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Opinión

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Trump, el “misericordioso”

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

Hay políticos que hacen historia. Y hay otros que hacen berrinche. Donald Trump, fiel a su estilo de megáfono en madrugada y diplomacia de cantina, decidió primero incendiar el mundo y después pedir un vaso de agua para apagarlo

Durante días nos vendieron la película: que si Irán debía abrir el estrecho de Ormuz “o ardería en el infierno”, que si el petróleo sería confiscado como si fuera souvenir de guerra, que si el reloj corría —espeluznante— hacia una destrucción inminente. Todo muy épico, dramático e innecesario. Y entonces, cuando faltaban 90 minutos para que el apocalipsis diera inicio puntual como si fuera entrega de paquetería urgente, ocurrió el milagro diplomático: alto al fuego por dos semanas, mediado por Pakistán, que en este episodio pasó de actor secundario a terapeuta de pareja de una que se peleaba a gritos asustando al vecindario…

El hombre que amenazó con “volarlo todo” terminó aceptando una prórroga. Como alumno que no estudió y negocia con el maestro: “deme dos semanas, ahora sí me aplico”. No prometió llevar a su mamá a la siguiente reunión del Consejo de Seguridad porque carece de progenitora —en ambos significados de la frase.

El error estuvo desde el principio. No se puede jugar a colonizador del siglo XIX con herramientas del siglo XXI sin que el mundo te perciba como un forastero tratando de adueñarse de algo que no le pertenece. La idea de imponer condiciones —económicas, religiosas, geopolíticas— como si el resto del planeta fuera un tablero de Monopoly, revela no sólo arrogancia, sino una ignorancia a la que le quedan chicas las más grandes orejas de burro.

Porque Irán no es el control de un videojuego. Es un actor complejo, con historia, con músculo regional y con una capacidad de resistencia ancestral. Y enfrentarlo a punta de insultos es como tratar de extinguir un volcán con soplidos.

El hombre que prometió fuego y furia ahora firma pausas y treguas. El mismo que se envolvía en retórica bélica ahora engola la voz para pronunciar la palabra “temporal”. Dos semanas de paz, dicen. Como si la paz fuera una oferta del Buen Fin: válida hasta agotar existencias.

Y mientras tanto, el mundo observa con esa mezcla de alivio y desconfianza que provoca un conductor ebrio que, por un momento, decide manejar despacio. Nadie aplaude, pero todos respiran con un poco de tranquilidad.

¿Es esto el inicio de una paz duradera? Difícil saberlo. Cuando la política exterior se maneja como reality show, cada capítulo depende más del humor del protagonista que de la razón de Estado. Hoy hay tregua; mañana puede haber otro tuit inflamable que nos regrese al borde del abismo.

Lo único claro es que, esta vez, la guerra se quedó en promesa. Y eso, no es garantía, hay quien hace promesas por el sólo placer de romperlas. Al final, más que una lección geopolítica, lo que vimos fue una escena profundamente humana: el bravucón del barrio que grita que va a pelear hasta que alguien le recuerda que también pueden pegarle.

Trump pasó de “voy a incendiar el mundo” a “mejor lo dejamos para después”, la paz, en su versión, no es virtud, es control de daños con el peinado intacto. Y de pronto descubrió que la misericordia también cotiza en la bolsa de valores, sobre todo cuando la guerra deja de ser un negocio seguro y comienza a oler a fracaso. Entonces el halcón, se vuelve paloma por conveniencia no por conciencia. Suspende el rugido y adopta el susurro, como quien esconde el garrote detrás de un discurso piadoso. No fue compasión, fue cálculo. Y cuando el cálculo manda, hasta el belicista más bravucón aprende a rezar en voz baja por si acaso.

Y así entre bravatas de utilería y clemencia en exhibición, Trump entendió que no era dueño del petróleo ni del destino del planeta, apenas arrendatario del ridículo con opción a prórroga.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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