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El tiempo es dinero
En la columna del martes mencionamos que hoy en día, en México, todos podemos empezar a invertir con el cambio que tenemos en el bolsillo. Pero además mencionamos que el monto con el que lo hacemos no es tan importante como el tiempo y la constancia. La mejor forma de construir un patrimonio –dijimos– es tomarlo con calma: invertir poco a poco, de forma constante, durante toda nuestra vida productiva. El tiempo es la clave.
La razón es muy sencilla y tiene que ver un poco con el concepto del interés compuesto. En otras palabras, el dinero que hemos invertido genera rendimientos, que se van sumando a nuestro capital y a su vez generan más rendimientos.
Una forma de verlo es pensar en una bola de nieve que baja de una montaña. Empieza pequeña, pero a su paso la nieve (los rendimientos que se suman) la van haciendo cada vez más grande.
Empezar a invertir desde el principio de nuestra vida productiva es iniciar esa bola de nieve desde lo más alto de la montaña. Tiene todo el potencial de crecer y más si le vamos añadiendo un poco cada mes. Pero si nos esperamos –nos tardamos– será como iniciar a la mitad de la montaña. La bola tendrá un recorrido mucho más pequeño y su crecimiento será mucho menor.
Ahora bien, no se trata simplemente de poner un poco de dinero hoy y esperar a que crezca. También es importante hacer contribuciones periódicas a nuestro portafolio de inversión (cada vez que recibimos un ingreso). Esto tiene que ver con la volatilidad de los mercados, porque como todo en la vida, hay años buenos y malos. Épocas de vacas gordas y de vacas flacas. Si hacemos contribuciones constantes independientemente de ello, cuando los precios de los instrumentos financieros están baratos, la misma cantidad nos alcanzará para comprar más que cuando están caros. Y eso potencialmente juega a nuestro favor.
Para ilustrar la importancia del tiempo y de la constancia, pensemos en tres amigos: Pedro, Juan y Antonio, quienes empiezan su vida laboral.
Pedro empieza a invertir desde el principio: 2,000 pesos al mes. Juan y Antonio no lo hacen: prefieren usar su dinero para otras cosas que en ese momento les gustan más, como salir de fiesta. Piensan que ya habrá tiempo de pensar en su futuro después.
Juan empieza a hacer exactamente lo mismo que Pedro después de cinco años y comienza aportando los mismos 2,000 pesos al mes. Antonio empieza después de diez años, pero como ya gana más, decide empezar con el doble: 4,000 pesos al mes.
Los tres logran un rendimiento similar: su dinero creció a una tasa anual promedio, arriba de la inflación, de 6%. Los resultados hablan por sí solos.
Pedro invirtió 960,000 en total y logró un patrimonio de 3 millones 714,287 pesos. Juan invirtió 840,000 en total y logró un patrimonio de 2 millones 674,434 pesos por haber esperado cinco años, tiene 1 millón 39,852 pesos menos que Pedro. La diferencia es brutal e ilustra claramente la importancia del tiempo.
Antonio invirtió 1 millón 440,000 en total y logró un patrimonio similar al de Pedro, (ligeramente mayor al ubicarse en 3 millones 794,792 pesos). Pero durante 30 años tuvo que invertir 4,000 mensuales, el doble de lo que estaba invirtiendo Pedro. Sólo por haber esperado, lograr un patrimonio similar le significó el doble de esfuerzo. El tiempo es realmente dinero.
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