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Capital Humano

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Inspecciones laborales: ¿Y si mañana nos piden demostrar cómo cumplimos?

Las inspecciones y los mecanismos de defensa laboral obligan a las empresas a ir más allá del cumplimiento documental. El reto es identificar y corregir las diferencias entre las políticas internas y lo que realmente ocurre en el lugar de trabajo.

Las inspecciones y los mecanismos de defensa laboral obligan a las empresas a ir más allá del cumplimiento documental.FOTO: Shutterstock.

En semanas pasadas tuve la oportunidad de participar en el Foro Laboral de ERIAC, que tuvo lugar en Monterrey, Nuevo León. Más allá de convivir con extraordinarios colegas y de confirmar que Nuevo León sigue siendo uno de los grandes destinos de inversión extranjera y local en nuestro país; pude comentar sobre la importancia de las inspecciones laborales y la forma en la que han ido evolucionando con el tiempo. A continuación, les cuento.

En materia laboral existe una paradoja que cada vez aparece con mayor frecuencia en las empresas: organizaciones que cuentan con contratos, políticas, reglamentos, protocolos, capacitaciones y expedientes aparentemente impecables, pero que, cuando enfrentan un conflicto o una inspección, descubren que todo ese cumplimiento formal no necesariamente se traduce en una buena defensa. La razón es sencilla: el derecho laboral no ocurre en los documentos, ocurre en la operación cotidiana.

Una empresa puede contar con un protocolo contra riesgos psicosociales y mantener, en la práctica, jornadas excesivas. Puede tener contratos que describen con precisión las funciones de un trabajador y, sin embargo, permitir que durante años desempeñe actividades completamente distintas. El problema aparece cuando el documento y la realidad dejan de coincidir.

Durante muchos años, el cumplimiento laboral se abordó principalmente desde una lógica documental: tener el contrato correcto, firmar los recibos, integrar los expedientes, actualizar las políticas y conservar los acuses correspondientes. Esa lógica ya no es suficiente. La evolución de la legislación laboral mexicana, las nuevas obligaciones de cumplimiento y, particularmente, el fortalecimiento de las facultades de inspección y de los mecanismos de defensa judicial han hecho que la pregunta relevante ya no sea únicamente “¿qué documento tiene la empresa?”, sino “¿qué ocurre realmente dentro de la empresa?”.

Y esta diferencia puede ser enorme. Pensemos, por ejemplo, en una empresa que cuenta con un contrato de trabajo que establece que los trabajadores deben respetar una determinada jornada. Si en la práctica los supervisores premian sistemáticamente a quienes permanecen conectados más horas, ¿qué valor tendrá ese contrato cuando exista una controversia? O en una organización que cuenta con un protocolo de prevención de riesgos psicosociales, pero cuyos trabajadores saben que cuestionar a un superior puede tener consecuencias negativas en su evaluación de desempeño.

El documento existe. El cumplimiento, quizá no. Algo similar ocurre con las nuevas formas de organización del trabajo. El teletrabajo, la flexibilidad, los registros electrónicos de jornada y la utilización de herramientas digitales pueden generar una enorme distancia entre lo que una empresa establece formalmente y lo que sus colaboradores experimentan diariamente.

Incluso la inteligencia artificial comienza a introducir una nueva dimensión en este problema. Una empresa puede establecer que las decisiones laborales son tomadas por personas, pero utilizar sistemas que asignan horarios, miden productividad, identifican patrones de desempeño o generan recomendaciones sobre trabajadores. La pregunta será inevitable: ¿quién toma realmente la decisión y quién puede explicar sus consecuencias?

Nueva era en el cumplimiento normativo

Por eso considero que estamos entrando en una etapa distinta del cumplimiento laboral. El compliance laboral ya no puede limitarse a construir una carpeta que permita demostrar que la empresa “tiene” determinada política. Tiene que ser capaz de demostrar que esa política funciona. Esto es particularmente importante frente a una inspección laboral o frente a un juicio.

En ambos casos, la autoridad o el tribunal pueden confrontar el contenido de los documentos con otros elementos: testimonios, registros electrónicos, comunicaciones, horarios, sistemas informáticos, correos electrónicos, mensajes, controles de acceso y, cada vez más, información generada por las propias herramientas digitales de la empresa. El problema, entonces, no es solamente no cumplir.

También existe el riesgo de creer que se está cumpliendo porque existe un documento que dice que se cumple. Esta distinción me parece fundamental para entender la nueva realidad laboral. El cumplimiento efectivo requiere, por supuesto, contratos adecuados. reglamentos y políticas actualizadas. Pero también requiere capacitación de los mandos, supervisión, mecanismos de denuncia, controles internos y, sobre todo, coherencia entre las reglas escritas y las decisiones que diariamente toman quienes dirigen personas.

De poco sirve una excelente política corporativa si el jefe inmediato nunca la ha leído. De poco sirve un protocolo si nadie sabe cómo activarlo. De poco sirve una capacitación si la empresa no modifica las conductas que pretendía corregir. Y de poco sirve tener un expediente laboral impecable si, al momento de un conflicto, los correos electrónicos y los mensajes de WhatsApp cuentan una historia completamente diferente.

La consecuencia de este cambio de paradigma también debería modificar la manera en que las empresas entienden el riesgo laboral. El objetivo no debería ser solamente “pasar una inspección” o “ganar un juicio”. El verdadero objetivo debería ser construir una operación laboral que pueda resistir ambas cosas.

Eso exige pasar de un modelo de cumplimiento reactivo a uno preventivo. No esperar a que llegue la inspección para revisar los expedientes, ni a que aparezca una demanda para descubrir cómo se administraban realmente las jornadas, las vacaciones, las funciones o las relaciones de subordinación. El mejor momento para detectar una contradicción entre la política y la práctica es antes de que exista un conflicto. Y aquí hay una oportunidad interesante para las empresas: el cumplimiento laboral puede dejar de verse como un costo y comenzar a entenderse como una herramienta de gestión.

Una organización que conoce sus riesgos laborales puede tomar mejores decisiones. Puede detectar áreas con alta rotación, identificar prácticas de supervisión inadecuadas, corregir jornadas que generan fatiga, mejorar sus procesos de contratación y, en última instancia, reducir la posibilidad de que un problema operativo termine convertido en un problema jurídico. Porque, al final, muchas de las grandes contingencias laborales no nacen en el departamento jurídico. Nacen mucho antes.

Nacen en una instrucción que nunca debió darse, en un horario que nadie registró, en un mensaje enviado fuera de tiempo, en una política que nadie aplica o en una decisión de un supervisor que contradice lo que la empresa dice defender. Por eso quizá la pregunta más importante que una empresa debería hacerse hoy no es “¿tenemos una política para esto?”

La pregunta es mucho más incómoda: “¿Qué pasaría si mañana alguien nos pidiera demostrar que realmente la cumplimos?”.

La respuesta a esa pregunta puede ser la diferencia entre tener compliance laboral y simplemente tener documentos de compliance.

Socio Director y fundador de Ferran Martínez Abogados, especializado en consultoría laboral, reestructuras laborales, cumplimiento normativo, litigio, terminaciones de alto riesgo, negociaciones colectivas y elaboración de planes de incentivos para ejecutivos de alto nivel. Es coordinador de la Comisión de Derecho Laboral del Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México y presidente de la Comisión Nacional de Compliance. Profesor invitado en diversas universidades y capacitador de la reforma laboral para los Poderes Judiciales del Estados de México, Campeche, Morelos, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato y Baja California, entre otros.

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