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Zedillo, ahora sí, sabe cómo hacerlo
Enrique Campos Suárez
El primer mensaje que mandó ayer Ernesto Zedillo fue no verbal. El simple hecho de que pueda este expresidente pararse en un evento público, en México, compartiendo el foro con Felipe Calderón, es un valor que no todos los exmandatarios pueden.
De hecho, es el único de los exjefes del Ejecutivo que hoy puede presentarse públicamente con relativa tranquilidad. Echeverría, recién exonerado; De la Madrid, apenas desahuciado; Salinas, siempre odiado; Fox, el panista despreciado.
Es cierto que las pulgas se le están cargando al perro flaco de Salinas. Pero de ahí a que ahora el doctor Zedillo venga a darnos clases de cómo manejar una crisis, hay una gran diferencia.
El Director del Centro para Estudios de la Globalización de la Universidad de Yale, le dijo a los aseguradores en su convención que lo que se ha hecho se hizo mal y lo que hay que hacer es antipopular.
No es que no sea cierto que se tomó a la ligera, y de forma irresponsable, la estimación sobre el impacto de la crisis hipotecaria de Estados Unidos en México. Si le rascamos al diagnóstico inicial del catarrito , le podríamos sacar muchas fallas al proceso de preparación para la tormenta.
El problema es que Ernesto Zedillo Ponce de León se estrenó en el cargo de Presidente de México cometiendo novatadas fatales para el país.
La discusión sobre las responsabilidades de la crisis del invierno del 94-95 es histórica.
Desde la eficiente comunicación que tenía Salinas de Gortari se logró acreditar en la sociedad el término del error de diciembre, en clara alusión al inicio de la administración de Ernesto Zedillo.
Pero, claro, desde el poder se puede más que desde la huelga de hambre. Rápido se documentó cómo el gobierno de Salinas había financiado proyectos de largo plazo con deuda, en dólares, de corto plazo. Vamos, la fórmula de una crisis segura.
Pero cualquiera que haya tenido un poco de información en aquella época, recuerda el manejo torpe de la crisis del entonces Secretario de Hacienda, Jaime José Serra Puche. La cita en Los Pinos para anunciar la futura devaluación y enterar a los mercados de Nueva York de la crisis por la tele.
Zedillo pudo operar un cambio fiscal incompleto, pero impopular cuando regresó el IVA de 10 a 15 por ciento. No se atrevió o no pudo homologar la tasa, pero logró ese cambio. El pararrayos de la operación se llama Humberto Roque Villanueva, a quien Zedillo le debe mucho.
Lo que no pudo este expresidente fue llevar a cabo una reforma energética. No pudo convencer a la oposición, esencialmente a los panistas, de aprobar algo que incluso estaba en los estatutos de los testarudos y hoy arrepentidos blanquiazules.
Sin embargo, digamos que hoy Ernesto Zedillo es un hombre con mucha experiencia, con un gran manejo de información y con mucho conocimiento de México, como para dar buenos consejos. El problema es que hoy su voz no se escucha.
Es impecable la descripción que hace del problema, el diagnóstico es acertado y la medicina, amarga, pero sin duda efectiva. Pero hay que sumar su análisis al que hace la OCDE, el FMI, los analistas, en fin a todos los que han advertido los peligros de que México mantenga ese camino mediocre de las no reformas.
Puede que a este expresidente sí le hagan caso sus nietos, pero en la política mexicana no creo que su voz tenga peso entre los priístas. Los panistas podrían darle la razón, pero no cuentan. Y los perredistas, le coquetean, pero sólo en lo oscurito.
Hoy los priístas con poder de decisión están ocupados en sus calenturas de 40 grados. Como el siempre impredecible Manlio Fabio Beltrones, que ahora sale con la histeria (perdón) historia de que las medidas sanitarias fueron innecesarias y sólo provocaron mayor recesión. O sea, más antimexicano que un chino.
Porque Zedillo tuvo su oportunidad hace muchos años. Hoy pues hoy sólo cobra millones por sus conferencias.
La gran depresión