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Opinión

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La reduflación en el arte, la cultura y el entretenimiento

En las últimas décadas del siglo pasado solíamos tener encuentros con la escritura, la lectura, la educación, la información, la comunicación, las imágenes y el entretenimiento por separado. El presente siglo cambió el orden ilustrado en que realizábamos estas actividades. La tecnología modificó el arco narrativo de todos los campos de nuestra existencia. Hoy consumimos cada una de las actividades señaladas al mismo tiempo y generalmente en la prótesis que hemos implantado en nuestras manos. De tal modo que, al enfrentarnos ahora a la cultura, a la educación, a la información, a las imágenes, a la lectura y al entretenimiento de golpe y por el mismo medio, algo recibimos y procesamos mal. Pero seguimos siendo funcionales. Terminó por fascinarnos la potenciación de lo dinámico, esta nueva velocidad, el vivir con esa sobrecarga de rol que genera. Vamos como el hombre de las multitudes de Edgar Allan Poe, hacia ninguna parte, extraviados, buscando tener más tiempo pero angustiados por no saber emplearlo. 

Existe en la economía de mercado una práctica común llamada reduflación, mediante la cual las empresas dan menos cantidad en los productos por el mismo precio. La escalada inflacionaria las impulsa a buscar este tipo de fórmulas para disimular el encarecimiento de los productos. Es así que vemos bolsas de botanas, frituras, café, bebidas enlatadas y una gran cantidad de productos más que busca disimular el encarecimiento y seguir en el mercado.

Dense tiempo y vean los productos que consumen, tanto en casa como en restaurantes, y verán esta tendencia a poner menos cantidad de la habitual sin alterar el precio. Esto por lo general pasa desapercibida para quienes no estamos tan pendientes del contenido y las cantidades como del precio. Ahora bien, es importante señalar que es una práctica legal por lo menos en Europa y América Latina, siempre que las empresas reflejen la nueva cantidad en los envases y envolturas.

En el arte, la cultura y el entretenimiento también tenemos reduflación en los productos, bienes y servicios que promueven. En este caso el fenómeno se da con la participación de los tres agentes involucrados: el marcateniente comercial, el creador de contenidos y el consumidor de los mismos. He visto de cerca cómo se producen las cabeceras de exitosas series televisivas, los millones de dólares que cuesta hacerlas, el arte que hay en ellas, el gran despliegue tecnológico que emplean ¿y para qué? Se han dejado de ver desde que existe la opción en las plataformas de omitir la introducción. Un modelo que no quiere poner en riesgo la producción debido a la escasa atención que tiene hoy el consumidor cultural.

He hablado con compositores, músicos y arreglistas porque, debido al modelo impuesto por el marcateniente Spotify, se han visto en la necesidad comercial de modificar la hechura y composición de las canciones. Están eliminando las introducciones, porque la gente no tiene el tiempo ni la paciencia de escuchar y robar unos segundos al modelo.

En los museos se padece también este vicio nuevo de la velocidad (así descrito por Paul Morand). Las instituciones museísticas ya no explican, se limitan ahora a mostrar y a recrear los hemisferios, lo mismo que las instituciones educativas. En los videos musicales tenemos la misma tendencia, el espacio cerrado y las pantallas verdes han matado la naturaleza de las locaciones. No hay más que ver el último video promocional de Fito Paez con Ángela Aguilar. Caray, con lo que fue Fito en este terreno. Y qué decir de la industria editorial, donde los libros de autoayuda y autoengaño, esa literatura de evasión y el efímero fenómeno de los Book Tubers, son la muestra fehaciente de este vértigo sensorial en que vivimos. De este aligeramiento efectista de contenidos, de esta falta de tiempo para el consumo artístico y cultural, de ese apesadumbrado modo on live en que convivimos (permanentemente conectados). Por si fuera poco, llegó la IA haciendo creer a todo mundo que pueden ser prosumidores y produsuarios. Muchos se sienten creadores de canciones, ensayos, libros, guiones etc., lo que aún no saben es que están parados en un mar de verdaderas creaciones protegidas por el derecho de autor. Propiedad intelectual, le llaman. 

Si bien la inflación se origina por cambios en variables fundamentales de la economía, que aumentan la demanda o deterioran la oferta, y de ahí el incremento en los precios y estrategias como la reduflación, la reduflación cultural a la que me refiero, no se da por una inflación económica, sino por una inflación tecnológica. Por una potenciación de lo emotivo, por el flujo incesante de contenidos, por la imposición del dinamismo en la industria audiovisual, por la exaltación de la velocidad y una cultura que exacerba el cambio por el cambio.

Estamos ante la difusión vertical de los gustos de la que hablaba Bourdieu. Solo que ahora desde la predicción algorítmica de nuestros comportamientos. Los marcatenientes nos tienen perfilados. Saben de nuestra escasez de tiempo y nuestro lamentable deseo de lo nuevo por encima de lo bueno que fomenta el viejo imperativo del cineasta John Carpentier: Hagas lo que hagas, haz que se mueva. Crear, hay que decirlo, requiere tiempo, dedicación, disciplina, experiencias de vida, creatividad y, por supuesto, talento. Ver la cultura como un estimulante, en términos de Bauman, y no como el relajante que nos viene a vender la IA.

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