Lectura 6:00 min
Adolescencia: habitar el cambio
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
Hace unas semanas llegó a mi consultorio un adolescente acompañado por sus padres. Ellos venían preocupados.
—Está raro —me dijeron—. Discute todo, habla de cosas inapropiadas y con un lenguaje extraño. Se encierra, se enoja, parece confundido.
Al chico, en cambio, yo lo veía muy tranquilo, sin síntomas psiquiátricos mayores. Dormía relativamente bien, asistía a la escuela, contaba con un grupo de amigos y no consumía sustancias. Lo que tenía eran preguntas. Preguntas profundas, incómodas, legítimas.
—¿Por qué todo está tan sexualizado?
—¿Por qué mi cuerpo cambia tan rápido?
—¿Por qué el mundo parece tan violento y tan falso en redes sociales?
Lo que para los padres representaba una gran crisis, para mí era un caso típico de adolescencia. Un periodo de adaptación, de reconfiguración, de búsqueda. No una enfermedad.
Hablar de salud mental en adolescentes es necesario. Pero al hacerlo, debemos ser cuidadosos de no patologizar una etapa que, por su propia naturaleza, es intensa.
¿Qué es la adolescencia?
Durante años hablamos de la adolescencia como una etapa que iba de los 12 a los 18 años. Sin embargo, hoy sabemos que este periodo se extiende aproximadamente de los 10 a los 24 años, en coherencia con los cambios biológicos, cerebrales y sociales que vivimos actualmente.
No es que los jóvenes “maduren más tarde”. El mundo es el que cambió. Hoy hay más años de escolaridad, mayor dependencia económica, hiperconectividad digital y un entorno social mucho más complejo.
El cerebro adolescente está en plena transformación. Durante esta etapa ocurre una intensa poda sináptica: el cerebro elimina conexiones que ya no necesita y fortalece otras para volverse más eficiente. Al mismo tiempo, aumenta la conectividad neuronal (materia blanca), lo que mejora la velocidad de procesamiento.
Aquí aparece un fenómeno clave, descrito por investigadores como Laurence Steinberg y Sarah-Jayne Blakemore: el cerebro emocional y de recompensa madura antes que la corteza prefrontal, encargada de la regulación, la planeación y el control de impulsos. Esto se traduce en emociones intensas, búsqueda de experiencias novedosas y una sensibilidad extrema a la opinión de los demás.
Además, la adolescencia es la gran etapa del cerebro social. Pertenecer importa, y mucho. El rechazo duele más, la vergüenza se amplifica y la comparación se vuelve constante. Hoy esa comparación ya no ocurre solo en el salón de clases, sino frente a millones de cuerpos, vidas y narrativas filtradas por algoritmos.
Los cambios no son solo cerebrales. El cuerpo también entra en una metamorfosis acelerada que incrementa la masa muscular, redistribuye la grasa, modifica las hormonas, despierta la sexualidad y altera el sistema inmune y los ritmos de sueño.
Todo esto impacta el estado de ánimo, la imagen corporal, el apetito, el deseo y la manera de habitar el mundo. Por eso, durante la adolescencia, el cerebro vive en una negociación constante con un cuerpo que cambia a gran velocidad.
El mundo que les tocó habitar
Para los adolescentes del siglo XXI, a esta revolución interna se suma un contexto externo especialmente desafiante: hipersexualización, redes sociales, ansiedad climática, violencia normalizada, pérdida de comunidad y ausencia de rituales de paso claros forman parte del paisaje cotidiano.
No es casualidad que observemos un aumento del malestar emocional. Datos de UNICEF indican que aproximadamente uno de cada siete adolescentes vive con algún trastorno mental. La Organización Mundial de la Salud señala además que el suicidio figura entre las principales causas de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. En México, cifras recientes del INEGI muestran que este mismo grupo concentra una de las tasas más altas de suicidio, con diferencias marcadas entre hombres y mujeres. Estos datos recuerdan algo esencial. Escuchar a los adolescentes es una de las estrategias de prevención más relevantes.
Aquí es donde la psiquiatría integrativa adquiere verdadero sentido. Acompañar la adolescencia implica ofrecer seguridad, escucha y regulación emocional, no etiquetar ni intervenir de forma automática.
Como psiquiatra y también como madre de un joven de 13 años, esta etapa me atraviesa de manera personal. Me preocupa, sí. Pero sobre todo me ocupa. He aprendido que acompañar no siempre significa actuar. Muchas veces consiste en estar presentes sin juicio, escuchar sin corregir de inmediato y cuidar el hilo de la comunicación para que no se rompa.
Acompañar también implica permitir que nuestros hijos cuenten con otros espacios seguros, como la terapia, los amigos, la escuela, los maestros, líderes o mentores. Adultos confiables con quienes puedan hablar de sí mismos, de su cuerpo, de sus dudas y de sus miedos.
Claves integrativas para acompañar la adolescencia
Acompañar la adolescencia implica crear condiciones de sostén para un momento vital intenso, cambiante y, muchas veces, confuso. Estas claves son algunos puntos de apoyo para favorecer un desarrollo más sano y con menos soledad:
1. Sueño. Dormir es salud mental. El reloj biológico de los adolescentes está desplazado, por lo que forzar horarios imposibles suele generar más desgaste que beneficio.
2. Alimentación. Los adolescentes necesitan proteína y micronutrientes. En la medida de lo posible, conviene alejarlos de los ultraprocesados.
3. Movimiento. El ejercicio regula emociones. También construye identidad y sentido de pertenencia.
4. Conexión. Cada adolescente necesita al menos un adulto seguro y una tribu sana.
5. Higiene digital. Es fundamental establecer límites dialogados, no punitivos, y ofrecer alfabetización digital real.
6. Sentido. El adolescente, como los adultos, necesita propósito, contacto con la naturaleza, arte y una dimensión espiritual sin imposición.
Y, por supuesto, reconocer banderas rojas: autolesiones, ideación suicida, aislamiento profundo, consumo problemático, desesperanza persistente. En esos casos, pedir ayuda especializada no es opcional.
La adolescencia es una reconfiguración profunda del cerebro, del cuerpo y de la identidad, vivida en un mundo que no siempre ofrece contención. Escuchar, acompañar y sostener este proceso puede marcar la diferencia entre un joven que se siente perdido y uno que aprende a habitar su complejidad.
Porque, muchas veces, lo que necesitan no es que les quitemos las preguntas, sino que les enseñemos a vivir con ellas sin miedo.
Me encantaría conocer tus dudas o experiencias relacionadas con este tema. Sigamos dialogando; puedes escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram en @dra.carmenamezcua.