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Opinión

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Versallesca fronda

Hace unos días llegó el turno de visitar el salón de clases de mi retoño. La maestra explicaba: “las lombrices son uno de los animales más importantes para que perdure la vida y, sin embargo, no vemos su trabajo, porque lo hacen bajo tierra”. Pensé en todos los trabajos que no vemos. Las ciudades funcionan, en buena medida, gracias a esos trabajos invisibles ¿cuántas horas de trabajo hay detrás del agua que sale del grifo o de la electricidad que permite encender nuestras computadoras? Serán muchas.

Los árboles urbanos, qué duda cabe, también trabajan a escondidas para nosotros. Si bien notamos (y muchos admiramos) sus troncos enjundiosos y su forma de agarrarse del cielo, o el concierto de sus hojas y ramas cuando las agita el viento, más difícil es distinguir los beneficios de sus frondas bien extendidas, de sus raíces, y de los procesos químicos que llevan a cabo. Déjenme enumerar algunas de sus funciones positivas, las tomo de un texto del biólogo malagueño Ernesto Fernández Sanmartín: la sombra que nos regalan baja la temperatura del ambiente, que llega a ser hasta 20 por ciento más baja que donde pega el sol sin obstáculos. Las hojas evitan que los rayos solares calienten edificios, banquetas y calles, que están hechos de materiales que irradian hasta el 90 por ciento de la energía que reciben. Además, los árboles producen un fenómeno que se llama evapotranspiración: el agua que absorben sus raíces se evapora en las hojas. Resulta que para subir la temperatura del agua los árboles consumen energía calorífica del aire, lo que baja la del ambiente que los circunda; esto se nota claramente en jardines y bosques. Los árboles, además, reducen la proporción atmosférica de CO2. Un metro cuadrado de hojas de árbol absorbe 2.500 microgramos de monóxido de carbono por hora. Los árboles interceptan partículas de polvo que con la lluvia sedimentan el suelo. En una calle con árboles hay de 1,000 a 3,000 partículas de polvo por litro de aire. En una sin árboles hay de 10,000 a 12,000. Por último, y seguro que no hago una lista exhaustiva del beneficio de los árboles, estos gigantes verdes, cuando están bien tupidos, pueden llegar a reducir el ruido urbano hasta 20 decibeles.

Y pese a todo ese trabajo invisible que hacen los árboles en beneficio nuestro, algunos ilustres conciudadanos los podan con formas versallescas, cuando todos conocemos la máxima de que lo que se ve bien en Versalles se queda en Versalles. En la colonia donde vivo, que es bastante arbolada, los días de sol los viandantes padecemos una esquina donde, súbitamente, se termina la sombra. Los encargados, los dueños, o quién sabe quién, de un par de locales donde se trafican ángeles, podan los árboles que sobreviven (algún tocón se alcanza a ver frente a la puerta de uno de los locales) con forma de querubines que, claro, por plumas llevan hojas. En contraesquina hay una escuela frente a la cual tres tristes tocones le muestran a los niños el árido futuro que les espera. Irónicamente, el centro de enseñanza se llama “Arbor”.  Sobre Insurgentes, a la altura del World Trade Center y frente al Parque Hundido, nos topamos otra vez con esa tentación de jardinero francés que tanto inunda el espíritu de los nuestros. Habría que regular, si no es que ya lo está, la práctica de la poda artística.

Algún lector defenderá que cada quien haga de su árbol un papalote. Lo cierto es que los metros cuadrados de hojas y las frondas tupidas son relevantes. Un árbol con forma de ángel elevará muchos los espíritus pero da menos sombra y tiene menos hojas para hacer fotosíntesis. No tenemos piel de lombrices, pero el calentamiento global nos va a achicharrar a todos como gusanos, y seremos recordados como seres anillados que se pavoneaban de imitar Versalles.

@munozoliveira

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