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Farma, una industria de alto riesgo
Salud y negocios. Por: Maribel R. Coronel
Quién puede dudar que los héroes de esta emergencia mundial -aparte de la estoica comunidad médica por supuesto- son dos: Tamiflú (oseltamivir) y Relenza (zanamivir). No son los únicos antivirales que existen (hay otros, incluso genéricos), pero sí los únicos que demostraron superioridad frente a sus contrapartes para tratar el nuevo virus.
¿Por qué no funcionaron otros antivirales igualmente eficaces para la influenza común como la Amantadina producido por Pfizer y la Ribavirina fabricado por Schering Plough? (ambos laboratorios de origen estadunidense). No se sabe a ciencia cierta. Hay mucho aún por investigar en materia de salud.
Lo que sí es que los dueños de los exitosos antivirales -los súper multicitados Roche, de origen suizo, y Glaxo, de origen inglés- no deben caber de orgullo. Pero, claro, también de preocupación porque es claro el riesgo de perder la patente en un caso de emergencia; se ha visto muy cercano y pareció alejarse. Por el momento.
Tan es probable que Roche y Glaxo obtengan elevadas ganancias por sus medicamentos hoy antiepidémicos, como que puedan derivar en cuantiosas pérdidas al eliminarse la exclusividad de venta que les da la patente de sus medicamentos, sin cumplir aún el periodo de 20 años, porque van a la mitad de ese lapso.
Pero ése y otros riesgos viven las empresas farmacéuticas a cada momento en diferentes países, por diferentes razones. Definitivamente es una industria de alto riesgo. Y quizá de mucho más alto frente a otras industrias igualmente innovadoras.
Por mencionar un ejemplo, la multinacional General Electric invierte 4,500 millones de dólares anuales en investigación y desarrollo. Es mucho dinero, pero la cantidad se queda corta frente a un solo laboratorio: Pfizer invierte casi 8,000 millones de dólares anuales en dicho concepto, y la posibilidad de sacar productos exitosos y realmente redituables con esos recursos es mucho más baja que la de GE.
De hecho, es sabido que Pfizer -siendo el que más invierte en I&D- no ha podido generar lanzamientos de nuevos productos al ritmo en que vienen venciendo las patentes de sus fármacos.
Entre el 2010 y el 2012, a Pfizer -que dirige aquí Jorge Bracero- se le vencen seis patentes que representan más de 40% de sus ingresos anuales, pues entre ellas se ubican sus estrellas Viagra y Lipitor. Se entiende por qué fue bien recibida por los mercados la noticia a principios de año de su fusión con Wyeth, que le abrirá opciones de más innovadores.
En similar situación se encuentran Astra Zéneca, Sanofi Aventis y Bristol Myers Squibb (BMS). En menor grado, también lo viven Glaxo, Eli Lilly, Merck y Novartis. Su reto es buscar más eficiencias y productividad. Y cómo, si el costo de sacar un nuevo medicamento al mercado se ha multiplicado por 10: en 1987, era de 114 millones de dólares; 20 años después estaríamos hablando de entre 800 y 1200 millones de dólares, de acuerdo con un reporte del Center for the Study of Drug Development, de la Universidad de Tufts en Boston.
Los reguladores sanitarios del mundo (empezando por la FDA, en Estados Unidos) son cada vez más exigentes para autorizar un nuevo medicamento.
La diferencia frente a otras industrias es que las innovaciones farmacéuticas tienen que ser no sólo productos nuevos, sino demostrar que son mejores que los ya existentes. Súmele la complejidad de la medicina dados los avances de la ciencia que hoy nos permiten saber, por ejemplo, los múltiples tipos de cáncer y cada vez más nuevos y extraños padecimientos.
Motivo de otro análisis sería la innegable relación entre crecimiento de un país y que éste cuente con políticas de fomento a la investigación y desarrollo. Por éstos y otros factores, las excepciones a la propiedad intelectual no son tan sencillas y una decisión de rompimiento de patente de parte del IMPI, que encabeza Jorge Amigo, nunca será fácil.
Libres de impuestos
Por lo pronto, entre los que el SAT les hizo justicia al dejarles libres de impuestos a la importación, están, aparte de los antivirales héroes, también los de Schering Plough y Pfizer, y además varios antihistamínicos, analgésicos y vitamina C, así como dispositivos ya básicos como cubrebocas, mascarillas, alcohol, algodón, gasas, guantes, gogles, antibacteriales, soluciones antisépticas (yodo, agua oxigenada), ventiladores, nebulizadores, oxígeno, abatelenguas, entre otros.
mrcoronel@eleconomista.com.mx