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Iberoamérica: de una historia compartida a un futuro de oportunidades
Opinión
En julio de 1991, Guadalajara, México, fue sede de la primera Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno. Aquella reunión, en la que participaron 21 países, marcó el inicio de un esfuerzo por convertir nuestra historia, lengua y cultura compartidas en un espacio de diálogo, cooperación y desarrollo. Treinta y cinco años después, la XXX Cumbre Iberoamericana, que se celebrará en Madrid los próximos 4 y 5 de noviembre, nos plantea un reto mayor: transformar esa cercanía histórica en crecimiento, inversión y oportunidades.
Ya sabemos qué nos une. Ahora debemos demostrar qué somos capaces de construir juntos.
A lo largo de estos años, la Comunidad Iberoamericana ha desarrollado una institucionalidad propia. En 2005 comenzó a funcionar la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), cuyo primer titular fue el uruguayo Enrique V. Iglesias, quien estuvo al frente hasta marzo de 2014. Le sucedió la costarricense Rebeca Grynspan, primera mujer en ocupar el cargo, cuyo mandato concluyó en septiembre de 2021. Desde febrero de 2022, la Secretaría está encabezada por el chileno Andrés Allamand. Tres etapas y tres responsables que han acompañado la evolución de un proyecto que busca dar continuidad y contenido a nuestra comunidad de naciones.
Hoy, los 22 países que integramos la Comunidad Iberoamericana —19 de América Latina y tres de Europa: España, Portugal y Andorra— sumamos cerca de 700 millones de habitantes, alrededor del 10% de la población mundial y conformamos, en conjunto, la tercera economía del planeta, con un PIB agregado cercano al 8.6% mundial. Se trata de una dimensión económica considerable. Sin embargo, el tamaño, por sí solo, no garantiza el éxito. Nuestra verdadera oportunidad está en conectar capacidades productivas, aprovechar complementariedades y generar nuevas oportunidades de comercio e inversión. Para conseguirlo necesitamos confianza, reglas claras y, sobre todo, una visión empresarial que trascienda nuestras fronteras.
México aporta una plataforma manufacturera integrada a América del Norte; Brasil, escala industrial y un importante mercado interno; España y Portugal, vínculos estratégicos con Europa. A ello se suman el potencial agroindustrial, los recursos energéticos, los servicios y el talento emprendedor del resto de América Latina. Tenemos capacidades que pueden complementarse y generar cadenas de valor más competitivas. La aplicación provisional del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur, así como la firma de los acuerdos que modernizan la relación comercial entre México y la Unión Europea, abren nuevas posibilidades para diversificar mercados y construir asociaciones productivas.
Pero este potencial no se materializará por sí solo. Necesitamos mecanismos de vinculación que permitan transformar las oportunidades en proyectos concretos. En ese sentido, el XVI Encuentro Empresarial Iberoamericano, que se celebra los días 3 y 4 de noviembre en el marco de las actividades de la Cumbre, representa un espacio privilegiado. Estos encuentros forman parte del proceso de Cumbres desde 2005 y se han consolidado como el principal espacio de diálogo entre el sector privado y los gobiernos iberoamericanos, permitiendo llevar directamente a los jefes de Estado y de Gobierno las propuestas y prioridades del empresariado.
El lema de este año, “Iberoamérica ante los desafíos de la economía global: fortalecer la colaboración público-privada”, expresa una responsabilidad compartida: pasar del diagnóstico a la ejecución. Desde el COMCE, como representante del sector empresarial mexicano, consideramos que esta agenda debe concentrarse en tres prioridades estratégicas.
La primera es facilitar el comercio y la inversión. Necesitamos simplificar los trámites aduaneros, mejorar la logística, dar certidumbre regulatoria y acercar información de mercados a nuestras empresas. Para una mipyme, estas condiciones pueden marcar la diferencia entre exportar por primera vez o permanecer al margen del comercio internacional. La integración comienza cuando vender en Bogotá, Lisboa o Santiago deja de representar una barrera y se convierte en una oportunidad real de crecimiento.
La segunda es acelerar una transformación digital incluyente. La Alianza Digital Iberoamericana debe encontrar en las empresas aliados para ampliar la capacitación, impulsar la adopción tecnológica y promover una inteligencia artificial responsable. El progreso no se mide por la cantidad de herramientas disponibles, sino por su capacidad para elevar la productividad, fortalecer la competitividad de las mipymes, crear empleos y cerrar brechas. Para ello también necesitamos estándares interoperables, ciberseguridad y acceso al financiamiento, evitando que la transformación digital amplíe las desigualdades entre empresas y países.
La tercera es movilizar inversión sostenible y desarrollar talento. La transición energética, la seguridad alimentaria, el uso responsable del agua y la prevención de desastres requieren inversión, innovación y cooperación. Pero también necesitamos técnicos, profesionistas e investigadores preparados para responder a las nuevas demandas de nuestras economías. Sin formación, capacitación y movilidad académica, las oportunidades que ofrecen las nuevas industrias quedarán incompletas.
También debemos aprovechar los mecanismos de integración que ya existen, como la Alianza del Pacífico, y fortalecer su vinculación con otros espacios de cooperación regional. No se trata de crear más estructuras, sino de lograr que las existentes trabajen mejor, se complementen y produzcan resultados para nuestras empresas. México tiene una posición estratégica para contribuir a ese acercamiento entre América Latina, América del Norte, Europa y Asia-Pacífico.