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Javier Cercas, El brutalista y las historias con punto ciego: un berrinche
¿Con qué preguntas nos deja la buena literatura? Sólo los autores valientes se atreven a no contarlo todo.
Opinión
Leí El punto ciego: Las conferencias de Wiedenfeld 2015 (Random House) de Javier Cercas. Cercas nunca me ha fallado, es divertido, inteligente, sin falsas modestias pero tampoco arrogante. Su Anatomía de un instante me parece perfecta, Soldados de Salamina me conmovió (cada vez que tengo que escribir sobre un héroe me remito a su idea de lo heroico), Las leyes de la frontera la leí como quien ve una serie de Netflix.
El ensayo es el resultado de una breve residencia como catedrático invitado en Oxford. El tema es el arte de la novela, desde su invención cervantina hasta el futuro posmoderno de la narrativa.
Un ensayo muy rico (qué envidia los alumnos que estuvieron) y reducirlo a un párrafo es injusto pero aquí estoy. Cercas sigue la evolución del arte novelístico desde una perspectiva multifocal. ¿Será que Cervantes fue el Quijote, Vargas Llosa el Jaguar y Borges venció a un gaucho en una pelea de cuchillos? No: los escritores no son sus personajes, pero sin duda los habitan. La buena literatura, propone Cercas, es una forma de la autobiografía en la que el autor construye lo nuevo a partir de lo que a él o ella (por cierto, el ensayo de Cercas es un sausage festival, no toca a ninguna autora ni con el pétalo de una rosa) le parece antiquísimo porque sólo existe en su fuero interno pero que para el lector ha de ser novísimo. El buen escritor, como Melville, deja que su propia obsesión se convierta en Moby Dick.
Lo que más me atrajo del texto de Cercas es la idea que da título al volumen: la literatura del punto ciego. Ópticamente, el punto ciego es ese pequeño ángulo de nuestra visión en el que no entra la luz, nuestras tinieblas en esa esquina del ojo son totales.
Cercas usa la figura para disertar sobre esa literatura que es incompleta, ambivalente, la que nos invita a hacer teorías de qué diablos fue lo que leímos y en qué acabó. Esa literatura que no está contando todo-lo-que-debería y nos deja adivinando qué sigue, cuál es el final. Para Cercas la gran literatura es la que se atreve al punto ciego, que abandona al lector en la isla desierta de la (in)sana intriga, la de melancolía sabrosa que nos enluta cuando acabamos de leer.
Añado que una buena narración construye un mundo completo que existe antes de que empiece la novela (cuento o película, incluso videojuego) y sigue vivo cuando acabamos de leer la última página y dejamos a los personajes en él. Un ejemplo que me viene al calce es el del “worldbuilding” que tan de moda está en la literatura fantástica. Sí, implica toneladas de información adicional que ni siquiera llega al texto, pero también invita al punto ciego en ese sentido: hay algo que el autor al final no cuenta y el lector debe completar.
(También hay otro tipo de lectores contemporáneos que quieren que todo derive en una serie de libros: “¡¡Aaaah, ¿pero qué significa esto?!! ¿Vas a hacer segunda parte, verdad? ¡Tienes que explicarme! Dame más dame más dame más”. Son los nuevos post realistas que necesitan que el punto ciego desaparezca).
Como dice Cercas, si bien la novela lleva un par de siglos atorada más o menos en lo mismo, desde el renacimiento al realismo decimonónico hasta la posmodernidad, la narrativa del punto ciego siempre ha estado presente desde el Quijote. Esa ambigüedad de la que tanto renegaron los realistas, obsesionados con imitar la realidad hasta en el último detalle, sigue siendo el corazón de la novela. Eso que la novela no cuenta del todo, ese secreto que le pertenece tanto al escritor como al lector. ¿O le pertenece únicamente al lector? ¿Es el que lee quien finalmente reconoce y se queda con el punto ciego?
Lo que me lleva al contrapunto curioso de mi fin de semana. Al fin pude ver la película El brutalista (Brady Colbert, 2024). Es una cosa muy hollywoodera sabrosa y satisfactoria de casi cuatro horas. Concebida como una falsa biopic, cuando la proyectaron en salas se incluyó un intermedio al estilo del cine de otras épocas. La vi en la comodidad de mi estudio pero creo que si la hubiera visto en el cine no habría necesitado ese descanso. Es un rollo muy bien hecho que no desmerece a pesar de su kilometraje.
Segunda Guerra Mundial. Laszlo Toth (Adrien Brody se llevó su segundo oscar por este rol), celebrado arquitecto húngaro de la corriente brutalista, logra escapar de un campo de concentración y llegar a América. En Estados Unidos lo recibe su primo Attila (Alessandro Nivola), que se ha asimilado a la perfección, y ahora es un diseñador de muebles católico. Esta es una historia del transplante imposible. ¿Cómo dejar atrás los campos, el horror, la injusticia? Un tanto de suerte, otro tanto de impostura y un mucho de tragar mierda.
Entra en escena el millonario Harrison Van Buren (un inolvidable Guy Pearce). Después de un desencuentro, Van Buren se acerca a Laszlo tras enterarse de su brillante carrera en Hungría. Sintiéndose como quien encuentra un collar de perlas en el lodo, Van Buren tiene en el arquitecto a su próximo juguete.
La caracterización perfecta de Van Buren: el súper hombre al estilo Ayn Rand. El millonario virtuoso hecho por sí mismo cuyo destino es controlar al mundo; un bólido empresarial que nos llevará a un futuro de coches voladores y donde el dinero será el verdadero dios. Está tan bien caracterizado Van Buren que hasta su habla imita a los personajes de Rand, su modo absurdo y pomposo. (Tampoco dejemos pasar el detalle que el protagonista de la novela más célebre de Rand es un arquitecto, el genio Howard Roark que prefiere dinamitar su obra antes que hacer concesiones).
La relación de Toth y Van Buren se vuelve cada vez más pesada, una forma decadente de la admiración. En algún momento el empresario transparenta su cara cuando trata a Toth como un limpiabotas. Nos queda claro que para Van Buren el arquitecto no es más que un sirviente al que deja sentarse a su mesa.
Y he aquí la verdadera brutalidad de la cinta (si no la han visto y les interesa la trama, paren de leer aquí). En una noche aciaga, Van Buren viola Laszlo. “You are nothing but a lady of the night”, le dice con aliento entrecortado. La escena es discreta pero clara. La metáfora es muy frontal: Laszlo tiene algo que Van Buren no puede poseer —su arte y sensibilidad—, así que lo dominará por la fuerza y de la manera más humillante posible. Cuando Erszebeth, esposa de Toth, (Felicity Jones en una interpretación que merecía premios) confronta al empresario en una cena, (y he aquí el único cuestionamiento al guión porque uno siempre debe tener cuestionamientos sobre algo que le interesa para bien o mal), Van Buren desaparece. La secuencia nos sugiere que se suicidó, el resto es silencio. Un punto ciego.
Ñe ñe ñe ñe. Tomen su punto ciego por donde les quepa. A mí cuéntamelo todo, ya me hiciste ver una violación, ¿ahora te acobardas frente a un suicidio? No mames, Brady Colbert.
¿Por qué, cuando la escena de la violencia sexual es tan clara, el final del antagonista esta cubierto por un discreto velo? ¿Por qué la ambigüedad para un personaje que en realidad no tiene muchos matices?
Sigamos a Cercas y digamos que es un punto ciego un tanto burdo pero presente; un detalle narrativo incómodo y quizás analíticamente cuestionable. ¿Está dentro de la coherencia final de la película, tolera el ethos que no está planteando desde el principio? En mi opinión habría sido más congruente que nos enseñaran un cuerpo, ¡venga, Brady, danos un cadáver que vengue a Laszlo! Estoy siendo demasiado realista para mi propio bien, lo sé, soy una mala lectora de punto ciego, aun cuando conozco la bendita desolación de no saber. No contarlo todo implica valor y maestría autoral. Dios bendiga a los que se atreven a dejar preguntas sin contestar. ¿O no?