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Opinión

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Las falsas certezas

Una estimación reciente del Centro de Investigación de Fraudes de la Universidad de Stanford, revela que cada año los estadounidenses son estafados por 50 mil millones de dólares. Este número considera dinero esquilmado por estafadores profesionales de todo el mundo aprovechándose de la ingenuidad y conectividad del estadounidense.

El estudio, fue citado por la revista The Atlantic en un artículo de Maria Konnikova, autora de The Confidence Game: Why we fall for it; para recuperar investigaciones y propuestas tecnológicas enfocadas en métodos innovadores para protegernos.

El artículo va acompañado de una simpática línea temporal sobre el fraude, que se remonta a los griegos, 300 AC, donde se documentó el primer intento de fraude de la historia: Un mercader que intentó hundir su barco para cobrar el seguro.

El fraude en el arte se remonta a 1496 en que Miguel Ángel falsificó una escultura de Cupido para vendérsela a un Cardenal. En 1995 uno de los grandes falsificadores de la era moderna, John Myatt, fue arrestado en Inglaterra después de hacer pasar por buenas casi 200 pinturas de maestros impresionistas. Myatt ahora conduce un programa en la televisión británica donde en cada episodio pinta el retrato de alguna celebridad con el estilo de un maestro antiguo.

Una de las primeras herramientas sugeridas por The Atlantic surge de los famosos correos electrónicos de dignatarios africanos dispuestos a hacernos llegar fortunas inmensas. Una estafa que nació en Nigeria y mereció un espléndido episodio de la serie Cybercrimes de la BBC.

La propuesta es un filtro de correo basura que identifica patrones narrativos que incluyen afirmaciones de sorpresa, menciones de dinero y llamadas a actuar. Elementos presentes en todas las variantes de este tipo de correos. La idea de la empresa, es pasar de ahí a revisar interacciones en redes sociales o sitios de citas amorosas, analizando el lenguaje natural en busca de patrones repetitivos para prevenir a sus clientes antes del desembolso trágico.

Otra idea son filtros de verdad que buscan afirmaciones falsas en redes sociales para prevenir se lucre con desinformación. Se menciona el caso de un estafador que a través de filtrar rumores falsos de una empresa, consiguió utilidades en la bolsa. La universidad de Sheffield en el Reino Unido encabeza un proyecto para examinar información colocada en redes sociales con vistas a identificar rumores y calcular su veracidad basándose solamente en su semántica.

Su plan es que un análisis superficial del lenguaje de un tuit, por ejemplo, sea suficiente para etiquetarlo como especulación, controversia, mala información o desinformación.

Buena suerte con eso.

Hay dos propuestas más inquietantes. La primera, una suerte de software en teléfonos móviles que siempre esté escuchando nuestras interacciones, para interrumpir de pronto con un mensaje o una alarma: Aléjate, ese individuo es fraudulento . Partiendo sólo de su voz, lo que dice y cómo lo dice. La herramienta es inquietante por partida doble: primero porque implica renunciar a toda privacidad en pos de la seguridad ofrecida por la empresa para detectar maleantes que nos quieren vender un boleto de una rifa, pedirnos dinero para su mamá enferma o comprar el pasaje. Sin embargo, la tecnología puede ir tan lejos que después sea posible imaginar otras aplicaciones: tu marido te engaña , nunca te ha amado , basadas en otros patrones linguísticos.

El artículo concluye con una investigación de científicos de la Universidad de Pennsylvania que afirman haber identificado los patrones neuronales únicos de los mentirosos. De tal manera que basta un escaneo del cerebro de un sujeto para saber si está diciendo la verdad. Su método es más eficaz que un simple detector de mentiras ( un tris más invasivo y costoso que la prueba para replicantes de Blade Runner). Sin embargo, aclaran, su efectividad se reduce si las preguntas del interrogatorio son ambiguas o poco claras.

Detrás de estos estudios y propuestas está la creencia de que de alguna manera la raza humana contemporánea ha evolucionado sus instintos autoprotectores en menor grado que los instintos depredadores de los demás. Que sólo mediante sofisticadas aplicaciones tecnológicas conseguiremos estar a salvo de ser robados y lastimados por los malos del mundo.

¿Merece ser salvado alguien que está dispuesto a pagar 500 dólares para recibir el premio que se ganó en la lotería de internet o es la nueva cara de aquellos que compran terrenos en la luna y que se toman cualquier remedio que brinde la esperanza, que no certeza, de curarnos de los males que acompañan la vida?

Un chiste famoso de Woody Allen afirmaba que no querría pertenecer a un club que aceptara personas como él como miembros. ¿Somos tan crédulos que aspiramos a ser protegidos de nuestra ingenuidad por tecnologías que nos piden la misma credulidad?

Twitter @rgarciamainou

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