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Es el bienestar, estúpido
El mantra, “es la economía, estúpido”, de la victoriosa campaña electoral de Bill Clinton en 1992, sintetiza la exacerbada importancia que tiene el crecimiento económico en las sociedades modernas.
Generaciones de economistas han intentado entender el porqué algunas economías crecen más rápido que otras para recomendar recetas que impulsen el crecimiento económico de los países rezagados. El éxito de las políticas económicas gubernamentales de crecimiento es medido, principalmente, en términos de un indicador: la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB).
Sin embargo, como señalan Banerjee y Duflo, a pesar de la abundante investigación, todavía no identificamos claramente las raíces del crecimiento económico. El PIB, la medida convencional de la actividad económica, solo considera bienes, servicios e inversiones que tienen un precio y un mercado, por poco competitivo que éste sea. El incremento grotesco de la desigualdad refuta que un PIB más alto se traduzca automáticamente en menor pobreza y mejor calidad de vida de las familias. La crisis actual nos obliga a hacer una pausa para examinar la importancia del crecimiento.
En los últimos 30 años, el crecimiento económico y la riqueza tuvieron un gran impulso de la actividad financiera. Nueva York, Londres y Tokio consolidaron su posición de centros logísticos de asignación de recursos financieros. La desregulación promovida desde el Estado favoreció desproporcionadamente a estos sectores e impulsó un incremento en el PIB, a través del registro de transacciones financieras y altos salarios. El costo del crecimiento económico artificial fue la crisis financiera global del 2008 y la Gran Recesión siguiente.
Los problemas que generaron la crisis anterior no han sido resueltos. Una explicación de las limitaciones del sistema económico actual para atender las cuestiones sociales es la falta de medidas adecuadas del desempeño económico. Actores políticos en todo el mundo desde Nicolás Sarkozy hace algunos años hasta el caso reciente de Jacinda Ardern, Primera Ministra de Nueva Zelanda, han mostrado interés en vigilar no sólo el crecimiento económico sino también el impacto en el bienestar de las personas. Este punto de vista es compartido por el presidente López Obrador.
En las cuentas nacionales, que llevan a la estimación del PIB, se consideran solo los factores con un precio, bajo la premisa cuestionable de que únicamente lo que tiene precio en el mercado posee valor. Esto plantea algunas preguntas, ¿cuál debe ser el precio de las labores del hogar no remuneradas?, ¿cuál es el costo de la derrama de residuos tóxicos?, ¿por qué el salario de un corredor de bolsa es significativamente mayor que el recibido por una enfermera de terapia intensiva o el de un recolector de basura durante esta crisis?, etcétera.
Una nueva medida de desempeño económico deberá incluir aquellas actividades que incrementen el bienestar de los individuos y del país. Mariana Mazzucato argumenta que es necesario retomar el concepto económico de valor, definido no exclusivamente por el precio de mercado, sino por el impacto positivo en la economía real. Por ello, es indispensable entender los procesos de creación de valor. Es común creer que solo el sector privado crea valor, sin tomar en cuenta la participación de los trabajadores y del Estado mismo. Se debe recordar que éste tiene la capacidad de crear valor a través de, entre otras cosas, la inversión orientada en mejorar la calidad de vida de las personas: salud, educación y bienestar.