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Crisis de la República 2026 (2)
Lucía Melgar | Transmutaciones
La brutalidad de agentes militarizados de ICE contra la población estadounidense, so pretexto de detener a inmigrantes indocumentados con antecedentes criminales, ha cobrado ya la vida de nueve personas en un año. Este mes, Renée Good y Alex Pretti, ciudadanos blancos que actuaban como observadores, fueron ejecutados en plena calle y luego estigmatizados como “terroristas domésticos” por el gobierno y medios mentirosos, mientras sus verdugos quedan impunes. Good y Pretti formaban parte, con decenas de miles más, de un movimiento de protesta pacífica contra la política de la crueldad desencadenada en E.U. por una camarilla que pisotea todo límite legal o ético. Contra la barbarie oficial, manifestantes y organizaciones civiles defienden sus derechos, el derecho humano a no ser detenido (y violentado) arbitrariamente y el derecho a la libertad de expresión y reunión; defienden a la República.
Aunque más descarnado, el desprecio gubernamental a la legalidad (nacional e internacional) que ha provocado la indignación mundial y las protestas masivas en E.U. se asemeja al que inspiró las reflexiones de Arendt en Crisis de la República, donde defiende la desobediencia civil y explicita su lucida distinción entre violencia y poder. En “Sobre la desobediencia civil”, la filósofa explica que ésta puede darse cuando “un conjunto significativo de ciudadanos” se une en busca de cambios legales –que no ha logrado por otros medios– o cuando se opone a “modos de acción [gubernamental] cuya legitimidad y constitucionalidad están en duda”, como entonces la invasión a Camboya sin pedir permiso al Senado, los ataques a la libertad de expresión y “la ominosa referencia del vicepresidente a resistentes y disidentes como ‘zopilotes y parásitos’” a los que se podría descartar como manzanas podridas. Hoy podríamos mencionar la intervención en Venezuela, la represión contra manifestantes y la criminalización de la disidencia y la otredad por parte del gobierno.
Aunque la resistencia actual no ha recurrido directamente a la desobediencia civil, que implica transgredir la ley, puede compararse con ésta en sus fines y métodos. Es un movimiento pacífico para preservar la Constitución, los derechos de los estados y los derechos civiles. La importancia de este movimiento, como el de la desobediencia civil, es que une a personas “con posturas comunes”, que “expresan la misma opinión”, que constituyen minorías importantes “no sólo por su número sino por la calidad de su opinión” y que recurren a medios pacíficos para disentir. Considerar a estas minorías “rebeldes” o “traidoras” (o “terroristas”) es contrario al espíritu de la Constitución, afirma Arendt, y a la verdad, podríamos añadir.
El valor de la desobediencia civil no estriba sólo en la búsqueda de cambios positivos por la vía pacífica, es, para la filósofa, una forma de acción colectiva que reivindica la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos ante la crisis de representatividad a través del gobierno, los partidos y las instituciones. La considera incluso como una nueva forma de la “asociación voluntaria” tan valorada por Toqueville, que constituye “un remedio contra las fallas de las instituciones”, permite confiar en otros y enfrentar “la incertidumbre del futuro”.
En tanto la resistencia ciudadana se enfrenta hoy a un régimen que parece empeñado en provocar una reacción violenta para imponer un estado de excepción bajo el Acta de Insurrección, es importante destacar el valor de la acción colectiva y de la no violencia como manifestaciones de la mesura y la valentía de una ciudadanía que rechaza el imperio de la fuerza. Esa capacidad de actuar en conjunto es lo que Arendt considera poder, un poder que puede crear algo nuevo y un mundo mejor. El poder como dominación y la violencia, en cambio, sólo pueden destruir y empeorar el mundo.
Quienes hoy pretenden dominar por el terror están condenados al fracaso: después de atacar a sus “enemigos”, los estados policiacos/totalitarios acaban por devorar a sus hacedores y cómplices. Entonces “también desaparece el poder”.