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Algunos ilustrados tachan al hombre común de idiota
Opinión
Algunos autores ilustres e ilustrados escriben ensayos críticos acerca del malestar social que padecemos y sobre la emergencia de los populismos y el embrujo que ejercen hombres fuertes como Vladimir Putin o Donald Trump -porque generan la percepción de seguridad. Y dicen que los males de hoy son efecto de la idiotez de los ciudadanos. ¿En verdad somos idiotas o hay factores profundos que explican mejor dónde nos encontramos? A mi juicio la crisis social y política de nuestros días obedece a la convergencia de la creciente desigualdad social, a la precarización e inestabilidad laboral, a la corrupción, al fracaso educativo y a la manipulación tecnológica deliberada. En otras palabras, la democracia ha dejado de ser funcional porque los ciudadanos hemos sido marginados y ha sido capturada por los poderes económicos y tecnológicos que impiden equilibrar el interés común con el corporativo.
¿Dónde está el problema? ¿Cuáles son las causas del malestar y por qué todos estemos enfadados, irritados y mutuamente confrontados? Creo que algunos de los problemas que explican la degradación social y política los encontramos en la disfuncionalidad de la democracia, que es inentendible sin atender el fracaso educativo y la dimensión biológica de lo humano, conocimiento que explotan los supra poderes económicos, políticos y financieros para generar adicción a la comida ultraprocesada y el desarrollo de algoritmos que estimulan el deseo y el consumo sin fin.
La democracia, concebida como un sistema de contrapesos fue vaciada de contenido. Los procesos electorales subsisten, pero las decisiones fundamentales se toman en espacios dominados por corporaciones y élites financieras. La globalización y el neoliberalismo ampliaron la desigualdad, mientras los estados perdieron capacidad de regular y garantizar justicia social. La precarización laboral debilitó el sentido de pertenencia y la confianza en las instituciones, y la corrupción reforzó la percepción de que la democracia no funciona. La falta de credibilidad en los sistemas judiciales y legislativos erosiona la confianza ciudadana y abre espacio a los discursos populistas que prometen soluciones simples, rápidas y sin necesidad de esforzarse.
El fracaso educativo es otro eje central. La escuela se orientó hacia la capacitación técnica y utilitaria (muy importantes, por supuesto), dejando de lado la formación ética y cívica. Los sistemas educativos ignoraron que la libertad, la igualdad y la solidaridad son conquistas frágiles que se requiere reconocer y defender constantemente. Se obvió esta verdad de Perogrullo y las herramientas tecnológicas -radio, televisión, internet- se dejaron al arbitrio del interés particular. Su papel se redujo a entretener y adormecer, en vez de educar y empoderar. La ausencia de pedagogía ciudadana explica en gran medida por qué los valores ilustrados cedieron ante los poderes económicos y mediáticos.
La dimensión biológica añade otro capítulo a la explicación de nuestros problemas. Los seres humanos somos organismos y entes deseantes que buscamos pertenencia y placer. Nuestras decisiones las condicionan procesos neuroquímicos. La dopamina, combinada con el estrés y la ansiedad, genera ciclos de recompensa que atrapan al usuario en redes sociales y plataformas digitales. La necesidad de reconocimiento y comunidad se convierte en un mecanismo utilizado por los algoritmos, que refuerzan la dependencia y moldean la conducta. La educación ha olvidado enseñar que somos seres biológicos y que nuestras libertades están condicionadas por esa biología, lo que deja a los ciudadanos vulnerables a la manipulación de diversas tecnologías, como la que desarrollan las empresas de comida chatarra y embutidos.
La manipulación de los gustos y hábitos de consumo se observa con claridad en la industria alimentaria. Las grandes corporaciones han aprendido a diseñar productos que aprovechan los mecanismos biológicos de recompensa, combinando azúcares, sales y grasas trans en proporciones que maximizan la liberación de dopamina y generan dependencia. Esta “ingeniería del paladar” convierte a la comida chatarra en un producto adictivo, capaz de moldear conductas de consumo masivo y, a su vez, desplaza opciones saludables. El resultado es doble: por un lado, se favorece la acumulación de ganancias corporativas; y, por otro, se deteriora la salud pública que amplifica la sensación de malestar social, pues los ciudadanos quedan atrapados en un círculo de placer inmediato y consecuencias negativas a largo plazo. La lógica es la misma que en el diseño de algoritmos digitales: explotar la biología humana para asegurar consumo constante, sin tregua, debilitando la autonomía y la capacidad crítica de las personas.
Los desarrolladores tecnológicos diseñaron deliberadamente algoritmos para manipular y generar adicción. Este patrón se observa en el manifiesto de Alex Karp, director de Palantir, quien plantea que las corporaciones tecnológicas tienen una “deuda moral” con el Estado y deben participar en la defensa nacional, mediante la vigilancia masiva y militarización de la inteligencia artificial: “Silicon Valley debe reconocer que su prosperidad depende de la defensa de Occidente”. Esta visión convierte la tecnología en instrumento de poder duro, subordinando la política democrática a los intereses del complejo militar-tecnológico.
Yanis Varoufakis ha criticado esta ideología como el inicio de un nuevo orden: el tecno-feudalismo o “techlordism”. Sostiene que las corporaciones tecnológicas concentran poder y subordinan la democracia. Según Varoufakis, “Palantir no es solo una empresa de software, es el manifiesto de un nuevo régimen donde los algoritmos gobiernan”. Para él, Palantir verbaliza un proyecto de militarización y destrucción de la democracia, en el que los algoritmos diseñados para manipular y generar dependencia sustituyen a la deliberación ciudadana.
La concentración económica y tecnológica es también política. En Estados Unidos, el poder de las grandes corporaciones -desde Wall Street hasta Silicon Valley- ha capturado la política, debilitando la capacidad del Congreso y del sistema judicial para regularlas. La sentencia Citizens United v. FEC (2010) otorgó a las corporaciones derechos de gasto electoral similares a los de los individuos, ampliando su influencia política. En América Latina, la concentración económica se ha traducido en oligarquías empresariales que condicionan la política y perpetúan desigualdades históricas. En Europa, la crisis financiera de 2008 mostró cómo los bancos y los organismos supranacionales impusieron políticas de austeridad que vaciaron de contenido la soberanía popular, debilitando la confianza en la democracia y alimentando el auge de populismos tanto de derecha como de izquierda.
En el flanco izquierdo la cultura woke también ha contribuido al gran malestar social. Esta corriente, nacida de luchas legítimas contra la discriminación, ha derivado en una política de identidades que fragmenta el espacio público y erosiona la idea de ciudadanía universal. En lugar de fortalecer la igualdad de derechos, tiende a sustituir el principio liberal de individuos libres e iguales por el de grupos que reclaman privilegios o reconocimiento diferenciado. Francis Fukuyama advierte que este desplazamiento debilita la cohesión social y favorece la polarización, pues convierte la deliberación democrática en campo de batalla de agravios identitarios. El liberalismo político clásico, en cambio, garantiza un marco común de derechos universales, mientras que la propuesta woke inconsciente o deliberadamente vacía de contenido la noción de ciudadanía y abre la puerta a grupos iliberales.
En otras palabras, el malestar social contemporáneo no proviene de la obsolescencia de los valores ilustrados ni de la supuesta idiotez del ciudadano, sino de la convergencia de desigualdad estructural, precarización, corrupción, fracaso educativo y manipulación tecnológica deliberada. La crisis actual muestra que la libertad, la igualdad y la justicia no son conquistas definitivas, sino trincheras que deben defenderse continuamente frente a poderes económicos y tecnológicos que aprendieron a explotar tanto a las instituciones como a la biología humana. La tarea es doble: reformar la educación para formar ciudadanía crítica y regular el poder corporativo tecnológico, reconociendo que la democracia solo puede sostenerse si se enfrenta a las fuerzas que la socavan desde dentro y la vacían de contenido.
Si alguna lección pudiéramos obtener de esta polémica es que los valores de igualdad, libertad, fraternidad (solidaridad), están siempre en tensión porque son relativos, como observó Isaiah Berlin. Así, la crisis del liberalismo tiene su raíz en privilegiar uno de estos valores en menoscabo de los otros. Se ha primado a la libertad en detrimento de la igualdad y la solidaridad, coincidencia compartida por izquierdas y derechas. Con razón dice este pensador que la libertad absoluta de los lobos es la muerte del gallinero y que la igualdad total conduce al absolutismo. Este suceso ha erosionado la confianza y ha derivado en miedo, inseguridad y rechazo al diferente porque se ha menoscabado el sentido de pertenencia. El mal es sistémico y entenderlo de esa manera puede ser el principio para enfrentar el desafío que tenemos.
Fuentes consultadas
- Pérez-Reverte A. En guerra contra la Ilustración
- Varoufakis, Y. (2026). Palantir and the New Order: Neoliberalism is dead. Say hello to Techlordism.
- Van Tulleken Ch. (2024), La epidemia de los ultraprocesados
- Karp, A. (2020). Palantir Foundry Manifesto.
- Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs.
- Han, B.-C. (2017). Psicopolítica. Herder.
- Fukuyama F. El liberalismo y sus desencantados (2022)
- Harari, Y. N. (2015). Homo Deus: Breve historia del mañana. Debate.
- Castells, M. (2009). Comunicación y poder. Alianza Editorial.
- Supreme Court of the United States. Citizens United v. Federal Election Commission, 558 U.S. 310 (2010).
- Berlin I. Árbol que crece torcido (1997).