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Arte e Ideas

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Queremos Secretaría

¿Podremos dejar la cultura del capricho y la ocurrencia? ¿Podremos rescatar nuestras culturas?

Más allá de si es barata o cara y de quién será su titular, creo que vale la pena preguntarnos para qué podría querer México una secretaría de cultura, una instancia que pondría a este mal considerado lujo en un lugar equivalente al que tienen asuntos tan relevantes como la Salud, la Energía, la Educación o hasta la Economía, de cuya importancia nadie dudaría.

Y sí, la cultura es igual de importante (yo diría que hasta más, pero soy el editor de una sección de cultura, así que probablemente estoy sesgado), y requiere de la protección del Estado.

No como hasta ahora se ha entendido a través del Conaculta, que tuvo su origen en una época en la que cumplió, entre otras, la función de repartir dinero para acallar a intelectuales y artistas críticos del Estado.

Y ésa hasta la fecha sigue siendo la función básica del organismo: repartir dinero. Becas para los creadores que no pueden vender sus obras (o que si lo hacen necesitan o quieren más dinero de lo que éstas les generan); recursos para hacer producciones escénicas que de otra forma tendrían que contentarse con las, casi seguro, magras ganancias de las taquillas, o recursos para reparar inmuebles.

Pero la cultura requiere mucho más que dinero, requiere de políticas públicas y de un mercado saludable que garantice su difusión por todo el país y el acceso y participación de toda la población.

Porque de momento está centralizada, casi no genera recaudación, no se protegen los derechos de autor, las decisiones de a quién se apoya y a quién responden, en muy buena medida al capricho (o, digamos, los criterios muy personales) de los diputados que asignan el presupuesto y fijan los llamados etiquetados ; los trabajadores del arte y la cultura no tienen acceso a la seguridad social... Entre otros muchos problemas. Veamos un ejemplo.

No nos pongan a los artistas a hacer cuentas , pidió David Alfaro Siqueiros a mediados del siglo pasado, y como era muy gritón le hicieron caso y se creó el sistema de pago en especie, por el cual los artistas plásticos pagan sus impuestos con obra.

Y la verdad es que la Secretaría de Hacienda lo implementó muy bien. Tiene expertos en arte escogiendo las obras que sumen el porcentaje correspondiente al impuesto.

¡Qué conveniente! Sí, pero ¿por qué sólo esos artistas? Por qué los teatreros, los músicos o los cuentacuentos no pueden ofrecer un porcentaje de sus funciones como pago de impuestos o descontar de las muchas que ofrecen gratis.

Claro que habrá que tener cuidado, porque los cuadros y esculturas del pago en especie llegan más a las oficinas de los funcionarios que a los museos públicos.

Uno pensaría que eso fue a mediados del siglo pasado, que ya hemos cambiado, pero hace poco, cuando un grupo de cineastas y actores famosos pidió al Congreso que permitiera a las empresas descontar de impuestos el dinero invertido en la producción cinematográfica, éste accedió y, como en la época de Siqueiros, se olvidó de los profesionales de otras disciplinas.

Hubo un intento de compensar, pero sólo porque había que ejercer el presupuesto , y Consuelo Sáizar repartió una parte. Otra parte de ese dinero se le dio a Mario Vargas Llosa, a través del Premio Carlos Fuentes, por si al señor no le alcanzaba para sus gustos con lo que acababa de recibir con el Premio Nobel.

Más adelante en estas páginas, otro premio Nobel, el nigeriano Wole Soyinka, escribe sobre los movimientos Boko Haram e ISIS y propone considerarlos enemigos de la humanidad, porque además de cometer atrocidades contra muchos seres humanos, lo hacen también con la cultura. Y es que nuestra cultura es el último reducto de nuestra dignidad como seres humanos, y a una parte significativa de la cultura nacional, a las culturas indígenas, las tenemos, literalmente, mendigando en las calles.

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