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Obesidad: la trama que delata a la modernidad

Rafael Lozano | Columna Invitada

Pocas cosas encarnan mejor la complejidad en salud pública que la obesidad. Decir que “no tiene una sola causa” es un lugar común. Y sin embargo, cuando llega la hora de decidir, a menudo se actúa como si la tuviera: se busca una palanca única y, si no funciona, el fracaso se lee como falta de voluntad. Ahí se abre la grieta entre el diagnóstico y la respuesta: reconocemos la trama, pero gobernamos como si fuera línea recta.

Esto no es nuevo: desde hace años se habla de entornos obesogénicos y enfoques sistémicos; lo difícil es que las respuestas públicas se comporten como si lo hubieran asumido. Por eso conviene nombrarla sin eufemismos: la obesidad es una trama. Parte de ese escenario se ha descrito como “ambiente obesogénico”. De ahí que algunos prefieran hablar de “sindemia”: no es un problema aislado, sino enfermedades y riesgos que interactúan y se potencian bajo desigualdad. Uso “trama” para subrayar que el ambiente se anuda con la biología, el tiempo y la desigualdad hasta volverse cuerpo.

Decir “trama” significa que la obesidad no puede reducirse a un mecanismo aislado —ni genético, ni conductual, ni alimentario— porque emerge de interacciones. En un tejido, los hilos importan, pero importa más cómo se anudan. Por eso la obsesión de simplificarla a un cálculo de “calorías que entran, calorías que salen” produce una explicación que tranquiliza, pero no gobierna.

Pero la obesidad, en su escala social, no es un problema de disciplina; es un problema de coherencia entre cuerpos y entornos. Llamo coherencia a lo mínimo ético: que lo que se prescribe sea posible sin castigar al que tiene menos. Como en toda trama, hay capas: biología, clínica, vínculos y estructura. La pregunta es simple: ¿dónde se rompe la coherencia y quién paga el costo?

Aquí aparece el primer giro: los genes predisponen, pero el entorno los activa. El cuerpo aprende, se adapta, se defiende. Y esa capacidad adaptativa —la que permite sobrevivir— también puede convertirse en vulnerabilidad cuando el entorno cambia a una velocidad que no se distribuye por igual. En el mismo país conviven el exceso y la carencia; en la misma ciudad, el ultraprocesado barato y la alimentación de calidad cara. La predisposición genética importa, pero importa más el lugar donde se manifiesta: hogar, escuela, trabajo, calle, sueño y estrés. La genética abre la puerta; el mundo decide si la cruza y con qué intensidad.

La segunda idea es más sutil: la obesidad también es una enfermedad del tiempo. No solo porque tarda años en construirse, sino porque el tiempo que exige para prevenirse y tratarse es el tiempo que la modernidad le roba a las personas. La obesidad crece en una sociedad del cansancio: jornadas largas, trayectos extensos, erosión del sueño, comida lista cuando no hay tiempo, pantallas que sustituyen el recreo y el estrés como normalidad. La obesidad es el resultado biológico de una vida donde el futuro se vuelve corto y el presente, pesado.

Por eso la obesidad puede leerse como una biografía del riesgo. En cada cintura expandida hay algo más que un hábito alimentario; hay un régimen de trabajo, una cultura de descanso, una oferta de comida, una ecología del estrés, una urbanización. La obesidad es, en ese sentido, la expresión biológica de un modelo de desarrollo. Y como todo archivo, no es neutral: guarda desigualdad. Los mismos cambios ambientales que en algunos sectores se amortiguan con ingresos, espacios seguros y acceso a cuidado, en otros se convierten en daño sostenido.

Este es el punto donde se revela la crisis de la modernidad simplificadora. Durante décadas, el pensamiento sanitario dominante fue extraordinariamente eficaz para domesticar lo agudo: identificar el agente, cortar la transmisión, resolver el episodio. La pandemia de COVID-19 no borró ese legado; lo puso a prueba, porque incluso cuando el agente es identificable, el daño se distribuye por redes sociales, laborales y territoriales. Ese éxito dejó una ilusión adicional: que lo crónico se gobierna igual que lo agudo, solo que con más paciencia. No se trata de encontrar “el enemigo” y vencerlo; se trata de entender un sistema que se reproduce a sí mismo. La obesidad no es solo un resultado; es un bucle que reconfigura el metabolismo, la movilidad, el sueño y el ánimo, y ese cambio vuelve a incidir sobre la vida cotidiana. La obesidad es bucle, no un proceso lineal.

Aquí conviene decirlo: los marcos globales para cuantificar carga y riesgos —por útiles que sean— tienen límites para representar una trama. Cuando el fenómeno es relacional, el cálculo recorta relaciones para volverlas conmensurables; y ahí se pierde la forma en que el mundo se vuelve cuerpo.

Cuando un gobierno o un sistema de salud dice “coma mejor y muévase más” sin hablar del salario, del tiempo, del barrio, del transporte, del sueño y del estrés, está ofreciendo una receta sin cocina. No es que la recomendación sea falsa; es que se vuelve injusta cuando se interpreta como fracaso personal. La modernidad simplificadora tiene una salida rápida para la complejidad: responsabilizar al individuo. Es una salida moralmente cómoda y políticamente barata. No se trata de negar la agencia personal; se trata de reconocer que la agencia ocurre dentro de condiciones.

La obesidad también obliga a mirar el dilema de la prevalencia como una distorsión temporal. La prevalencia es el presente acumulado del pasado, una fotografía de lo que ya se sedimentó. Los gobiernos tienden a priorizar lo que es visible en la estadística y en la sala de espera. Se entiende: la demanda de atención médica no se puede posponer. Pero en obesidad, si el sistema se organiza solo para atender la consecuencia visible sin alterar la trama que la produce, la intervención se parece a contener el agua sin reparar la fuga. La prevalencia te dice “esto ya está aquí”; no te dice dónde se rompió la tubería. Cuando se gobierna solo desde la prevalencia, se administra el daño, pero se deja intacta la fábrica del daño.

En este punto surge una paradoja política que parece técnica: la falsa oposición entre prevención y tratamiento. La obesidad, por ser enfermedad del tiempo, exige ambas cosas a la vez: prevención para que la trama no siga produciendo nuevos casos, y cuidado continuo para quienes ya viven con ella. Separarlas como si fueran opuestas es un error. El dilema real no es “prevenir o curar”, sino decidir si el Estado se atreve a intervenir en las coherencias rotas —las del entorno, la economía del tiempo, la oferta alimentaria, el urbanismo— o si se limita a gestionar el resultado biológico. La obesidad pone en evidencia que el Estado suele preferir lo gobernable: el consultorio, el folleto, la campaña, el regaño. Y evita lo conflictivo: los intereses económicos, la regulación, la infraestructura urbana, la jornada laboral, el mercado de ultraprocesados. No porque no se sepa; porque cuesta.

Hay otra paradoja: la complejidad vuelve imposible de ignorar la desigualdad generacional. En la práctica, se termina concediendo más urgencia a los adultos porque sus complicaciones ya son visibles, ya presionan al sistema de salud y al sistema productivo. Pero cuando se desplaza la mirada hacia niños y adolescentes, lo que aparece es más grave: la obesidad temprana no es solo “un problema de peso”; es una trayectoria de vida capturada desde el inicio. Es una injusticia temporal: los niños no eligieron este mundo que los adultos les estamos dando. No eligieron el entorno alimentario, ni el diseño urbano, ni el ritmo de trabajo familiar, ni la colonización del recreo por pantallas, ni la precariedad que vuelve “barato” lo que hace daño. Sin embargo, serán quienes paguen durante más años el interés compuesto de nuestras decisiones. La obesidad infantil es el termómetro moral de una sociedad: mide cuánta carga estamos dispuestos a heredar.

¿Para qué sirve insistir en complejidad? No para resignarse y declarar que “todo es tan complejo que nada puede hacerse”. Sirve para lo contrario: para exigir coherencia a la respuesta. Si la obesidad es trama, la respuesta debe ser trama. Si es enfermedad del tiempo, la respuesta debe tener continuidad. Si es biografía del riesgo, la respuesta debe intervenir en la biografía, no solo en el síntoma. Pensar desde complejidad significa dejar de buscar la solución única —la dieta universal, el mensaje perfecto, el medicamento milagroso— y empezar a construir arquitecturas de cuidado y de entorno que hagan posible lo que hoy suena a consejo vacío. La complejidad no reemplaza la brújula: la vuelve exigente.

Quizá por eso la obesidad incomoda tanto: porque no permite que la salud pública se refugie en explicaciones limpias. Nos obliga a mirar la trama completa y a aceptar que el problema no es “comer de más”, sino vivir de una manera que empuja al cuerpo a defenderse con exceso. En ese espejo, la obesidad revela la crisis de una modernidad que quiso simplificar lo vivo. Y si queremos enfrentarla, no basta con pedir disciplina: hay que reconstruir coherencia. Esa coherencia —entre cuerpo y entorno, entre individuo y sociedad, entre política y vida cotidiana— solo puede pensarse desde la complejidad.

Para ampliar (dos referencias generales):

  • Aguilar-Salinas CA, Hernández Licona G, Barquera S (eds.). La obesidad en México: estado de la política pública y recomendaciones para su prevención y control. Instituto Nacional de Salud Pública; 2018.
  • Swinburn BA, Kraak VI, Allender S, et al. The Global Syndemic of Obesity, Undernutrition, and Climate Change: The Lancet Commission report. The Lancet. 2019;393(10173):791–846.

*El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington.

Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor. rlozano@facmed.unam.mx; rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

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El autor es profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Facultad de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

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