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Opinión

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Control de precios: Estados Unidos 1971-73

El coqueteo de López Obrador de imponer controles de precios para frenar la inflación es una pésima ocurrencia que ha probado su fracaso una y otra vez en la historia. Ya el columnista Isaac Katz (El Economista, 4 de abril de 2022) expuso con claridad sus inconvenientes y consecuencias.

Para ilustrar lo fallido que resultan los congelamientos temporales de precios, es conveniente recordar la experiencia que tuvo Estados Unidos en 1971-1973. En agosto de 1971, Nixon presentó un plan de estabilización económica con tres acciones: suspender la convertibilidad del dólar a oro, un arancel del 10% a las importaciones del país junto con una baja selectiva en impuestos, y un congelamiento de precios y salarios por tres meses, ya que la inflación crecía a un ritmo inaceptable de 4.7% anual. Esa fue la Fase I de los controles, seguida por la Fase II consistente en una serie de regulaciones de precios administrada por una Comisión, encargada también de autorizar ajustes de salarios a los sindicatos. La Comisión estableció criterios para definir el tamaño de empresas grandes para someterlas bajo control directo y exentar a las “pequeñas”. Ello contribuyó a la visión de que las empresas grandes son las culpables de la inflación, lo que generó apoyo político a los controles por parte de la población.

A inicios de 1972 la inflación había bajado a 3.3% y se pregonaba el éxito de los controles. No obstante, la inflación se redujo no tanto por el efecto de los controles, sino porque la economía tenía una capacidad productiva ociosa enorme, al venir de una mini recesión de inicios de los setenta. Hacia fines de 1972, la Reserva Federal dirigida por Arthur Burns, malinterpretó la caída artificial en la inflación y el boom en la actividad económica, e inició una política monetaria muy expansiva. Con el rezago que tiene la política monetaria, Burns plantó así la semilla de la inflación de 1974-75.   

En enero de 1973 se adoptó la Fase III de los controles enfocando topes a ciertos sectores (construcción, salud) y adoptando lineamientos “recomendables”. Ante el fracaso, porque además la expansión monetaria ya estaba haciendo sentir su presión sobre los precios, en agosto se impuso la Fase IV con características similares a la Fase II. A diferencia de las Fases I y II, la III y IV se dieron en una economía con mercados muy apretados causando serias disrupciones. Se hizo evidente que los efectos de los controles sobre los márgenes de ganancia iban en contra de las fuerzas del mercado y distorsionaban los incentivos de negocios. A pesar de los controles, los topes no alteraron la relación de largo plazo entre precios y los costos unitarios de la mano de obra, lo que hizo que el margen de ganancia gravitara hacia su nivel determinado por el mercado.

En 1974, ante el fracaso, se abandonó esta política de precios en medio del shock internacional petrolero, la inminente renuncia de Nixon y el desprestigio de Burns, que a pesar de todo finalizó su periodo hasta 1978. Quedó así una lección más sobre como los controles de precios no funcionan, empeorando lo que en un principio quisieron enmendar.

Twitter: @frubli

Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.

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