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Opinión

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El gobierno de las urgencias

El gobierno de emergencia para la regeneración de la vida pública que anunció Pedro Sánchez tras la moción de censura contra Mariano Rajoy ha terminado siendo el gobierno de las urgencias. La ansiedad del presidente por conseguir cuanto antes algún hito de su gestión que justifique políticamente su hábil maniobra para utilizar la Moncloa como plataforma electoral le ha llevado a precipitarse de forma reiterada desde que llegó al poder.

Lo hizo al anunciar una exhumación rápida de Franco, al proclamar una renovación de RTVE que ha terminado siendo una purga ideológica, al proponer una reforma de la Constitución, sin negociarla antes siquiera con sus socios parlamentarios, pero, sobre todo, y así está quedando en evidencia, al componer su “gobierno bonito”. Porque lo desvelado en las últimas semanas del pasado de algunos de los ministros ha demostrado que lo del Ejecutivo “ejemplar, feminista, progresista y para el diálogo” era sólo un eslogan. Gran parte de su primer gabinete no se ajustaba al desmesurado listón de ejemplaridad ética impuesto por el líder socialista a sus rivales, cuando desde la oposición libraba una batalla descarnada con podemos por ser los paladines de la dignidad y cobrarse la cabeza de algún ministro de Rajoy. Baremo que ahora desearía no tener que aplicar a su cuestionado equipo ministerial.

Fruto de esa ansiedad es también el cúmulo de decisiones erráticas y récords negativos cosechados hasta el momento por su Ejecutivo: el ministro más efímero, el mayor número de dimisiones en los primeros meses y la ministra que en menos tiempo ha sido reprobada por el Parlamento. Por eso, Sánchez recurrió de nuevo al mantra de la regeneración institucional como razón última para no convocar unas elecciones a las que le urgen no sólo desde la numerosa bancada de la oposición, sino también desde sus propias filas: “Hemos venido a limpiar y vamos a seguir limpiando”, afirmó en Nueva York. La urgencia primaria de Sánchez, el pecado original de su presidencia y la raíz de casi todos los males de su gobierno fue el ansia de gobernar a toda costa y con quien fuera, sin tener unas bases sólidas, tanto por sus escasos apoyos parlamentarios como por la falta de un verdadero proyecto regenerador, para llegar al final de una legislatura a la que, a lo sumo, le quedarían sólo dos años.

Pero tener un horizonte temporal marcado no tiene por qué ser sinónimo de precipitación, como demostró Leopoldo Calvo-Sotelo, que llegó a la Moncloa en un momento mucho más crítico que Sánchez (en la votación de su investidura se produjo el golpe de Estado del 23-F) y que, en los 20 meses que gobernó, fue capaz de tomar decisiones valientes, como que un tribunal civil —el Supremo— y no uno militar juzgasen a los golpistas, socavar una segunda intentona involucionista en la víspera de los comicios de 1982, incorporar a España a la OTAN, pese a lo impopular de esa decisión, mantener una estrecha relación con un líder de la oposición que le atacaba con fiereza en público y facilitar la alternancia política convocando seis meses antes de lo previsto las elecciones “para perderlas”, según dicen que le confesó al presidente italiano Sandro Pertini, en la final del Mundial 82.

Por el contrario, Sánchez espera a que las encuestas le señalen el momento idóneo para convocar elecciones, que le permitan seguir en el poder.

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