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La fuerza
Ezra Shabot | Línea directa
La utilización de la fuerza física en sus diferentes modalidades ha sido un instrumento fundamental para obtener aquello que no se consigue por la negociación política, y que convierte al ser humano en un lobo hobbesiano dispuesto a masacrar a millones de personas con la legitimidad de su poder inconmensurable. La denominada civilización occidental logró finalmente llegar a la conclusión de que los derechos individuales de los seres humanos eran inalienables y que la violencia fuera de los marcos legales no tenía cabida en el mundo moderno.
Durante el siglo XX dos guerras mundiales y los efectos de la Guerra Fría, hicieron pedazos esa aspiración liberal de renunciar a la fuerza a cambio de un Estado que garantizase la vida, la seguridad y la propiedad de los individuos. Dictaduras militares y regímenes totalitarios siguieron enalteciendo la violencia indiscriminada como una forma de mantener el orden en sus respectivas sociedades.
El derrumbe de la Unión Soviética y la creación de la Unión Europea, abrieron el camino para un modelo de integración económica y de reafirmación de la democracia como únicas salidas ante el nacionalismo excluyente y autoritario fascinado por la utilización de la fuerza. Sin embargo, la crisis económica de 2008, el Brexit y el triunfo de Trump en 2016, abrieron la puerta a un resurgimiento de las expresiones excluyentes y con ello el abandono de la política como mecanismo de convivencia universal.
Esa tendencia belicista llegó a su clímax en este 2026, cuando en medio de la guerra desatada por Putin contra Ucrania, y el cese de fuego entre Hamas e Israel en Gaza, el presidente norteamericano decidió que la utilización de la fuerza era la única manera de resolver los conflictos. Si de demostraciones de poder se trata, Trump está convencido que la superpotencia, con la enorme tecnología militar que posee, puede imponer condiciones a todos. A Rusia, a Ucrania, a Israel, a Venezuela y a todo aquel que no se alinee a sus intereses particulares.
Y esto incluye a su propio país. Los disturbios provocados por una política de represión indiscriminada contra migrantes ilegales, terminaron por provocar la muerte a dos personas a manos de policías migratorios (ICE) que actúan únicamente por instinto, sin profesionalismo y con prejuicios que se recrudecen con un arma en la mano. La irracionalidad de la violencia no tiene límites, y la violencia de estado sin la regulación que la ley le impone la convierte en un monstruo incontrolable.
“Uno puede hacer lo que quiera con las bayonetas menos sentarse sobre de ellas”, decía Napoleón en una alusión directa a la inutilidad de la fuerza de Estado que no va acompañada de la legitimidad que la sociedad le confiere a ese instrumento. Estamos regresando a las épocas donde el caudillo con las mejores armas puede determinar el futuro del planeta. Cuidado.