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Plan nacional de Utopía
El presidente López Obrador padece de solipsismo. Esa patología consiste en creer que por el simple hecho de pensar las cosas, éstas van a ocurrir. Esto es lo que refleja el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024. Es un documento muy deficiente. Destaco tan sólo algunas generalidades. El plan consta de dos partes: la primera, de contenido político y la segunda, que pretende ser programática con algunas metas específicas medibles. Sus contenidos reflejan dos partes inconexas: el rumor es que la primera la redactó directamente López Obrador con personajes de su primer círculo y la segunda la coordinó el secretario Urzúa. Pero al parecer este último no sabía que el presidente iba a anteponer, a última hora, su texto de 64 páginas al plan.
Dicha primera parte es un texto cargado de ideología que dedica varias páginas a denostar lo que ya sabemos que es la retórica del presidente: “36 años de neoliberalismo que llevaron al país a la ruina total”. Los 12 principios rectores del inicio son la justificación para proponer un “cambio de paradigma, ahora sí el plan emana del pueblo y no de los dictados extranjeros impuestos por el Consenso de Washington”. ¿Sí? Su cambio de paradigma es aspiracional sustentado en mayor intervencionismo estatal y sus proyectos de infraestructura “insignia”: Santa Lucía, Dos Bocas, Transístmico y Tren Maya. Pero no hay estrategia integral. Un plan debería ser un conjunto de políticas públicas para lograr metas. Pero este texto es una plataforma de campaña, no una estrategia coherente de gobierno.
El último apartado, “Visión del 2024”, es la descripción del nirvana que nos espera. Utopía total porque son buenos deseos con los que difícilmente alguien estaría en desacuerdo. Pero no nos dice cómo vamos a llegar a ese estadio de bienestar. Su meta de crecimiento es 6% en el 2024 para promediar 4% en el sexenio. ¿Cómo? Si con optimismo pensamos que la economía crecerá este año 1.5%, entonces para lograr su meta promedio, la expansión necesaria sería 2.6, 3.6, 4.6, 5.7 y 6% en los siguientes cinco años. Luce imposible.
La segunda parte, de más de 200 hojas, pretende ser más “técnica” y establece algunas metas con sus respectivos indicadores de éxito. Pero hay contradicciones y metas poco ambiciosas. Por ejemplo, plantea reducir la informalidad de una tasa de 56.7% en el 2018 a tan sólo 55.3% en el 2024. Por otro lado, no establece un objetivo para el superávit primario que es el ancla de las finanzas públicas. Llama la atención que el tema pensionario está totalmente ausente. No reconoce que la situación actual llevará a los pensionados a una vejez en pobreza. Ni una mención a políticas para mejorar la cobertura y las tasas de remplazo. En el plan no existe el problema de las pensiones.
En conclusión, el plan no es una brújula para la navegación del quehacer gubernamental. Son buenos deseos, pero ni un solipsismo colectivo va a llevar a la materialización de un país mejor.