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Roberto Bolaño, el detective perdido en Latinoamérica
Foto: Especial
El 15 de julio de 2003 el escritor Roberto Bolaño dejó este mundo en un hospital en Barcelona, a la espera de un trasplante de hígado que nunca llegó. Apenas cinco años atrás había alcanzado proyección internacional tras la publicación de “Los detectives salvajes” y estaba corrigiendo la monumental “2666”, novela que es cinco novelas y que dialoga con la primera en temas como la violencia, la búsqueda frenética de escritores misteriosos, casi fantasmas; la literatura como personaje, la historia dentro de la historia, los desiertos del norte de México, siempre el norte.
Murió un día antes que Celia Cruz y, al igual que la gran intérprete cubana, que salió de La Habana rumbo al exilio en Estados Unidos en 1960 para no volver jamás, Bolaño había llegado a Barcelona en 1977 para luego instalarse en Blanes, en una suerte de autoexilio literario. Ya no regresaría a México, país al que había llegado con sus padres y su hermana en el convulso 1968; vivió en la colonia Guadalupe Tepeyac y al poco tiempo abandonó los estudios para perseguir el sueño de las letras.
Es probable que pensara que lo había vivido todo en Latinoamérica; él mismo se asumía como un escritor latinoamericano. Estuvo en Chile posterior al golpe de Estado de 1973, donde salvó la vida por una casualidad. Después, en México recorrió las calles y deambuló por las cantinas, bares y plazas públicas, donde se gestó el infrarrealismo, movimiento poético del que después se distanció.
A dos décadas de su muerte continúan editándose obras póstumas, y todo parece indicar que hay un puñado de textos inéditos de entre sus archivos a publicarse en los próximos años. A este ejercicio de arqueología personal que han acometido su familia y editores le debemos títulos como “El espíritu de la ciencia ficción”, “Sepulcros de vaqueros” y la enigmática y bella “Los sinsabores del verdadero policía”, ligada con la mencionada “2666”, con la que comparte algunos personajes como Amalfitano y el escritor-tótem Benno von Archimboldi, que acecha veladamente en cada una de sus páginas.
La influencia de Bolaño sigue permeando en los nuevos autores, incluso ahora en los de la generación Y: ejemplo reciente es “La más recóndita memoria de los hombres”, Premio Goncourt 2021, del escritor senegalés en lengua francesa Mohamed Mbougar Sarr (1990), editada por Anagrama en español, y cuyo título es de hecho parte de un fragmento de “Los detectives…”. En ella, el protagonista se embarca en la búsqueda del escritor T. C. Elimane, al que llaman el “Rimbaud negro”, quien tiene mucho del mencionado Archimboldi.
Se ha dicho de Bolaño que su estilo encierra una ternura secreta pero feroz al plasmar personajes y lugares. Su antiguo editor en Anagrama y gran amigo Jorge Herralde pronunció un discurso en su funeral laico, al día siguiente de su partida, que se recoge en el volumen “Bolaño salvaje” (Candaya, 2013) donde se refirió a él como “… un desesperado escribiendo para desesperados, pese a las advertencias del pragmático sentido común.”.
Uno de sus distintivos es la forma en que transcurre el tiempo en sus obras, donde pasado y futuro parecen perder la lógica lineal hasta hacer sentir al lector a la deriva. Algunos sucesos que ocurren en el siglo XX parecen mirar hacia un futuro improbable.
En “Los detectives…” se menciona el tremebundo año “Dos mil seiscientos y pico” por la poeta desaparecida Cesárea Tinajero, de esa novela. Ulises Lima, personaje basado en el gran amigo de Bolaño, el poeta Mario Santiago Papasquiaro (fallecido meses antes de la publicación de la novela), asegura nostálgico que los actuales real visceralistas ─inspirados en los infrarrealistas, pero también en el estridentismo de los años 20 del siglo pasado─ caminan hacia atrás, “de espaldas, mirando un punto pero alejándonos de él, en línea recta hacia lo desconocido”. ¿Están huyendo del fatídico 2666 hacia la nada?
En el tríptico poético “Tres” (Acantilado, 2000), en la última parte, “Un paseo por la literatura”, hay poemas en prosa que dibujan el apocalipsis: “Soñé que la Tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka”.
¿Sabía Bolaño que le hablaba, plantado en el siglo XX y principios del XXI, a lectores del futuro? A dos décadas de distancia todo parece indicar que sí, y que más generaciones de lectores por venir seguirán la pista de este detective latinoamericano perdido entre las páginas de uno de los proyectos literarios en español más originales, comprometidos y revolucionarios de los últimos años.