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Opinión

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Corrupción, lacra social, coartada demagógica ?y elecciones 2018

Es ubicua y punzante la corrupción en México. ¿Es de origen cultural o institucional? Probablemente ambos; cultura e instituciones se determinan mutuamente. La corrupción es patología social y económica que debe ser combatida y eliminada, nadie lo duda; el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción promete ser avance sin precedente. Pero, mientras la corrupción siga siendo percibida como negra piedra filosofal del subdesarrollo será difícil un debate racional en la opinión pública, por ejemplo, sobre las verdaderas fuentes de la pobreza, sobre el insatisfactorio desempeño económico y, por cierto, también sobre acuciantes problemas urbanos y ambientales. Más cuesta arriba aún será configurar así consensos o mayorías para las decisiones pertinentes: cambios institucionales, culturales, de política y regulatorios.

Ok, en México, desde hace siglos ha sentado sus reales la corrupción como tóxica relación social de mediación entre el poder público y la sociedad; pero lo mismo ocurre o ha ocurrido en muchos países a lo largo de su historia, incluso en Estados Unidos; recordemos la época de los Robber Barons a finales del siglo XIX y principios del XX. ¿Y qué decir de la hoy portentosa China rebosante de corrupción , pero también de España, Italia, Corea, Brasil, Rusia, Japón en su momento y con todo y harakiris , Malasia, Venezuela en versión infernalmente trágica , y un largo etcétera? Corrupción con dinámicas y desenlaces muy diversos. Evidentemente, la corrupción no puede ser variable explicativa universal, aunque sin duda es o ha sido supurante estigma social y pesado lastre de ineficiencia económica.

La corrupción no sólo es costosa y corrosiva enfermedad del tejido social y económico sino, al parecer, en estos días, narcosis del raciocinio público y saliva para la demagogia (basta con que Él llegue al poder para resolverla). Pensar que todo problema tiene como causa última y eficiente a la corrupción es un despropósito intelectual que bloquea y esteriliza las capacidades de análisis y razonamiento colectivos. Lo peor ocurre cuando la interpretación sobre el origen de la corrupción es aun más maniquea y pueril: es simple consecuencia de un perfil psicológico perverso y amoral de quienes han pasado y pasan por el poder bajo ciertas siglas partidarias. ¿Solución? Quitarlos para poner a otros, preferentemente, hoy, al Demagogo, aunque haya demostrado que también es corrupto (la memoria es corta, y el filo del periodismo de investigación, convenientemente achatado por su lado).

Ahora en México la sociedad asume saludablemente una tolerancia cero contra la corrupción, paso trascendental que tendrá consecuencias históricas. Por lo pronto, será reactivo político crucial hacia el 2018. El desenlace electoral dependerá en buena medida de lo que perciba la opinión pública sobre lo que cada partido hace con ella.

Todos los partidos tienen abultados pasivos de corrupción; bueno, unos más que otros. Destacan por un lado el PRI a escala nacional (simplemente por su largo tiempo y extensión geográfica de exposición al poder) y, por el otro, el PRD en la Ciudad de México por su infecciosa naturaleza clientelar y corporativa (Morena es lo mismo, ya lo vimos cuando nos gobernaron bajo otras siglas). El PAN, por alguna razón, a pesar de Padrés en Sonora y de los escándalos en Monterrey, Naucalpan, la Estela de Luz, y otras incidencias, es visto con más condescendencia.

PRI y PRD no tienen otra opción para el 2018 que promover el procesamiento judicial de sus corruptos más ostensibles. El PRI, de los inefables Duarte y Borge; el PRD de célebres y siniestros funcionarios del gobierno de la CDMX. Es acto de expiación urgente, auto de fe en la plaza pública, sin el cual perderá irremediablemente, uno, el Poder Ejecutivo federal, el otro, el Gobierno de la capital de la República.

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