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1979–2026: las crisis que conectan a México, Estados Unidos e Irán

OpiniónEl Economista

Los eventos recientes en Irán traen a la memoria la figura del último Sha de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, quien vivió exiliado en México entre junio de 1979 y marzo de 1980, a instancias de Henry Kissinger y con la anuencia del presidente López Portillo. Tras su salida a Estados Unidos, obligada por motivos de salud para ser atendido del cáncer que lo consumía y del que murió en julio de 1980, México le negó el reingreso en el contexto de la crisis de los rehenes estadounidenses en Irán, que acaeció en noviembre de 1979 y se prolongó por 444 días.

Fue el último clavo en el ataúd de la ya trompicada presidencia de Jimmy Carter (1977–1981), que enfrentaba inflación y desabasto de combustible derivados de la Revolución iraní, la toma del poder por el ayatolá Jomeini y la crisis de los petrodólares.

Tras la caída en la producción mundial de petróleo, Estados Unidos se vio afectado por los altos precios del crudo, además de un severo desabasto que provocaba largas filas en las estaciones de servicio. Aunado a ello, los petrodólares fungieron —como en su momento fueron los CDO durante la crisis de 2008— como “armas de destrucción masiva”.

Se trataba de los dólares que recibían los países miembros de la entonces poderosa Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) a cambio del petróleo exportado a Estados Unidos. Con la crisis iraní, el precio del petróleo subió de 14 a 40 dólares por barril, lo que llevó la inflación hasta 14% en plena campaña presidencial, de la que Ronald Reagan resultó vencedor. No fue sino hasta la llegada de Paul Volcker a la Reserva Federal cuando se impuso el orden, al elevar las tasas de interés hasta la cifra récord de 20% en 1981.

El efecto mariposa —concepto proveniente de la teoría del caos— se manifiesta en una crisis iniciada en 1979 en la que, como en una novela negra de Henning Mankell, están implicados tres países: México, Estados Unidos e Irán. Sus consecuencias, 47 años después, siguen presentes. Durante la presidencia de Reagan estalló la crisis Irán-Contras, en la que México también se vio involucrado. Estados Unidos vendía subrepticiamente armamento a Irán, en guerra con Irak (1980–1988), para financiar a la Contra nicaragüense que combatía a la Revolución sandinista. En ese proceso, México intercedió a través del Grupo Contadora (1983–1990) para mitigar el conflicto armado en Centroamérica.

En el marco de la nueva crisis en Irán, destacan algunos hechos recientes que amenazan con convertir a este país en el epicentro de una nueva crisis global, y la contraparte de una política exterior mexicana que pasó de cierto activismo y presencia internacional a una postura de repliegue, que la propia embajadora Martha Bárcena ha calificado de anticuada.

Durante el encuentro del World Economic Forum (WEF), al que asistieron 65 jefes de Estado —incluidos el presidente Trump y el primer ministro de Canadá—, hizo ruido —en una especie de oxímoron— la ausencia de la presidencia mexicana. La delegación estuvo encabezada por la secretaria de Medio Ambiente, con la notoria ausencia del canciller, y por una empresaria rentista —en el sentido descrito por Daron Acemoglu (premio Nobel de Economía 2024) en su libro Why Nations Fail— en un momento crítico en el que se discute nada menos que el rumbo del mundo.

México, que ha firmado 14 tratados de libre comercio con más de 50 países y cuyo comercio exterior representa más de 80% del PIB, decidió tener una presencia mínima en este foro estratégico. Como contraste, Argentina —cuyo comercio exterior equivale apenas a 28% de su PIB— fue representada por el propio presidente Milei, quien aspira a alcanzar lo que México hoy desaprovecha: un comercio exterior que llegue a 90% de su economía. Todo ello en un contexto proteccionista en el que el comercio internacional ha disminuido de 21% a 14% del PIB mundial, mientras México busca la ratificación del T-MEC.

En medio de esta coyuntura, sería útil para nuestro país abrir el sector energético a la inversión extranjera, lo que contribuiría a resolver muchos de los problemas de solvencia y liquidez que enfrenta el sector en particular y la economía en general. Sin embargo, la ruta actual apunta hacia un mayor déficit fiscal y endeudamiento —sin resultados visibles en el crecimiento del PIB—. Se celebra que la deuda represente 50% del PIB, frente a niveles de 235% en Japón o 125% en Estados Unidos; no obstante, en materia de deuda no es sólo el tamaño lo que importa, sino la capacidad de pago, y en ese sentido, como en la década de los ochenta, nos encaminamos hacia un escenario en el que no habrá margen para ajustes graduales, sino para la aplicación —una vez más— de la doctrina del shock.

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