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La inversión más segura de la tecnología podría no estar donde todos miran
Opinión
Cuando Tesla reportó sus resultados del cuarto trimestre, el mercado se concentró en las ventas de vehículos y en las promesas sobre robotaxis. Sin embargo, la verdadera historia quedó opacada entre las cifras. Tesla está ejecutando una transformación fundamental: convertirse en un jugador dominante del sector energético.
Su segmento de energía alcanzó ingresos de aproximadamente 12.8 mil millones de dólares en 2025, un aumento cercano al 27% interanual, representando ya alrededor del 13% de sus ingresos totales. Más revelador aún, este segmento alcanzó márgenes brutos cercanos al 30%, aproximadamente el doble del negocio automotriz.
Durante el año, la compañía instaló 46.7 GWh de almacenamiento. Actualmente desarrolla una nueva planta de baterías cerca de Houston que comenzará a operar a finales de 2026, con una capacidad de hasta 50 GWh anuales. Se trata de sistemas de almacenamiento a gran escala diseñados para respaldar redes eléctricas y grandes proyectos solares y eólicos. Conforme la planta alcance su ritmo de producción, Tesla podría duplicar el volumen de energía que instala cada año, lo que no solo ampliaría su capacidad operativa, sino que consolidaría el almacenamiento como uno de los pilares de crecimiento más rentables de la compañía.
Esta reorientación estratégica no es casualidad. Tesla apuesta a una fuente de crecimiento que va más allá de los autos y que está cambiando el rumbo de varias empresas.
El caso de NextEra ilustra bien la evolución. Por décadas fue una empresa eléctrica tradicional, con un negocio estable y predecible, abasteciendo a millones de usuarios bajo un esquema regulado.
Con el tiempo, comenzó a invertir de manera gradual en energías renovables, especialmente eólica y solar. Lo que inicialmente era una línea complementaria terminó convirtiéndose en una ventaja estratégica. A medida que la demanda de electricidad se aceleró, impulsada por centros de datos y grandes empresas tecnológicas, ese segmento renovable ganó relevancia y comenzó a transformar el perfil de crecimiento de la compañía.
En enero de 2026 dio un paso adicional: anunció que pondría a disposición 1.7 gigavatios de capacidad nuclear para abastecer centros de datos, incorporando también su generación base a esta nueva ola de demanda digital.
La compañía cuenta con 10% de los reactores nucleares de Estados Unidos. Además, planea desarrollar 6 gigavatios en reactores modulares pequeños y cerró un acuerdo de 25 años con Google para reactivar la planta nuclear Duane Arnold en Iowa, lo que implicaría ingresos estables a largo plazo una vez que el proyecto concluya.
El denominador común entre Tesla y NextEra es una oleada sin precedentes de inversión en infraestructura de IA. Compañías como Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta proyectan gastar entre 600 y 650 mil millones de dólares en capex durante 2026, un incremento del 67% respecto a 2025. Aproximadamente 450 mil millones se destinarán específicamente a infraestructura de IA: servidores, GPUs y centros de datos.
Aquí emerge la paradoja de la revolución de la IA. Cada modelo, cada sistema y cada aplicación consume cantidades masivas de electricidad. La demanda de centros de datos está impulsando capex récord entre empresas de servicios públicos, contribuyendo a incrementos de más del 20% en las tarifas eléctricas residenciales desde 2021.
Las empresas tecnológicas han respondido con urgencia. Meta cerró acuerdos por 2.5 gigavatios de energía limpia con NextEra. Microsoft cerró un trato con Constellation Energy por 20 años para abastecer sus centros de datos.
El mercado ha comenzado a valorar esta dinámica. En 2025, empresas como Constellation y Vistra lograron rendimientos de entre 40 y 78 por ciento.
Tesla y NextEra representan dos modelos complementarios para aprovechar esta transformación. Tesla aporta innovación en almacenamiento mediante baterías Megapack que estabilizan la red. NextEra ofrece la solidez de activos consolidados: es el mayor generador occidental de energía renovable entre eólica y solar, opera plantas nucleares que proveen energía base sin emisiones y mantiene dividendos confiables respaldados por ingresos regulados.
La pregunta que domina los titulares, ¿existe una burbuja en la IA?, ¿están sobrevaluadas estas acciones?, ¿justificará la demanda esta inversión masiva?, puede estar desviando la atención del verdadero desafío estructural. El debate no debería centrarse en si el capex de 650,000 millones de dólares generará retornos inmediatos, sino en cómo alimentaremos una economía digital en expansión acelerada.
La infraestructura energética que permitirá la próxima década de innovación tecnológica no se construirá en meses. Requiere inversiones multimillonarias, aprobaciones regulatorias complejas y años de desarrollo. Las empresas que dominan esta cadena de valor, sean innovadores disruptivos como Tesla o gigantes consolidados como NextEra, están posicionándose como los verdaderos ganadores de la IA.
Porque, al final, antes de preguntarnos qué hará la IA por nosotros, deberíamos preguntarnos: ¿cómo la mantendremos?