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Fantasía que se vuelve realidad
La reciente entrega de los premios Oscar reflejó uno de nuestros grandes anhelos sociales: sobresalir internacionalmente. Muchos nos mantuvimos expectantes, emocionados por lo que sucediera con los filmes vinculados a nuestra mexicanidad.
Aun cuando Coco es una película basada en nuestra celebración del Día de Muertos, la producción no es mexicana. Sin embargo, nos hemos apropiado de ella porque difunde nuestras tradiciones en un ambiente nostálgico y de gran emotividad. Dicho filme permitió además que Natalia Lafourcade, Gael García Bernal y Miguel Pimentel interpretaran “Recuérdame”, sobre un escenario engalanado con mariachis y calaveras tradicionales, convirtiéndose en un momento muy grato para los espectadores, sobre todo para el público mexicano.
Por otra parte, La forma del agua concedió a Guillermo del Toro el Oscar como Mejor Director. Gracias a ello sentimos un profundo y legítimo orgullo, pese a que en sus discursos, aun cuando hizo una breve referencia de su infancia en México, omitió dedicar parte de su éxito a su patria; no era su deber, sin embargo su mensaje pudo ser un bálsamo para este país en el que deseamos destacar.
Guillermo del Toro se ha consagrado como un mexicano emblemático y nos mostró que, en efecto, las fantasías se pueden convertir en realidad. Sabemos que para ello deben conjuntarse ingredientes que posibiliten un logro de esas dimensiones; tener objetivos definidos, voluntad para alcanzar las metas y mucho trabajo. Esta fórmula podría ser útil para cualquiera, e incluso es factible que la traslademos al ámbito nacional, donde tenemos la necesidad impostergable de ser un pueblo exitoso.
Sin embargo, ¿cuáles son los objetivos que tenemos trazados como nación?, ¿quién los ha definido? Nuestras respuestas podrían hacer evidente que los principales actores en esta historia, los ciudadanos, no estamos involucrados en la construcción del futuro. Por ello resulta imprescindible conocer el terreno donde estamos parados y definir el horizonte hacia el cual deseamos avanzar como sociedad.
Cuando tengo la oportunidad de charlar, disfruto reflexionar sobre aquello que mis interlocutores consideran que nos distingue como país ante la mirada internacional. Las respuestas optimistas aluden inmediatamente al tequila, los tacos, la gastronomía, los destinos turísticos, e indudablemente ya se sumará Coco. Otros, los más realistas, mencionan la inseguridad, el narcotráfico, la violencia y la corrupción. El comentario que más me ha causado impacto fue el de una joven que ingeniosamente mencionó el dicho “el que no transa no avanza”, precisando que esta idea nociva subyace en nuestra cultura (en general, no sólo de los políticos), y que muchos la llevaban a la práctica como la convicción de un dogma, definiendo de esa manera parte de nuestra apariencia ante el mundo.
Si un día todos decidimos que las etiquetas de nuestro país sean la honestidad, el trabajo, el desarrollo, la cohesión social y tal vez, convertirnos en la cuna de los mejores cineastas del mundo, podremos hacerlo. Sólo tenemos que decidirlo y actuar en consecuencia.
Así como los estadounidenses en alguna ocasión eligieron ser potencia mundial, los japoneses levantarse de su tragedia y blandir su estandarte tecnológico, y nuestros hermanos peruanos gozar de un afamado prestigio por su gastronomía de talla internacional, nosotros, de manera semejante, podemos decidir ser grandiosos.
Asumamos como opción la excelencia. Al margen de la política y las luchas por el poder que vivimos en este momento. Sumémonos para construir un proyecto de nación que erradique todo aquello que no nos gusta. Trabajemos para edificar una sociedad ejemplar, hay mucho por hacer y se necesitan años de esfuerzo colectivo. Guillermo del Toro una vez expresó: “Lo que nos mueve a la acción es la empatía. En casi todas mis películas cada ser es incompleto por separado. Es al unirnos cuando nos completamos”. ¡Hagamos que suceda!