vino nuevo en odres viejos” del Nuevo Testamento. Esta metáfora se refiere a que cuando se vierte el vino nuevo en un recipiente (odre) viejo, este se rompe ya que el recipiente no resiste el proceso de fermentación del vino nuevo, por lo que se pierden tanto el recipiente como el vino. Es decir, una idea o acción nueva difícilmente se materializará si la estructura que la soporta, está desgastada o dañada.
La historia ofrece varios ejemplos en este sentido. En el siglo XIX, la dinastía Manchú, que gobernaba China desde 1644 y que había tratado de mantener prácticamente cerrado su territorio a los extranjeros, enfrentó retos formidables. A mediados de siglo, durante las Guerras del Opio (1839-1841 y 1856-1860), Gran Bretaña, con el pretexto de defender el Libre Comercio y con ayuda de otros países europeos, se anexó Hong Kong y obligó a China a abrir puertos de acceso a varios países. A finales del siglo XIX, China enfrentó invasiones militares como la de Japón (1894-1895), donde perdió parte de su territorio, así como rebeliones internas, cómo la rebelión xenófoba de los Boxers, que a su vez desencadenó una invasión de una fuerza multinacional. China se había quedado muy atrás en los avances militares y tecnológicos, por lo que la Dinastía Manchú tuvo varios intentos de reforma, siendo la más importante la que intentó el emperador Guangxu, que buscaba adelgazar la burocracia imperial, modernizar el sistema educativo, fomentar la industria, transformar el ejército e incluso llevar a China a una monarquía constitucional. Sin embargo, la reforma fracasó, el joven emperador nunca logró cambiar la mentalidad de control absoluto, de cerrazón a nuevas ideas y de resistencia al cambio que habían prevalecido por varios siglos y que eran apoyados por Cixi, la Emperatriz Viuda, que representaba “el poder tras el poder”. Desde su lecho de muerte, Cixi mandó envenenar al emperador Guangxu y nombró como sucesor a su sobrino nieto Pu Yi (“El último emperador”), quien aún era un niño. La dinastía Manchú no logró las reformas necesarias para sobrevivir y cayó en 1911.
Cuando el Zar Alejandro II llegó al poder en Rusia, tomó una drástica decisión al liberar a los siervos en 1861 (un año antes de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos), Sin embargo, esta reforma nunca logró ser un cambio de fondo, ya que los siervos, que estaban sumamente endeudados con los nobles, recibieron tierras poco productivas. El efecto se reflejó en años de malas cosechas, por lo que de facto los nobles siguieron controlando la tierra. Cuando el Zar murió en 1881, sus reformas liberales fueron revertidas por su hijo y sucesor el Zar Alejandro III. La obtención de libertad para una mayoría del pueblo ruso no pudo materializarse; las estructuras no habían cambiado lo suficiente. Alejandro III empezó a industrializar al país, pero el régimen mantuvo una estructura muy rígida con una burocracia centralizada y una autocracia extrema, por lo que, aunque hubo cierta modernización económica, esta no fue acompañada por reformas políticas que eran muy necesarias. La misma dinámica se dio con su sucesor. El desenlace es conocido, en 1917, el Zar Nicolás II fue aprehendido y después asesinado al iniciar la Revolución Bolchevique en 1917.
Durante el siglo XIX, el Imperio Otomano entró en un declive agudo. Este imperio había conquistado el Medio Oriente, la Península Arábiga, Egipto y el Norte de África, había logrado derrotar al Imperio Bizantino en el siglo XV, convirtiéndose en el principal enemigo de España al controlar el Mediterráneo (lo que motivó a la Corona Española a buscar rutas alternativas hacia las Indias), había obtenido el control de Grecia, Albania, Bulgaria, Serbia y Hungría en el siglo XVI, llegando a Ucrania y al sur del Cáucaso en el siglo XVII e incluso había intentado tomar Viena en 1683. Sin embargo, este poderoso imperio empezó a perder territorio y poder en el siglo XVIII.
Ante esas pérdidas, el Sultán Abdulmecid efectuó en 1839 una serie de reformas con las que buscaba modernizar el ejército, la administración, el sistema fiscal y la igualdad jurídica de los súbditos. Sin embargo, el imperio estaba atrapado entre estructuras antiguas y presiones modernas: las élites locales, la creciente deuda externa y la presión europea (con la Guerra Ruso-Turca y la independencia griega en 1829, la Guerra de Crimea en 1854, la invasión de Napoleón a Egipto y Siria en 1860), impidieron que el Imperio Otomano pudiera convertirse en un Estado moderno. Las reformas efectuadas no fueron suficientes para impedir que los otomanos siguieran perdiendo territorios, lo que se ratificó en el Congreso de Berlín (1878), donde se determinó que el Imperio Otomano perdería dos quintas partes de su territorio. El llamado “Enfermo de Europa” enfrentó en 1908 una revolución, donde el grupo de oficiales (los “Jóvenes Turcos”) tomaron el poder, pero su alianza con Alemania y Austro-Hungría en la Primera Guerra Mundial, terminó en la disolución del imperio. Otro ejemplo de la inefectividad de ”verter vino nuevo en odres viejos”; la rigidez de las estructuras impidió que las reformas funcionaran.
En la segunda parte de este artículo, comentaré el caso de la caída del Bloque Comunista, ante las reformas insuficientes de Michail Gorbachov, la difícil situación de Venezuela ante la imposición de la nueva presidenta, sin cambios de fondo en la estructura del gobierno y la encrucijada que enfrenta actualmente el gobierno de la 4T al aferrarse a su sesgo ideológico, sin hacer los cambios necesarios para que el país crezca.