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Un presidente para época de crisis
El historiador Robert Dallek realizó Franklin Roosevelt: A Political Life, la meticulosamente investigada y autorizada biografía del 32º presidente estadounidense, donde cuenta varias historias sobre el personaje.
Foto: Especial
Algunas veces Franklin D. Roosevelt pudo ser un hombre supersticioso. Cuando salió de Nueva York hacia su investidura presidencial el 4 marzo de 1933, insistió en tomar la ruta exacta del tren a Washington, tal como lo hizo Abraham Lincoln en 1861.
Era una época en que el malestar nacional y el miedo fueron los más altos desde la Guerra Civil. Unos 13 millones de hombres sin trabajo buscaban uno. La gente luchaba por migajas de comida y la confianza en los bancos, miles de los cuales habían quebrado tras el colapso del mercado de valores, era inexistente.
Reflexionando sobre todos estos problemas de la Gran Depresión, Roosevelt invitó al operador demócrata Jim Farley a su compartimento del tren para que le explicara la oscura incertidumbre. Todo en Estados Unidos se estaba desmoronando. Roosevelt confesó a Farley que ningún plan económico, ni el suyo propio bautizado como New Deal, salvaría a la nación hundida económica y socialmente, sólo la fe en el Dios todopoderoso. El comentario de Roosevelt sorprendió a Farley; él no sabía que el presidente electo era muy religioso. Efectivamente, en la primera línea de su famoso discurso inaugural, Roosevelt designó el 4 de marzo como un día de consagración nacional. Y, fiel a sus creencias, a lo largo de su Presidencia de cuatro mandatos (1933-1945), transmitió oraciones a través de la radio, un medio que utilizó para comunicarse con la población.
El historiador Robert Dallek cuenta esta historia y otras al comienzo de Franklin Roosevelt: A Political Life, su meticulosamente investigada y autorizada biografía del 32º presidente estadounidense. Este fino esfuerzo evidencia que el espíritu de Roosevelt fue el de humanizar el sistema industrial de los Estados Unidos. Dallek cuenta brillantemente la infancia de Roosevelt en el Valle del Hudson, sus años como secretario asistente de la Marina (1913-1920) y como gobernador progresista de Nueva York (1929-1932). El ancla de este libro, sin embargo, son sus años en la Casa Blanca. Quizá la parte más fascinante de esta biografía sea la relación que mantuvo a través de un intercambio de correspondencia con el primer ministro británico Winston Churchill de 1940 a 1945. Dallek nos lleva a un viaje de la cuna a la tumba, de un hombre que le devolvió la esperanza a su pueblo y considerado por una mayoría como el mejor presidente de la historia de Estados Unidos.