Lectura 4:00 min
Hablemos del amor
Opinión
Hace algunos años hubo un debate muy interesante sobre el “solo sí es sí”, en contraste con el “no, es no”. Me explico. En el terreno de los derechos de las mujeres, hemos ido aclarando a lo largo de las décadas que no somos propiedad de nadie. Recordará el lector, lectora, que no tiene tantos años que dejamos de necesitar permiso expreso de algún marido para sacar una cuenta de banco, trabajar o tener una propiedad.
En las últimas dos décadas, el avance en los derechos sexuales y reproductivos ha sido muy importante y se empezó a escuchar una frase cada vez más constante: no, es no. Es decir, si una muchacha te está diciendo que no quiere besos, significa que no quiere besos. Es decir, no significa que lo que pasa es que sí quiere pero se está haciendo la interesante y por eso la tienes que forzar, como bien nos lo contó la narrativa de las películas mexicanas de la época de oro. No, significa no, aunque la educación de la masculinidad tóxica y la machósfera, sostengan lo contrario. Pero en España, alrededor del caso de La Manada, se dio un cambio legislativo que apostaba por el “solo sí es sí”, es decir, no estamos obligadas a estar rechazando, más bien, solo si expresamente queremos, se da el consenso.
Y ahí es a donde quiero ir, a lo complejo que resulta reaprender sobre el consenso, cuando no se tienen reflexiones más profundas.
Ejemplos:
Un colaborador me hacía regalos constantemente. Yo sabía que sus regalos no tenían ninguna connotación sexual, si no era una forma de demostrarme respeto, sin embargo, me hacían sentir incómoda. Las primeras cinco veces, le dije un estandarizado: no necesitas regalarme nada, ya sé que lo haces con las mejores intenciones, pero de verdad no, gracias. Cuando los regalos continuaron y me encontré a mí misma apenada de tener que rechazarlos, me detuve un ratito a pensar por qué chihuahuas me sentía yo apenada de una situación que no estaba yo provocando. Como el colaborador era mi subalterno me senté a platicar con él con mucho cuidado y le dije: mira Facundo, no me estás escuchando cuando te digo que no quiero regalos y crees que mi no, no es en serio, porque a los hombres no los educan a gestionar el no. Pero mírame a los ojos y compréndeme bien: no quiero recibir regalos tuyos, me hacen sentir muy incómoda, y necesito que aprendas a escuchar el no, y a hacerle caso. Porque además si no recibes el no de tu jefa, significa que no recibes el no de ninguna mujer.
Ahora Facundo y yo tenemos grandes conversaciones sobre masculinidades tóxicas y otras tantas cosas profundas de la vida. Facundo es un buen tipo que no quiere ser un castroso, nunca quiso incomodarme y no quiere ser un machín, nomás que lo educaron para serlo.
Dada mi posición de poder y mis años, nunca me sentí amenazada y pude darme el tiempo de explicarle a un compañero desde mi lado más paciente y amoroso. Pero si la historia hubiera sido al revés, si el que me hiciera regalos no deseados fuera un jefe, pues la cosa no hubiera sido tan sencilla y muy probablemente estaría yo desempleada.
Me pareció importante, dado que empieza el mes del amor, que le empecemos a pensar en lo amoroso que resulta el sí. Cualquier persona que tenga tantita experiencia en el placer sexual sabe que las cosas mágicas no pasan por casualidad, pasan porque las personas involucradas se comunican, se ponen de acuerdo, dicen que no a lo que no les gusta y en el sí se dejan ir como hilo de media. La verdad es que el consenso es profundamente cachondo.
Y sí, cuando te dicen que no, no se siente bonito. De hecho es muy desagradable, pero pues ni modo. Mejor quedarse donde te dicen que sí, digo yo como mujer.